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¿Cuándo y cómo empiezan los días de mierda?

Admitir tener un día funesto es aceptar que te pasan cosas de tan "mala suerte" como estas que te contamos

¿Cuándo y cómo empiezan los días de mierda?

¿Cuándo y cómo empiezan los días de mierda?

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Hay días que mejor no levantarse. No tiene por qué pasarnos nada especialmente horrible, pero todo sale mal. Ocurren pequeñas cosas que van sumando molestias sin importancia: algo que se cae, un tropezón, una mancha inoportuna, un error en el trabajo, una mala cara, unas palabras a destiempo, algo que se estropea... Y el día se va pintando de negro. Nosotros hemos descubierto el momento exacto en el que nacen esos días de mierda.

Al despertar, ninguna de estas personas, iguales a usted, pensó que fuera sucederle algún hecho insólito. Por hecho insólito, se entienden trances como el que vivió el barbero Iván Yakovlevich, domiciliado en la Avenida Voznesenski de San Petersburgo, cuando bastante temprano, sentado a la mesa delante de dos cebollas, encontró una nariz dentro de un panecillo.

No, A ninguna de estas personas les sucedió algo parecido. Ni yo soy Gogol.

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Mientras preparaban el primer café, echaron una ojeada a sus por si hubiera algo de interés: una guerra, un partido de futbol, un tweet, una trama de espionaje... Mientras hacían el café y navegaban por la red, los terminales de estas personas fueron geolocalizados y espiados por compañías de todo el mundo, hecho que en ningún momento desencadenaría un escándalo ni plantearía controversias, pues todas estas personas tenían vidas vulgares, igual que la de usted. Habían aceptado las condiciones del mercado y carecían de interés para los estados y el sistema operativo Pegasus. Lo más que podemos reseñar es que mientras preparaban y tomaban el primer café en casa, cayeron al suelo algunas cucharillas y se rompieron algunas decenas de tazas, vasos, platos y azucareros.

Detengámonos en este insignificante suceso. Sin que estas personas fueran conscientes, este incidente (la caída de una cucharilla) sería el germen que incubaría sombras que se irían agrandando y ennegreciendo a lo largo del día, debido a una cadena de hechos irrelevantes. Veamos.

El día "perfecto"

Una cucharilla se precipitó desde la encimera de la cocina. Al intentar cogerla al vuelo, un brazo empujó la taza de café. El café manchó el suelo, los muebles y la ropa. Hubo que barrer. El tiempo corría. Hubo que fregar. Hubo que frotar. Miraron los relojes. Buscaron ropa limpia en los armarios. De lo alto del armario se precipitaron cajas. Las cremalleras se atascaron. Los zapatos les rozaban. El ascensor de casa les dejó tirados cuando alcanzaban la puerta. Se precipitaron a la calle. Iban a llegar tarde. El autobús no esperó. Perdieron el tren de cercanías. Perdieron el metro. Sí, se puso a llover. Cogieron un taxi y quedaron atrapados en un atasco. Y cuando más necesitaban el teléfono, las baterías se agotaron.

En aquel momento, cada una de aquellas personas, creyentes y no creyentes, aceptaron que la mala suerte era una certeza y que tendrían un día de mierda.

¿Vidas felices?

Antes de seguir, aunque iríamos demasiado lejos si afirmáramos que tenían vidas felices, debemos aclarar que ninguna de aquellas personas padecía enfermedades graves, ni tenían problemas personales, económicos o sufrían amenazas. Y, aun así, durante el resto de aquel día corriente, se sucedieron una serie de hecho triviales que trasformaron en catástrofes que hicieron aflorar la ira y el derrotismo.

Sabemos que a unos cientos de miles se les bloquearon los ordenadores, como todos los días, circunstancia que los llevó a la desesperación. El ruido enfureció a decenas de miles. Las salpicaduras de aceite y los pequeños desaciertos en la cocina amargaron a un porcentaje considerable. Algunas miradas, gestos y mensajes ambiguos de vecinos, compañeros, familiares, amigos o enamorados, avivaron la inseguridad y el desánimo de casi la totalidad. También las declaraciones políticas, tweets y opinadores, propagaron el desaliento, la indignación y la rabia.

Al final del día, mientras aquellas personas regresaban a casa, fueron haciendo balance. En otras circunstancias, el dueño del perro o el vehículo en doble fila hubieran pasado desapercibidos, pero aquel día a ninguna de estas personas les había sucedido un hecho insólito. Por hecho insólito se entienden trances como el que vivió Gregorio Samsa, cuando al despertar una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre la cama convertido en un monstruoso insecto.

No, a ninguna de estas personas les sucedió algo parecido. Ni yo soy Kafka. Y, sin embargo, mientras se quitaban los zapatos, cansadas y malhumoradas, llegaron a la conclusión de que habían tenido un día funesto.

Recuerden que todo empezó con la caída de una cucharilla de café. Y ahí va la moraleja extraída de los delirios clarividentes del bohemio Max Estrella: "Cuídense de las cucharillas, porque con matemática de espejos cóncavos revelan nuestro esperpento".

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