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Manual para saber leer las encuestas electorales

Hace unos días, el CIS hacía públicos los resultados de su última encuesta electoral, en los que se dibujaba un paisaje repleto de indecisos. También aparecían muchas otras tendencias, lo que llevó a la población a preguntarse si dichos dibujos eran fiables o no

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Desde hace ya un tiempo, la publicación de cualquier barómetro o estudio del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) se ha convertido en algo más que noticia, y no solo por los resultados que arroja. Comienza a ser la tónica general que la encuesta (y sus datos) sea un arma electoral, en vez de herramienta para la reflexión y el análisis. Así, cuanto mayor sea el componente “político-electoral” de los resultados, mayor será el impacto y la utilización interesada de dicha investigación demoscópica por parte de diferentes actores.

Este debate, empero, no se circunscribe únicamente a España o al CIS, ya que es recurrente el recuerdo de los “errores” sucedidos en las predicciones de los casos a nivel internacional de los referendos del brexit y el acuerdo de paz de Colombia o las elecciones presidenciales de Estados Unidos, todas en 2016.

A pesar de todo, en nuestras sociedades occidentales la publicación de estudios electorales es muy amplia, desde los medios de comunicación hasta los centros de investigación universitarios (Euskobarometro, CADPEA, CEMOP, entre otros) o gubernamentales (CIS, CEO-Cataluña, Gabinete Prospección Sociológica-Euskadi, etc.), pasando por otros múltiples organismos privados como fundaciones. Ante el bombardeo de tantos datos y el cuestionamiento general de los mismos por parte de la ciudadanía, merece prestar la atención necesaria a los elementos nucleares para la correcta lectura metodológica de los estudios, más allá de los titulares.

Una primera cuestión que no debe perderse de vista se refiere a la propia realidad de los estudios, pues las encuestas para predecir el voto funcionan como cualquier otra investigación al uso. En este caso, en lugar de la búsqueda de la preferencia por un modelo de coche o de bebida, el objetivo es conocer las políticas.

Sin embargo, no es lo mismo la inclinación partidista que la preferencia de opción por votar, la confrontación entre el deseo y la “utilidad”. En consecuencia, habrá “distorsiones” que deban adaptarse. Por lo tanto, ¿cómo se puede conocer cuál será la formación política por la que se optará al votar, con un grado significativo de fiabilidad?

El número importa, pero no solo

Desde un punto de vista metodológico, un primer punto relevante se corresponde con la muestra, el número de cuestionarios mínimos o, dicho en otras palabras, la cantidad total de personas de las que se ha recogido su opinión.

Si bien es cierto que existen varios procedimientos matemáticos para calcular el número ideal que hará falta para estimar unas conclusiones satisfactorias, hay otros factores menos técnicos que no pueden obviarse. En el caso de los estudios políticos, entre cuyos objetivos se encuentran las estimaciones electorales, un elemento central se corresponderá con las características del sistema electoral.

No es lo mismo un sistema en un escenario de grandes partidos de ámbito nacional que uno con una fuerte presencia de alternativas regionales/sub-estatales o uno con un sistema mayoritario o proporcional. Ya sea por el tamaño de la oferta o por las consecuencias del sistema, el electorado tendrá una posición u otra.

La muestra, en este sentido, deberá estar proporcionada a dichas realidades, especialmente a la circunscripción electoral más que al conjunto de la ciudadanía. Con la primera se conseguiría un estimación de escaños, y no tanto el porcentaje de voto partidista. De lo contrario, el error se dispararía.

Este último, el error, se vincula con la muestra, así como con la tasa de respuesta. En todas las sociedades se dan sesgos de aceptación (el abstencionismo no está bien visto) o “espirales del silencio” que distorsionan el resultado. Cuanta mayor sea la tasa de no respuesta, mayor será la necesidad de proceder a escrutar lo mismo respecto a otras preguntas, lo que se ha venido a denominar “cocina electoral” . Debe entenderse que, al tener que recurrir a otras variables o elementos para hacer estimaciones, el resultado pueda variar dependiendo de las utilizadas. El uso más o menos correcto de estos tendría como consecuencia una predicción más o menos ajustada a la realidad: las horquillas electorales.

Superar barreras

Entonces, ¿cómo se pueden evitar estos mismos problemas o al menos mitigarlos? La tipología de encuesta ejerce, asimismo, incidencia sobre el resultado; el cuánto y el cómo.

Algunas empresas realizan sus estudios telefónicamente (más baratos y rápidos), acumulando un gran número de respuestas continuas. Esto les permite capturar la evolución en la percepción social. Otros organismos, como el CIS, trabajan con muestras presenciales (en domicilio o en persona). Los datos son más fiables por cuanto supone la interacción cara a cara, aunque ello conlleve que los resultados tarden más en ser analizados y por tanto publicados.

Con todo esto, se han de leer las encuestas en la medida del cómo (procedimiento de recolección de las respuestas), cuántas (tamaño muestral y representatividad) y con qué error se han realizado (grado predictor de las estimaciones). Además de atender a las propias preguntas realizadas, pues el cuestionario (y su elaboración) es uno de los elementos más desconocidos y al que menor referencia se hace en las publicaciones de los resultados.

En todo caso, las encuestas, como cualquier otro estudio social con personas, están sujetas a múltiples condicionamientos, incluyendo los intrínsecos al propio sujeto de estudio: la ciudadanía. La verdad/realidad total no puede quedar reducida o medida a través de sus preguntas, pero sí puede ser indicadora de las grandes corrientes de opinión.

Finalmente, no puede pasarse por alto que las críticas proceden, en la mayoría de los casos, de la confusión entre encuestas y estimaciones; el todo (encuesta) por la parte (resultado). Los estudios demoscópicos son una herramienta social y política de gran importancia que no pueden ser puestos en duda porque no acierten al 100%. No debería ser así sin indagar más allá de la gran complejidad que encierran las mismas en su construcción y su análisis.

Jonatan García Rabadán, Profesor Ayudante doctor. Dpto. Sociología y Trabajo, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea y Sergio Pérez Castaños, Profesor e investigador en Ciencia Política, Universidad de Burgos

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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