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Miércoles, 23 de Octubre de 2019

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¿Qué es la 'vía portuguesa' y por qué resulta tan difícil construirla en España?

Sánchez pretende recrear la solución de gobernabilidad que ha aprovechado el socialista António Costa en el país vecino

El presidente del Gobierno español Pedro Sánchez, el primer ministro holandés Mark Rutte y el primer ministro portugués, Antonio Costa, participan este viernes en Bruselas en una cena informal donde populares, socialistas y liberales hablarán del reparto de altos cargos en la Unión Europea (UE) tras las elecciones de mayo. / ()

Este martes Pedro Sánchez se reunirá con Pablo Iglesias para ver si puede contar con el apoyo de Unidos Podemos (UP) en el debate de investidura. El encuentro, que tendrá lugar en el en el Congreso de los Diputados, promete ser intenso.

Iglesias reclama formar un Ejecutivo conjunto con Sánchez. A principios de mayo el líder de UP exigía que miembros de su partido ocupasen “ministerios de Estado”, pero ahora, tras los malos resultados cosechados por su formación en las municipales y las europeas, se limita a pedir “carteras que tengan que ver con derechos sociales”.

Aunque Sánchez reconoce a Iglesias como un “socio prioritario”, rechaza compartir un Gobierno con él; en una rueda de prensa el lunes el secretario de Organización de los socialistas y ministro de Fomento en funciones, José Luis Ábalos, volvió a descartar la opción, afirmando que “no añade, y puede restar” votos en la investidura. Por eso, el PSOE apuesta por la llamada “vía portuguesa”, esperando recrear en España la fórmula de gobernabilidad que tanto ha beneficiado al también socialista António Costa en el país vecino.

La milagrosa geringonça

Desde finales de 2015 los socialistas gobiernan en minoría en Portugal. Aunque la formación de Costa perdió las legislativas ese año –la colación conservadora del entonces primer ministro Pedro Passos Coelho (2011-2015) fue la más votada–, consiguió hacerse con el poder gracias a la inesperada generosidad de los marxistas de Bloque de Izquierda (BI) y los diputados del Partido Comunista de Portugal (PCP), quienes notaron que los conservadores no alcanzaban la mayoría absoluta y optaron por proponer la investidura de Costa para poner fin a las duras políticas de austeridad de la derecha.

A cambio de los votos de los diputados bloquistas y comunistas, los socialistas se comprometieron a aprobar una amplia lista de reivindicaciones sociales –entre ellas, la reposición de los salarios de los funcionarios públicos y las pensiones recortadas por la Troika, y la cancelación de la privatización de los transportes públicos de Lisboa y Oporto– pactadas previamente con ambas formaciones. La inédita alianza –no coalición– de la tradicionalmente enemistada izquierda lusa fue bautizada con el término “geringonça”, palabra que describe “un aparato improvisado, mal hecho y de funcionamiento complicado”.

Los críticos auguraban su colapso en cuestión de meses, pero contra todo pronóstico, cuatro años después el Ejecutivo Costa no sólo sobrevive, sino que se ha convertido en un referente para el resto de los socialistas europeos. Gracias a la hábil gestión del ministro de Finanzas Mário Centeno –y el espectacular boom del turismo y del sector inmobiliario– se ha logrado una tímida recuperación de la economía lusa. Aunque el llamado “milagro portugués” tiene sus luces y sombras –entre ellas, bajos salarios y una escalada especulativa–, es innegable que durante ésta legislatura el Gobierno ha logrado reducir el déficit a un mínimo histórico y el paro ha caído del 12 al 6%.

Particularidades lusas, complicaciones españolas

Aunque muchos han soñado con una geringonça española, hay factores particulares del país vecino que complican la recreación de la llamada “vía portuguesa” en nuestro país.

Un elemento básico que falta en tierras lusas es el debate independentista, lo que facilita las negociaciones entre formaciones: al no haber nada equiparable al procés o el conflicto vasco en Portugal, no hay líneas rojas que obstaculicen pactos entre partidos. A la vez, en el país vecino sobra algo que falta en España, y que resulta imprescindible para crear este tipo de solución: sentido de Estado.Una y otra vez, los políticos lusos han demostrado una especial capacidad de aparcar sus egos para lograr objetivos mayores.

En 2015 los socialistas, bloquistas y comunistas lusos consiguieron superar las diferencias ideológicas que les habían enfrentado durante años para desahuciar al conservador Passos Coelho. Sus representantes acercaron posiciones negociando de buena fe, y en este proceso fueron ayudados por los líderes de los partidos, quienes tuvieron el buen sentido de controlar sus respectivos afanes de protagonismo y dar un paso atrás cuando era necesario.

A día de hoy, los bloquistas y comunistas suman 36 escaños, equivalente al 15% del total de la Asamblea de la República, un porcentaje superior al 12% que representan los 42 diputados de Unidos Podemos en el recién-compuesto Congreso de los Diputados. Pese a esa fuerza numérica, en ningún momento han presionado para formar parte del Ejecutivo minoritario. Ambos partidos prefieren dejar gobernar a los socialistas antes de arriesgar la caída del Gobierno y la posible vuelta de la derecha.

Una relación pragmática, pero complicada

La convivencia de la geringonça no es perfecta: si bien ha funcionado suficientemente bien para que Costa agote la legislatura, la relación entre las partes ha tenido sus altibajos. El Ejecutivo ha promulgado todas las medidas pactadas con quienes apoyaron su investidura, pero así ha mejorado la economía lusa –y el posicionamiento de los socialistas en las encuestas–, el primer ministro ha seguido su propia agenda, ninguneando a los aliados en el Parlamento.

En las municipales de otoño de 2018 Costa presumió de la mejora financiera del país y sugirió que era el resultado directo de su gestión; el argumento convenció a muchos votantes, y al final los socialistas se hicieron con muchos municipios conservadores y algunos de los feudos históricos de los comunistas. Ese avance en territorio amigo enfadó al PCP y enervó a los bloquistas, quienes desde entonces no ocultan su frustración con las políticas más austeras del Ejecutivo y lo critican abiertamente.

A principios de enero el enfrentamiento sutil se convirtió en un motín parlamentario cuando los bloquistas y comunistas se aliaron con la oposición conservadora para aprobar la reposición de los ascensos congelados de los profesores lusos, medida que el Gobierno aseguró que destrozaría la estabilidad económica de Portugal. Costa amenazó con dimitir si se aprobaba, pero lejos de recular, sus socios se mofaron de su “dramatismo”; al final el motín se desinfló cuando los conservadores dieron marcha atrás.

Desde entonces reina una paz tensa entre los socios, pero es probable que vuelvan los rifirrafes en estos pocos meses antes de las elecciones de octubre. Todo indica que los socialistas serán los más votados, pero no tendrán mayoría absoluta, por lo que Costa se verá obligado a pactar de nuevo. No está claro que se volverá a repetir la misma fórmula de gobernabilidad, pero lo que sí parece probable es que, cuando llegue el momento, los políticos lusos se sentarán para dialogar tranquilamente, con el fin de llegar a un objetivo común, sin egos por medio. Pragmatismo luso, de ese que a veces tanto falta en España.

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