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"Este taller no ha sido solo mi trabajo: ha sido mi vida"

Bilbao pierde uno de esos comercios que siempre han estado ahí, casi sin hacer ruido, formando parte del paisaje cotidiano. El taller de enmarcación y molduras Artidis, en el número 1 de la plaza Arriquibar, bajará la persiana tras cerca de medio siglo de actividad con la jubilación de Juan Carlos Prieto, el hombre que aprendió el oficio siendo apenas un adolescente y que ha pasado prácticamente toda su vida entre marcos, láminas y encargos.

La despedida llega con un sabor “agridulce”, como él mismo reconoce: la satisfacción de un recorrido lleno de historias y la tristeza de ver cómo el negocio se jubila con él, sin relevo generacional.

Un hobby que terminó siendo una vida

Todo empezó cuando tenía 17 años. Su padre, trabajador de Renault y “una persona muy inquieta”, comenzó a enmarcar cuadros como pasatiempo en ratos libres hasta que le pidió ayuda. Aquella puerta abierta a un mundo desconocido terminó marcando su destino.

“Me atrapó y mira, hasta hoy”, recordaba emocionado durante la entrevista en Hoy por Hoy Bilbao-Bizkaia.

Tras unos primeros años en un local prestado, padre e hijo se trasladaron en 1983 —el año de las grandes inundaciones— al enclave que se convertiría en su hogar profesional durante décadas: la plaza Arriquibar.

Allí crecieron, consolidaron clientela y llegaron a emplear hasta a tres trabajadores en los momentos de mayor actividad.

El taller donde Bilbao enmarcaba sus recuerdos

Por Artidis han pasado familias enteras, pintores, fotógrafos, decoradores y comercios de toda la ciudad. Incluso la Basílica de Begoña fue durante años uno de sus clientes habituales, para quien realizaban enmarcaciones y trabajos destinados a la tienda de recuerdos.

Hubo épocas de tanto trabajo que Juan Carlos llegó a quedarse hasta la una de la madrugada en el taller para cumplir con los encargos.

Nunca lo vivió como un sacrificio. Más bien como la consecuencia natural de amar lo que hacía.

“La tristeza es ver que todo este esfuerzo se jubila conmigo”

Si algo le pesa al cerrar es comprobar que el comercio tradicional pierde terreno y que nadie recoge el testigo de un oficio cada vez más escaso. En Bilbao apenas quedan cuatro o cinco establecimientos dedicados a la enmarcación artesanal.

“Antes alguien continuaba el negocio; hoy vemos ‘se traspasa’ o ‘me jubilo’ y el local se queda vacío”, reflexionaba durante la conversación radiofónica.

Su mayor pena no es marcharse, sino apagar un taller plenamente equipado, con maquinaria y material suficiente para seguir funcionando al cien por cien.

Un negocio que sobrevivió a todo

Crisis económicas, cambios en el consumo, nuevas tecnologías e incluso un parón obligado por una operación de cadera que mantuvo la tienda cerrada durante año y medio. Tras recuperarse, volvió a levantar la persiana.

Porque si algo define a Juan Carlos es la perseverancia.

“Soy de comprar en el comercio de barrio”, decía, defendiendo ese modelo que hoy observa con incertidumbre.

Generaciones enteras detrás del mostrador

Aún hoy siguen entrando clientes de más de 80 años para enmarcar sus cuadros, un detalle que resume la relación de confianza tejida durante décadas.

Artidis nunca fue solo una tienda de barrio. Llegaban encargos desde distintos puntos del territorio, reflejo de un trabajo artesanal que se extendió mucho más allá de su entorno inmediato.

Una despedida con gratitud… y una puerta abierta

El cierre está previsto para mayo y Juan Carlos no se marcha sin antes lanzar un último mensaje: si alguien quiere continuar el negocio, él está dispuesto a entregarlo todo —local, maquinaria y experiencia— y recibirle “con un abrazo”.

Mientras tanto, mira atrás con agradecimiento hacia quienes han cruzado la puerta del taller durante estos 48 años.

Cuando baja la persiana algo más que un comercio

La historia de Artidis es también la de un Bilbao que cambia. La de los oficios aprendidos en familia, los negocios levantados a base de constancia y las persianas que se cierran sin hacer ruido.

Durante décadas, aquel bajo de Arriquibar guardó recuerdos en forma de cuadros. Ahora será la ciudad la que conserve el suyo: el del artesano que dedicó toda una vida a poner marco a la memoria de los demás.

 

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