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Jueves, 12 de Diciembre de 2019

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"Me aseguró que moriría de inanición y luego me tiraría al mar, como ha hecho con tantos otros"

Más de 20 millones de personas son víctimas de explotación en todo el mundo, según la OIT

Seuy Sam fue vendido a un pesquero tailandés, víctima de trata de personas /

Le dijeron que en Tailandia tendría un buen trabajo que alcanzaría para mantener a toda su familia, a la que dejó atrás, en una pequeña localidad al norte de Camboya. Pero pronto Seuy Sam entendió que su sueño se convertiría en pesadilla. Contactó con un hombre que le ayudó a cruzar la frontera, escondido bajo una lona en la parte trasera de un camión, junto a decenas de personas, en una travesía asfixiante. Tenían que atravesar la frontera sin ser interceptados por la policía; todos viajaban sin papeles. Le prometieron 200 dólares al mes por un trabajo en el sector de la construcción en Bangkok, un salario mucho mayor del que puede aspirar en su país. Pero sus captores empezaron a cobrarse por adelantado las deudas de su transporte y manutención. Sam trabajaba más de diez horas al día y se dio cuenta de que nunca llegaría a saldar las deudas impuestas. Era víctima de una red de explotación.

Entonces decidió huir. Sin dinero. Sin contactos, ni medios. Terminó entregándose en una comisaría tailandesa creyendo que le deportarían a Camboya. Pero lo que pasó después no entró ni por un instante dentro de sus cábalas. Los agentes le vendieron al dueño de un barco pesquero. Calcula que estuvo alrededor de un mes, trabajando prácticamente las 24 horas al día. "Pensé que iba a morir. No podíamos dormir, nos daban golpes en el cuello para que no descansáramos ni un instante, así nos forzaban a trabajar día y noche". Estaba con unos 60 hombres a bordo, solo dos eran camboyanos. Al principio se negó a comer. Pero "el patrón me aseguró que moriría de inanición en el barco y luego me tiraría al mar, como ha hecho con tantos otros. Total, nadie sabía que estaba allí, nadie me buscaría". Sam sabía que su única opción de salir con vida era escapar. "Nos daban una medicina extraña (droga) para mantenernos despiertos. Las primeras dos veces me negué a tomarla pero a la tercera no tuve opción. Eran unos polvos blancos. Cuando los tomábamos no necesitábamos ni comer arroz, la energía volvía sola". Pensar en su familia y rezar a sus antepasados, dice, es lo que le daba fuerzas para mantener la esperanza. Un día que se acercaron a puerto se lanzó al mar junto con otros veinte. Así, consiguió escaparse por segunda vez y volver, con vida, a Camboya. Sam prefiere vivir que volver a pisar Tailandia, aunque tuviera los papeles en regla.

Las provincias camboyanas de Siem Reap, Battambang y Banteay Meanchey, en la frontera con Tailandia son focos de emigrantes irregulares que viajan normalmente para trabajar en los sectores de la agricultura, construcción y pesca. Como cruzan la frontera sin papeles son blancos fáciles para las redes de trata. A las pocas semanas de llegar a su comunidad natal, al norte de la provincia de Siem Reap, Seuy Sam participa en un programa para promover la migración laboral pero de manera legal. La organización italiana Gruppo Di Volontariato Civile (GVC), financiada por la Unión Europea, realiza grupos focales en las comunidades más vulnerables para advertir de los riesgos a los que se exponen al viajar y trabajar sin papeles.

La trata de personas, en todas sus formas (sexual, laboral o tráfico de órganos) es el tercer negocio ilegal más lucrativo del mundo, después del comercio ilegal de drogas y de armas. Más de 20 millones de personas son víctimas en todo el mundo de algunas de estas formas de explotación, según datos de la Organización Internacional del Trabajo, y el 55% de las víctimas, son mujeres y niñas.

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