Sábado, 19 de Septiembre de 2020

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"Esto podríamos hacerlo a menudo": cuando el confinamiento te abre los ojos (y te cambia la vida)

Una de las principales transformaciones que ha provocado la pandemia tiene que ver con la implantación del teletrabajo. Un cambio que, en muchos casos, ha llegado para quedarse y que abre nuevas opciones de vida. Estas tres historias reales lo demuestran

La hija de Juan en su nueva vida en Fresnadillas de la Oliva, un pueblo al oeste de Madrid

La hija de Juan en su nueva vida en Fresnadillas de la Oliva, un pueblo al oeste de Madrid / CADENA SER

Ha hecho falta una pandemia para que valoremos unas vacaciones en la casa familiar del pueblo y pongamos cara a los vecinos que tenemos en frente. El coronavirus ha cambiado en muchos aspectos nuestra forma de vida y muchas de las nuevas rutinas adquiridas pueden acompañarnos ya de forma cotidiana para siempre. No nos queremos imaginar un mundo sin besos ni abrazos pero sí podemos prever que el uso de mascarilla sea algo habitual cuando estemos enfermos y que el teletrabajo se implante de forma definitiva o eventual en muchas empresas. Poder trabajar a distancia implica un cambio de paradigma -hasta ahora poco explorado- que permite que cada uno viva en el lugar deseado y no en el que tiene la oficina. Estas tres historias demuestran que el coronavirus también ha dejado algo bueno. Que la revolución del teletrabajo ha comenzado. 

Cerca de la familia

Romina, su marido y su hijo de dos años se acaban de mudar a la casa que han comprado con mucha ilusión en Madrid cuando llegó el confinamiento. Ese tiempo en casa hizo que la distancia con la familia se hiciera más grande. Los padres de él viven en Argentina y los de ella en Palma: "Si bien estábamos todos encerrados en nuestras casas y nadie se podía ver entre sí, pensaba "en cuanto se levante esto y nos permitan vernos, tampoco vamos a poder hacerlo porque vivimos en una provincia diferente". También pensaba mucho que si les pasaba algo a mis padres, tampoco podía volver a verlos y en lo solito que estaba mi hijo con nosotros, sin los abuelos. Recordaba cómo tanto mi marido como yo habíamos disfrutado de nuestros abuelos en la infancia y que nuestro hijo eso lo tenía por videocámara".

Romina y su familia, este verano en Palma, donde finalmente van a vivir / CADENA SER

Con todas esas reflexiones en la cabeza, salimos del confinamiento y tampoco pudieron viajar a Mallorca porque los vuelos en junio eran demasiado caros, así que fueron a visitar al hermano de Romina a Cataluña. "Cuando volvíamos de allí, le comenté a mi marido que necesitaba mucho estar con mis padres y tenerles cerca. Por más que hoy la tecnología nos ayude, no es lo mismo", recuerda. En aquel momento no era más que un lamento que empezaba a convertirse en posibilidad cuando la empresa de su marido decidió cerrar su oficina en Madrid y que todos teletrabajaran. "Eso fue como un punto y aparte porque compañeros de él se fueron mudando a pueblos del norte, escapando un poco del calor, también otros a Valencia y yo le planteé irnos a vivir a Palma". Su marido no estaba muy seguro pero cuando estuvieron allí de vacaciones en agosto y vio al niño tan feliz con sus abuelos, con los tíos, con su primita recién nacida, disfrutando de la playa... todo se empezó a poner en una balanza: "Un día, mi madre se había quedado cuidando de su nieto durante un par de horas y estábamos nosotros solos en un bar hablando. Fue muy relajante, estábamos muy a gusto, y fue entonces cuando mi marido dijo "si nos viniéramos a vivir acá, esto podría ser algo que hiciéramos a menudo, ¿no? Tener un ratito en pareja" Y bueno, empezamos a hablar un poco más en serio y a valorar la oportunidad. Pensamos que era ahora o nunca, que este era el momento, que el niño es pequeño, que viene otro bebé en camino y mejor antes que naciera".

