Opinión

Susto o muerte

El monstruo sigue engordando y, lo que es peor, ha dejado de generar miedo a millones de franceses

Marine Le Pen celebra sus resultados en las elecciones presidenciales / IAN LANGSDON (EFE)

Madrid

La victoria de Emmanuel Macron en las presidenciales francesas constituye un alivio, pero también deja un regusto de inquietud. Alivio porque hay pocos comicios con tanta trascendencia europea como los franceses y, hoy, Europa puede respirar tranquila. Inquietud porque la ultraderecha de Marine Le Pen consolida su constante crecimiento: el 8% que pierde Macron respecto a las últimas elecciones lo gana Le Pen. El monstruo sigue engordando y, lo que es peor, ha dejado de generar miedo a millones de franceses.

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Por mucho que Macron haya obtenido una victoria holgada (66% frente al 34% de Le Pen) no va a disfrutar de una presidencia tranquila. La Francia de hoy está fracturada entre los votantes de Macron y los extremos que representan los populismos de Le Pen y Mélenchon. No se trata de coser ideologías, sino de convencer a los franceses que han visto cómo su bienestar, su calidad de vida —su vida, en definitiva— se ha visto notablemente mermada en los últimos años que no se les va a dejar, una vez más, de lado. Impedir que la angustia se convierta en abono de los populismos.

De poco va valer en este segundo mandato que el actual presidente haya gestionado una pandemia sanitaria, una guerra en suelo europeo o la revuelta de los chalecos amarillos. Empieza un quinquenio en el que el auge de la ultraderecha, que no es exclusivo de Francia, va a condicionar cada una de las decisiones que tome Macron. Porque su mayor error en estos últimos cinco años ha sido haber contribuido a blanquear a la ultraderecha, a normalizarla como una opción política tan inocua como cualquier otra. La extrema derecha ha dejado, en fin, de ser extrema.

Las elecciones legislativas de junio serán un punto de inflexión para constatar si, como ha prometido Macron en su discurso, habrá tenido en cuenta a todos los franceses que no le han votado en la segunda vuelta. Ese es el único camino para reconstruir un país que ya ha demostrado su predisposición a echarse en manos de los extremistas antisistema. Le Pen ha perdido hoy, pero el suelo francés ya está abonado para que, lo que hoy ha sido un susto, mañana sea muerte.

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