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Miércoles, 16 de Octubre de 2019

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La mejor comida de mi vida

He comido en muy buenos restaurantes a lo largo de mi vida, entre ellos El Celler de Can Roca, Calima o Zuberoa. He disfrutado de platos antológicos, como unos chipirones de anzuelo en su tinta en el Urepel de San Sebastián, el parmentier de bogavante o el postre inspirado en el perfume 'Angel' en El Celler de Can Roca, o la bearnesa emulsionada con encebollado y coco en Calima, de Dani García. Pero la mejor comida de mi vida no tiene nada que ver con todo esto. La mejor tuvo lugar en el Ganesh Restaurant de Jaipur, en India. Llegamos guiados por la Lonely Planet, cómo no. Esa biblia que seguimos muchos viajeros... Pero cuando llegamos y vimos la pinta, dudamos en entrar. El sitio estaba situado en la planta de arriba de una zona de tiendas, el Bazar Nehru, a la que se accedía por unas escaleras y, al asomarnos, descubrimos que solo había cuatro indios comiendo. La cocina estaba al fondo y, no ya vista, como está tan de moda, sino literalmente dentro del comedor. Había dos fuegos, donde se elaboraba la comida, y a un lado un tandoor para hacer los naan. Al frente de la cocina había dos cocineros... Dicho esto, reconozco que no nos dimos la vuelta porque ya teníamos un pie dentro y nos daba vergüenza... Pero ¡menos mal que quedamos! Empezaron los contratiempos nada más sentarnos. La persona que atendía las mesas no hablaba inglés, solo hindi. Así que uno de los comensales (que sí lo chapurreaba) nos iba haciendo de intérprete. Imaginaos la situación. Pedimos la carta y ¡no había! Solo tenían un cartel en la pared en la que se enumeraban los platos ofertados, pero estaba escrito en hindi, por supuesto. Lo que sí entendíamos del cartel eran los números. Dos cifras al lado de cada palabra: una menor y otra multiplicada como por dos. Nos explicaron que una era lo que pagaban los indios y la otra, lo de los extranjeros. Nos hizo hasta gracia que ni se preocupasen de esconderlo. Uno de los momentos más delicados llegó al tomarnos nota, si es que se puede decir así, ya que ni nos entendían, ni sabíamos qué se podía comer. Pero bueno, al final, medio por gestos, medio en inglés, pedimos lo que estaban comiendo el intérprete y su familia, y alguna cosa que vimos que estaban cocinando en el momento. Una vez pedidos los platos nos relajamos un poco. ¡Por fin íbamos a comer (aunque no supiésemos muy bien el qué)! Y empezaron a llegar.... y nosotros, ingenuos, al ver que no teníamos cubiertos, intentamos pedirlos. Pero, como bien habréis imaginado, no había, así que a esas alturas de la comida ya estábamos muertos de risa. Pero nada, a apañarnos cogiendo la comida con la mano derecha, ayudándonos con el naan... De vez en cuando se nos escapaba la mano izquierda, la costumbre, y mirábamos de reojo sonrojados para comprobar que nadie nos hubiese visto. No es lo propio en India. Lo más curioso es que aun siendo la mejor comida de mi vida, no recuerdo muy bien lo que comimos. Un plato con espinacas, otro con garbanzos, naan… Solo vagos recuerdos. Eso sí: todo bien hecho. Sabroso y, sobre todo, picantem muy picante. Durante la comida me levanté para conversar un poco con los colegas cocineros. Entre mi inglés, que era pésimo, y el suyo, que era aún peor, intentaba hacerles ver que yo también era me dedicaba a la cocina... y solté lo de que “I'm a professional”. Mis compañeros de viaje me lo siguen recordando. Pero bueno, hasta me dieron una clase rápida de cómo elaborar los naan. ¡Momentazo mágico! Por supuesto he comido platos más refinados y elaborados en mi vida, servidos con exquisitez, pero las sensaciones experimentadas durante esa comida fueron y serán insuperables.   * Fotos: Julia G. de la Fuente.

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