En menos de cinco días se decidieron, se van a vivir a Palma: "Empezamos a buscar piso a lo loco y en dos semanas conseguimos y ahora estamos haciendo las maletas, armando cajas... Dejamos nuestro nuestro piso en Madrid, que pensamos que sería para muchos años, porque lo compramos con esa idea y lo armamos con esa ilusión, pero las cosas, las circunstancias, cambiaron. Simplemente, nuestra actitud cambió con todo lo que vivimos, que fue muy heavy, porque al final estuvimos prácticamente dos meses encerrados en casa casi sin salir".

Escapar de la ciudad

Juan y su mujer llevaban tiempo dándole vueltas a la idea de "escapar" de Madrid pero reconocen que sin la pandemia quizá hubieran tardado muchos años en dar el paso: "Desde que nació nuestra hija nos dimos cuenta que las cosas que adorábamos de Madrid ya no las disfrutábamos tanto y que, por el contrario, cada vez veíamos más obstáculos, además de perder una enorme cantidad de tiempo en desplazamientos". Desde hacía un par de años, alquilaban una casa en un pequeño pueblo de Segovia y Juan recuerda cómo pasaban la semana esperando a que llegara el fin de semana para escapar de la ciudad: "En el confinamiento descubrimos lo mucho que lo echábamos de menos y todo los que nos aportaba, en muchos sentidos". Fue entonces cuando, en medio de esa melancolía, la pareja se vió en casa sacando adelante su trabajo desde casa y decidieron dar el paso: se irían a vivir a un pueblo en cuanto pudieran.

Un amigo les habló de Fresnedillas de la Oliva, una localidad al oeste de Madrid, donde en los últimos años se ha creado una comunidad de familias jóvenes con hijos: "Nos hablaron muy bien del pueblo, además cuenta con uno de los mejores colegios públicos de la Comunidad de Madrid y eso decantó la balanza".

Pronto vieron una casa con jardín y vistas a las montañas que les gustó y la compraron. Llevan poco más de un mes viviendo allí pero ya aseguran que el cambio ha sido radical: "En lugar de salir a un parque infantil a reventar o a hacer recados, vamos a dar paseos por el campo. Al ahorrarnos tantas horas en desplazamientos, el tiempo cunde mucho más. Otra cosa que nos encanta es que al lado de nuestra casa vemos un montón de animales: burros, caballos, gallos, conejos. Es un plan que al tener una niña pequeña y perra estamos disfrutando un montón".

Las vistas desde la nueva casa de Juan y su familia / CADENA SER

En muy poco tiempo han visto un cambio enorme en cuanto a su calidad de vida: "La verdad es que confiamos en teletrabajar todo lo posible pero yo ya he estado yendo a Madrid por curro y los tiempos son aceptables. Tardo hora y diez de puerta a puerta cuando antes, dentro de la misma ciudad, tardaba casi 50 minutos. Eso sin contar los días que me tocaba llevar o recoger a la niña al cole, que se me iba a la hora y media. Mi chica sí que tardará más pero, al no entrar a trabajar en hora punta, podrá ir más tranquila en el coche porque antes cuando llevaba a la niña se comía muchos atascos". Ahora ese tiempo lo emplean en paseos por el campo.

Vuelta a casa

La oficina que se ha montado Adrián en casa. / CADENA SER

Adrián es de Bilbao, tiene 24 años y es community manager. Llevaba un año y medio trabajando en Madrid y tenía en mente volver a su ciudad pero el coronavirus precipitó las cosas: "Tomé la decisión una semana antes de que decretaran el estado de alarma". Volvió a la casa de sus padres y desde entonces se ahorra el alquiler de Madrid, aunque tenga que seguir yendo a la capital una vez al mes para recoger material de trabajo. "El hecho de teletrabajar no me ha pillado de sorpresa, en mi empresa ya lo probamos en alguna ocasión y vimos que era una medida productiva. Con esto del coronavirus he preferido volver a Bilbao ya que me lo podía permitir. Así que todo esto me ha beneficiado un poco ya que, por suerte, puedo conservar el trabajo y estar cerca de mi familia y amigos", explica desde la oficina llena de luces que se ha montado en su habitación: "La NASA, como dice mi padre", cuenta entre risas.

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