Domingo, 25 de Octubre de 2020

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Cambio climático

Egoísmo, vagancia o estupidez: ¿por qué no nos hemos tomado en serio el cambio climático?

El primer artículo de 'El País' sobre cambio climático se publicó hace 43 años

Los expertos en psicología y sociología hablan de disonancia cognitiva y de percepción del riesgo

La cantante Lidia Damunt lamenta que se considere antisistema a quien quiere salvar el planeta

La causas de la indiferencia ante el cambio climático.

La causas de la indiferencia ante el cambio climático. / GETTY

Lee con atención: “Estamos fabricando mucho más CO2 del aceptable y es más que probable que, de seguir así las cosas, se multiplique por cuatro o por ocho en la atmósfera. Esto traerá consigo una serie de secuelas que van desde una alteración grave del clima hasta una degradación masiva de la atmósfera que respiramos y en la que intentamos vivir”.

Fue así como El País informó por primera vez del cambio climático a sus lectores. Con un artículo titulado de forma inequívoca —El clima mundial va a cambiar— en el que Alfonso García Pérez resumía “el escandaloso anuncio” hecho días antes en el Internacional Council of Cientific Unions, en Washington. El texto se publicó el 17 de octubre de 1976. ¡43 años antes de que Madrid acogiera la COP25!

Basta con teclear “cambio climático” en Google para comprobar que, desde entonces, la cantidad de informaciones relacionadas con este asunto ha crecido de forma exponencial. Últimamente, además, los medios hemos cargado las tintas: playas que desaparecen, sequías, movimientos migratorios… No podemos decir que el fenómeno nos haya pillado por sorpresa, pero los datos indican algo dramático: el interés social ha crecido muy por debajo de los niveles de CO2.

¿Por qué, a pesar de la gravedad de sus efectos, no nos hemos tomado en serio el cambio climático? Descartada la ignorancia, ganan peso el egoísmo, la vagancia o la estupidez. Pero hemos buscado más (y mejores) respuestas en la filosofía, la sociología, la psicología, la ética, el activismo, el arte o la religión.

La disonancia cognitiva del avestruz

Juantxo López de Uralde es la excepción que confirma la regla: se hizo socio de Greenpeace en 1987, dirigió la organización ecologista durante 10 años, fue uno de los fundadores de EQUO y ahora, como diputado de Unidas Podemos, sigue comprometido con la protección, el estudio y la defensa de la naturaleza. “Siempre he tenido la firme convicción de que este planeta no aguantaba. Nunca me importó demasiado si éramos pocos o muchos [… ] y sí, en ocasiones me he sentido ignorado y objeto de burla, pero no quedaba más que asumirlo y seguir adelante”.

Al preguntarle por la causa de esas actitudes, el activista vasco responde que “vivimos en una sociedad muy alejada de la naturaleza y eso hace que se desconozca el efecto real de cambios como el aumento de las temperaturas”, pero también ha observado cierta negación de la realidad: “El efecto avestruz. Sé lo que pasa, pero lo ignoro, a ver si pasa de largo”.

Lo que López de Uralde ha experimentado en carne propia tiene una explicación científica. Maria Del Carmen Hidalgo, profesora de Psicología Social en la Universidad de Málaga, señala que según la teoría de la disonancia cognitiva, "tendemos a rechazar todo aquello que va en contra de nuestras creencias y/o comportamientos". Y pone un ejemplo muy socorrido: el tabaco.

"Todos sabemos que fumar es perjudicial para la salud, pero está demostrado que esta creencia es menor entre los fumadores. Las personas que fuman tienden a no creer en esa relación porque pensar que fumar produce cáncer y seguir fumando es disonante y produce malestar psicológico", explica. Para reducir la disonancia hay dos opciones: o dejar de fumar o rechazar esa creencia. Del mismo modo, creer en el cambio climático y no hacer nada para solucionarlo también es disonante, así que o bien cambias tus hábitos o bien rechazas la idea de que el cambio climático es real y es debido a nuestro modo de vida".

Nihilismo y falta de austeridad

Quizá no tanto como Greenpeace, pero la Iglesia católica también lleva tiempo ocupándose de este asunto y, de hecho, ya planea introducir el pecado ecológico. En la encíclica Laudato si, publicada en 2015 y dedicada íntegramente al medio ambiente, el Papa Francisco pidió “límites” para el “insostenible comportamiento de aquellos que consumen y destruyen más y más”. Un mensaje que, al frente de la Comisión de Pastoral Social en la Conferencia Episcopal Española (CEE), sigue predicando Fernando Fuentes.

