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Viernes, 20 de Septiembre de 2019

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Aprendiendo juntos aprendemos todos

La activista con baja visión Nafisa Baboo trata de impulsar la educación inclusiva en países en desarrollo

Nafisa Baboo siempre se ha visto inspirada por su padre. Él, ciego desde niño, fue enviado a un colegio especial en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, alejado de su pueblo natal y de su familia. Aquella experiencia le sirvió para comprender que no quería eso para su hija, que también perdió de pequeña gran parte de la vista por un glaucoma. Así que Nafisa estudió siempre en un colegio ordinario. Sus padres no querían que su discapacidad fuera un elemento que la aislara de la sociedad. Hoy ella lucha para que la educación inclusiva sea una realidad en todo el mundo.

La activista, especializada en terapias discursivas y audiología, trabaja para la organización internacional Light for the World, con la que trata de impulsar este tipo de educación en países en desarrollo: organiza proyectos sobre el terreno, idea programas y políticas, aconseja a autoridades e instituciones, imparte conferencias, capacita a profesores y comunidades…Todo con el objetivo de que los niños con alguna discapacidad aprendan junto al resto de niños, en la misma clase, con las mismas oportunidades.

“Educación inclusiva significa ofrecer educación de calidad a todos los niños. Y eso se puede hacer cuando identificas las barreras que tienen para el aprendizaje, y cuando el profesor se adapta a esas barreras y aplica métodos de enseñanza específicos teniendo a niños con y sin discapacidades aprendiendo juntos en el mismo aula”, explica la activista.

Nafisa apenas distingue sombras y en ocasiones necesita ayuda para caminar o para orientarse. Pero, más allá de ciertos apoyos, se siente una mujer completamente independiente. Es puro liderazgo. Cuando habla, sus oyentes escuchan, aprenden. Siempre ha tenido claro que es más que su ceguera. “Creo que tu identidad va sobre todo eso que nos hace seres humanos. Yo tengo una discapacidad visual, sí, pero, ¿es eso todo lo que soy? Soy una persona con aspiraciones, soy una mujer, soy una madre ahora, tengo inquietudes”, afirma.

La acompañamos en un viaje a Etiopía, donde se está intentando asentar la educación inclusiva en las escuelas. Su día a día es una agenda interminable. Cita con el rector de una universidad de Addis Abeba para ver cómo están implantando la educación inclusiva en sus facultades. Visita a un colegio en el que enseñan lengua de signos a padres para que puedan comunicarse con sus hijos sordos. Encuentro con una organización local para conocer cómo desarrollan sus programas de inclusión. Reunión con su propia organización para analizar el impacto que están teniendo sus proyectos en el país. Por la noche, ya en el hotel, prepara el Power Point para el taller que imparte al día siguiente.

La activista sudafricana cree que los colegios son los pilares de la sociedad, de modo que, dice, si queremos construir sociedades inclusivas e igualitarias las escuelas se tienen que organizar de la misma manera. “Las escuelas son un microcosmos de la sociedad que queremos crear, donde la gente es valorada por sus habilidades y donde a todo el mundo se le ve un talento. Cuando tienes a todos los niños juntos aprendiendo creas ese sentimiento de que todos formamos parte de algo. Porque todos formamos parte de algo. Y eso es lo que queremos”.

Nafisa sostiene que la base inicial es inculcar confianza en los propios niños, tanto en la escuela como en casa, para que sean vistos desde sus capacidades, no sólo desde su discapacidad, porque cree que así es como la sociedad les termina aislando. Con la educación inclusiva, dice, se crean desde la infancia los lazos que acabarán con esa exclusión. “Tenemos diferentes capacidades, todo el mundo las tiene, y si vemos a la gente así, entonces seremos realmente capaces de mejorar la calidad de la educación y la calidad de vida de cada persona, porque estaremos cambiando el punto de vista con el que miramos el mundo”.

En Etiopía sólo el 4% de los niños con alguna discapacidad asiste al colegio, o bien por falta de recursos económicos, o bien por la imposibilidad de acudir a colegios especiales que no están a mano o bien por el tabú cultural que hace que los padres mantengan a sus hijos en casa, en el ámbito privado, para evitar el estigma o un sentimiento de vergüenza dentro de la comunidad.

“Solemos ver situaciones en las que las madres son abandonadas por sus maridos cuando tienen un hijo con discapacidad, o incluso los propios niños son los abandonados”, afirma la activista. “Por eso nuestro trabajo también se centra en las comunidades, en hablar con las familias para que comprendan todo lo que tienen los niños, para que vean que ellos también merecen un lugar en el mundo, para que no vean a sus hijos como alguien necesitado de ayuda sino que, si se apuesta por ellos, tienen muchísimo potencial”.

Quienes trabajan en este sector saben que la implementación de la educación inclusiva es complicada. Kelemwa Haile, directora de la Asociación para la Rehabilitación de Personas Sordas de Etiopía, nos explica algunas de las dificultades que se encuentran sobre el terreno: “Los profesores no tienen un plan individualizado para los estudiantes con necesidades especiales. Se suele ver en ellos una falta de interés y motivación por enseñar de forma inclusiva porque requiere más preparación y compromiso. A veces encuentran dificultades al enseñar con lengua de signos en materias como, por ejemplo, geometría, y en otras ocasiones se ven en situaciones en las que no pueden estar atendiendo a niños con necesidades especiales al mismo tiempo que al resto de alumnos”.

Pero a pesar de las dificultades, o precisamente por ellas, dice Nafisa, es prioritario hacer entender a las instituciones políticas, a la sociedad, a los padres, a los profesores y a los propios niños, que se debe invertir más en este modelo educativo. “Porque si cambiamos la manera de ver la educación estaremos cambiando el principio, y cuando cambias el principio de una historia cambias toda la historia”.

Este reportaje forma parte del proyecto ‘Una luz en la oscuridad’, financiado por el European Journalism Centre a través de su programa de becas sobre innovación y desarrollo. 

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