Miércoles, 15 de Julio de 2020

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La historia de dos pianistas españoles en Boston en tiempos de coronavirus y 'Black Lives Matter'

Manuel García-Baró y María Doreste preparan el recital de sus estudiantes de piano que, este año, será online

Manuel y María tocando juntos el piano en su casa de Boston

Manuel y María tocando juntos el piano en su casa de Boston / CADENA SER

Ya han pasado 10 años desde que Manuel García-Baró obtuvo una beca de la SGAE para estudiar en el Berklee College of Music de Boston entre los 900 aspirantes de toda Latinoamérica y España que se presentaron ese 2010. Junto a su mujer, la también pianista María Doreste, cogió las maletas y se instalaron allí sin imaginar que aquella estancia no sería temporal y que en aquella ciudad nacierían años más tarde sus tres hijos y el cuarto, que está en camino. En este tiempo han vivido de cerca muchos acontecimientos históricos de todo tipo. Recuerdan cómo todo el campus de la universidad estuvo cerrado una semana tras las bombas en la maratón de Boston porque, al estar cerca de donde explotaron, "estaba considerado escena del crimen". También les llamó la atención cómo la gente celebraba en las calles la muerte de Bin Laden "como si hubieran ganado el mundial" y cómo, al contrario, la ciudad parecía un funeral tras las últimas elecciones, ya que el 80% de Boston votó a Hillary Clinton.

Desde el principio palparon las diferencias sociales y el racismo sistémico de Estados Unidos: "Boston es una de las ciudades más prósperas y progresivas ideológicamente hablando del país y, sin embargo, hay una división social brutal. Por decirlo de forma simple, hay barrios de blancos (ricos) y barrios de negros (pobres). El problema de estos guetos es que los recursos no se reparten de forma igualitaria sino en función de los impuestos que cada uno paga en su distrito, con lo cual los niños de los barrios pobres tienen un acceso mucho más limitado a bibliotecas, escuelas de nivel, etc. A eso me refiero con racismo sistémico aquí. En teoría hay igualdad de oportunidades pero en la práctica las oportunidades son muy distintas para unos y otros", explica el pianista, que ahora da clases de ese instrumento en Community Music Center of Boston, una prestigiosa escuela ubicada en uno de los mejores barrios de la ciudad. "Basa su funcionamiento en cobrar las clases bastante caras, pero nada que las familias del barrio no puedan permitirse, y con esos fondos subvenciona los estudios para las familias de menos recursos. Para que te hagas una idea, una clase de 30 minutos de piano cuesta unos 60 dólares sin ayudas y yo tengo alumnos que pagan 15 subvencionados. Estos alumnos rara vez viven cerca de la escuela sino que vienen de barrios más pobres, muchas veces por recomendación de amigos o familiares. Tenemos una comunidad grandísima de niños chinos que se hacen 45 minutos de metro para venir a clase. Para los niños es una experiencia muy enriquecedora porque en la escuela tratamos a todos por igual y todos (pobres y ricos) se sienten acogidos y parte de una misma comunidad".

María se graduó en el Real Conservatorio de Madrid y ahora trabaja como profesora de música en una escuela pública de Boston donde los alumnos y sus familias provienen de más de 60 países diferentes y hablan más de 20 idiomas. "El 83% de ellos percibe ayudas de comedor y gracias a eso pueden comer también en casa, el 43% necesitan clases de apoyo de inglés y el 22% tienen necesidades especiales", explica la pianista que ha promovido un montón de actividades multiculturales en la escuela como organizar un festival cada año en que se exhiben instrumentos de todas las partes del mundo con músicos brasileños, indonesios y africanos. Su aportación le hizo ganar el premio a Futuro educador musical del año entregado por la Massachusetts Music Educator Association (MMEA). Ella sigue trabajando duro para lograr cada vez más recursos para todos: "Cuando empecé hace 5 años, en la escuela solo había un puñado de instrumentos de plástico rotos o muy antiguos y flautas dulces reutilizadas durante muchos años. Cada año he ido buscando las cosquillas al sistema para conseguir contribuciones de todo tipo, desde donaciones para obtener 24 ukeleles hasta becas anuales que me permiten invitar a miembros del barrio y pagarles para que hagan talleres a los chicos pasando por llevar a los chavales a conciertos. Gracias a las becas del año pasado ahora tenemos un Laboratorio de Piano valorado en 25.000 dólares y están construyéndonos marimbas y steel pans por valor de 30.000 dólares", cuenta con emoción.

Cuando llegaron allí hace diez años, ambos fueron voluntarios en una asociación fundada por una antigua alumna de Berklee de la que siguen siendo amigos. Daban clases de música en centros donde los menores cumplían condena. "Ahí nos plantamos mi mujer y yo, al mes de llegar a los EEUU. Íbamos un par de tardes a la semana a dar clases de piano a los chavales. Lo hacíamos en tandem porque ella casi no hablaba inglés y sólo había un piano en el centro. Todos los chicos que tratamos eran negros o hispanos, entre 15 y 17 años, y aunque había quién venía a las clases sólo para ver a mi mujer (hormonas en plena ebullición), la mayoría disfrutaba realmente de las clases. Uno de los grandes problemas de estos chavales es que tienen una autoestima bajísima, muchas veces, asociada a la pertenencia a una banda y al estatus que eso les da. Tocar un instrumento o componer sus propios beats en un portátil les hace sentirse realizados y les produce un orgullo y una confianza que son fundamentales para que puedan salir adelante", recuerda Manuel.

Coronavirus, teletrabajo y tres hijos

Manuel durante un concierto junto a su hija mayor / CADENA SER

La pandemia de coronavirus obligó Manuel y María a impartir sus clases de piano online. Ahora están preparando el recital de final de curso pero están seguros de que saldrá tan bien como siempre. A pesar de las dificultades para trabajar con tres niños por casa, están orgullosos de los resultados: "Un estudiante aprendió a leer música en su primera clase y otro aprendió a tocar el Claro de Luna de Debussy en sólo tres meses de clases online durante la cuarentena". Este año no podrán venir a España pero han comprado una piscina hinchable para el jardín y, de momento, les está devolviendo la vida después de unos meses duros: "Había momentos en que María estaba en una habitación dando su clase con 30 niños conectados en zoom, nuestra hija mayor en otra con el iPad en su Zoom de su cole, el niño en una mesa aprendiendo a leer o haciendo ejercicios de matemáticas y yo cocinando con la pequeña jugando por el medio", rememora Manuel.

Aunque las clases presenciales tardarán en volver, espera que pronto vuelvan a reclarmar sus composiciones para publicidad, teatro, cine y televisión. Este verano se estrenará en festivales internacionales un cortometraje al que ha puesto música que protagoniza Eric Roberts (el hermano de Julia) y pronto va a publicar su primer libro, Un dinosario en mi piano (Boileau Editores), inspirado en piezas que escribió para sus alumnos en el Community Music Center. El coronavirus ha parado todo una temporada pero los planes siguen. Todavía les queda mucho más por vivir en esa ciudad.

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