El sacerdote evita hablar de vagancia, pero sí cree que la pasividad de la sociedad frente a las advertencias de la comunidad científica tiene mucho que ver con “la comodidad”. En su opinión, “tener cuidado de las cosas supone un sobrecoste”, pero vivimos en un mundo basado “en el consumo y en la necesidad de incrementar ese consumo” en el que nadie destaca “la austeridad como valor”.

La cantante murciana Lidia Damunt coincide en buena medida con el diagnóstico eclesial: “Vivimos en un modelo de sociedad ultracapitalista. Se trata de conseguir un crecimiento económico infinito en un planeta cuyos recursos son limitados, así que con este planteamiento de base ya vamos un poco mal”, explica. Pero en su opinión es un error “culpar a la gente de a pie” porque, al final, quienes tienen la sartén —de las leyes— por el mango son los gobiernos.

Damunt ya ha llevado la causa ambientalista a sus canciones. En 2008, por ejemplo, denunció que solo quedaban “ocho cabaliitos de mar en el Mar Menor”. Un asunto que le sigue enfureciendo y que resuelve con retranca murciana: “Entiendo por qué mucha gente critica a Greta Thunberg: querer salvar el planeta supone ya ser antisistema. Y eso molesta”.

El filósofo Josep Maria Esquirol, profesor de la Universidad de Barcelona y autor de La resistencia íntima, Premio Nacional de Ensayo 2016, cree que “quien vive cómodamente no renuncia a continuar viviendo así” y reconoce que “a eso, efectivamente, se le puede llamar egoísmo”. Pero también apunta otra causa más de fondo: “Estamos en una época nihilista en cuyo seno, y a pesar de todo lo que se diga, no se cree ya que la vida humana tenga sentido”.

Ética ambiental y percepción del riesgo

La indiferencia de la sociedad ante los devastadores efectos de la emergencia climática no solo ha inspirado encíclicas, canciones y programas electorales, sino que también ha motivado investigaciones científicas e incluso ha dado pie al nacimiento de una nueva disciplina: la ética ambiental.

Lydia Feito, profesora de Bioética en la Universidad Complutense de Madrid, explica que "la ética ambiental es el sustrato teórico que justifica y fundamenta el compromiso ético con la preservación del medio ambiente", un movimiento surgido en los años 70 del siglo XX que "se plantea la idea de nuestra responsabilidad con las generaciones futuras en la forma de buscar un desarrollo sostenible", lo cual, a su vez, supone que "nos hemos ido dando cuenta de que el planeta nos ha sido dado y que tenemos la obligación moral de preservarlo".

Desde su punto de vista, la pasividad social frente al cambio climático guarda cierta relación el ejemplo que han dado sus líderes políticos: "Si no se percibe que se estén tomando medidas contundentes desde los gobiernos y administraciones, puede dar la impresión de que ese esfuerzo es inútil".

Pero los problemas complejos no suelen ser producto de una sola circunstancia y Christian Oltra, doctor en Sociología e investigador titular del Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (Ciemat), cree que “atribuir la inacción de la población ante el cambio climático a la ignorancia o el egoísmo es simplificar un problema complejo” porque no vale con “una solución sencilla” como la que permitió salvaguardar la capa de ozono (prohibir el consumo y producción de CFC) sino que implica reformar absolutamente todo: la energía, el transporte, la agricultura, el consumo de alimentos… “Básicamente todo lo que hacemos emite CO2”, explica.

Pero Oltra añade otro factor muy interesante (en el que es experto): la percepción del riesgo. “Tendemos a pensar que la conducta de los individuos está determinada únicamente por la información científica [de la que disponen]. Sin embargo, la investigación nos muestra que solo los riesgos que son personales, concretos, inmediatos e indisputables tienden a generar una fuerte percepción de riesgo e indignación. Y el cambio climático no es uno de ellos”, explica.

El investigador del Ciemat explica, de todas formas, que ni siquiera las personas más comprometidas pueden solventar el problema por sí mismas: “El potencial de reducción de emisiones mediante cambios en la conducta es significativo —algunos autores hablan de un potencial del 36%— pero no es suficiente”.

Su conclusión, por lo tanto, es que solo “la combinación inteligente de incentivos sociales, incentivos económicos, leyes y regulaciones, cambios en el entorno de la decisión, información y educación y estrategias de persuasión” puede propiciar un cambio significativo a medio plazo.

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