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Los 'buenos samaritanos': 18 españoles donaron un riñón a un desconocido para salvarle

En la Organización Nacional de Trasplantes se les conoce como "buenos samaritanos". Desde 2011, 300 personas han querido formar parte del proceso pero sólo 18 han pasado todos los filtros y han iniciado una cadena de trasplantes. Gracias a ellos se han salvado 55 pacientes con enfermedad renal terminal.

Manuel (nombre ficticio) es sacerdote. Donó su riñón cuando tenía 32 años: "Estoy feliz de haberlo hecho. No me arrepiento. Si tuviera tres riñones, donaría dos"

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Madrid

En la Organización Nacional de Trasplantes se les conoce como “buenos samaritanos”. Desde 2011, año en el que España aceptó esta figura del donante altruista, aproximadamente 300 personas se han puesto en contacto con la Organización Nacional de Trasplantes para formar parte del proceso. Este tipo de donante es el que, normalmente, inicia una cadena de trasplantes: dona su riñón de forma desinteresada a un paciente -con el que no tiene vínculo- un familiar o amigo de éste hace lo propio con el segundo paciente y así sucesivamente.

El 70% de esas 300 personas iniciaron el proceso de evaluación y finalmente 18 han sido donantes de forma efectiva. “Lo bueno es que de la donación de estas 18 personas'', asegura Marta García, enfermera coordinadora de trasplantes de la ONT, “se han podido beneficiar 55 pacientes diagnosticados de enfermedad renal terminal. Esto supone que por cada uno de los donantes altruistas de media se obtienen 3 trasplantes renales, porque, generalmente, deciden iniciar cadenas de trasplante para beneficiar a más personas”.

Hay un modelo específico para evaluar la idoneidad de los 'buenos samaritanos' “está pensado para que la persona que tiene intención de donar, tenga plena libertad para poder abandonar el proceso en cualquiera de las fases del mismo. En estos procesos, que son relativamente largos, pueden durar varios meses, la persona puede encontrarse con dudas o con circunstancias personales que le impidan seguir adelante con la donación. Esto, generalmente, sucede en la primera fase cuando reciben información detallada y específica sobre lo que supone ser donante renal en vida. Después de esta explicación alrededor de un 30% de renuncia”.

En la segunda fase se inician los estudios en el hospital, generalmente de la mano de un nefrólogo. En este caso, la mayoría de las personas que no pueden continuar con el proceso es porque se les detecta algún problema de salud que ellos desconocían, como hipertensión arterial, diabetes o cualquier otra enfermedad incipiente.

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Por último se realiza un estudio psicológico. En esa fase, asegura Marta García “a veces se descubre que alguno de los voluntarios puede estar atravesando un problema de salud mental cómo puede ser una depresión o un síndrome ansioso. En ese caso se le informa de que no es el mejor momento para hacerlo y se le emplaza para un futuro, cuando se encuentre en una situación mejor, que pueda volver a planteárselo. Una vez superadas estas tres fases no solemos encontrar personas que se echen atrás”.

Después de la donación la ONT no pierde el contacto con ellos “evaluamos constantemente su calidad de vida y les preguntamos cómo se han sentido después de donar. Por ahora, ninguna de las 18 personas que lo han hecho se arrepiente. En general sienten una gran satisfacción por haber ayudado a mejorar la calidad de vida de otras personas”.

El testimonio del sacerdote Manuel tras donar su riñón a los 32 años

Tomé la decisión con 30 años y pasaron dos hasta que pude donar. ¿Cómo nace la idea? Pues de manera muy simple. Nace de darme cuenta de que hay personas que lo necesitan para mejorar su calidad de vida, para no estar enganchados a una máquina. Desde joven he sido donante de sangre y estoy apuntado en el registro de donantes de médula. Siempre he tenido en la conciencia que si puedo ayudar a alguien, haré lo que esté en mi mano.

Había oído hablar de la donación de vivo. Tenía cercana la donación de médula de una amiga y también la donación de hígado que una hija hizo a su padre, gracias a la que él vivió muchos años más después de padecer un cáncer. Conociendo estas historias pensé ¿y porqué no?. Soy sacerdote católico, mi vida es para los demás. Es así cómo entiendo ser cura, estar entregado a los demás, a quienes lo puedan necesitar.

El donante buen samaritano no pone cara al receptor. Es anónimo, pero yo tengo la certeza de que ha sido un hermano mío. Y siempre lo digo así. He donado para un hermano que, por circunstancias, no conozco. Lo he hecho para el bien de mi propia familia.

El proceso fue muy largo y muy bonito. Para todas las personas que participan lo primero de todo es tu salud. Tanto el hospital como la Organización Nacional de Trasplantes lo que priorizan es que tú estés bien. Durante varios meses pasas por pruebas médicas y psicológicas. Incluso tienes que declarar ante un juez que actúas de forma libre y sin coacciones. El proceso duró varios meses. Cuando me dijeron que sí, que era candidato, me dio una alegría enorme.

La donación fue fenomenal. Fue una intervención relativamente sencilla porque te extraen el riñón por laparoscopia. Me operaron el lunes y el miércoles ya estaba en casa. Ahora, ni me acuerdo de que me falta un riñón, hago una vida normal y no tengo ninguna complicación médica. Es verdad que, al principio del proceso, surge la duda de ¿y si me falla el que me queda? pero esa posibilidad es muy remota frente a la certeza real de que alguien lo necesitaba. Con lo cual, ante la certeza de que alguien lo necesita y la posibilidad remota de que me falle el riñón que me queda, proporcionalmente es un riesgo muy pequeñito el que se corre. Además es que siempre priorizaron mi salud, siempre me cuidaron muchísimo.

Así que nunca tuve miedo. Para mí era algo que podía hacer y que, realmente, me resultaba más difícil no hacerlo, que hacerlo. Estoy feliz de haberlo hecho. No me arrepiento. Si tuviera tres riñones, daría dos. Fue un proceso muy bonito y estoy convencido de habrá hecho bien a la persona que lo haya recibido. En el cielo, si Dios quiere, nos conoceremos.

Así cuenta Marta, sanitaria, su experiencia tras donar su riñón a los 50 años

Siempre fui donante de sangre y, desde que se creó, estoy apuntada al registro de donantes de médula. Un día, volviendo del trabajo, escuché por la radio el testimonio de una persona que había donado su riñón y me dije: ya tengo 50 años y es un buen momento para hacerlo. Ese mismo día me puse en marcha.

La verdad es que nunca me he planteado cómo será la cara del receptor porque, lo bueno de este sistema, es que lo que provocas es el inicio de una cadena de trasplantes. En mi caso yo inicié una de siete pacientes y eso es ‘la maravilla’.

En el proceso son todo facilidades y te sientes muy acompañada desde el primer momento. Está muy organizado, te consiguen todas las citas para que no pierdas el tiempo y, después de donar, te siguen controlando todos los años. Si con la edad me empieza fallar el otro riñón me lo van a detectar rápidamente. Siempre estás en manos de especialistas y por eso nunca he tenido miedo. Es que creo no se puede vivir con miedo, si no, no disfrutas de nada...En la vida hay cosas mucho más peligrosas.

Soy sanitaria, conozco los riesgos de una anestesia general, de una laparoscopia. Siempre he conocido los riesgos a los que me he sometido y están muy por debajo de los beneficios que uno gana sabiendo que estás mejorando la vida de siete personas. Nunca he tenido miedo. Todo en esta vida tiene un riesgo, pero el que no se arriesga no cruza el mar. Cuando uno llega a una edad madura hay que tomar decisiones y tirar para adelante.

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