Sociedad

El dolor de Delphi: la vida en la Bahía de Cádiz 15 años después del cierre de la fábrica de Puerto Real

El cierre inesperado provocó un gran impacto en la sociedad de la zona y aunque se prometieron ayudas y planes, no se aplicaron o no llegaron a sus beneficiarios

Reportaje EP27 | Bahía de Cádiz, la vida 15 años después del cierre de Delphi

Reportaje EP27 | Bahía de Cádiz, la vida 15 años después del cierre de Delphi

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Cádiz

Era el 22 de febrero de 2007. Sonó el teléfono en la redacción de Radio Cádiz. Respondió la periodista Libertad Paloma. Al otro lado, una mujer desesperada. "Le acaban de decir a mi marido que cierran la fábrica, ¿sabéis algo?". Ana María Ros quería contrastar con la radio lo que su esposo, Antonio Genil, le acababa de contar. "Que le han dicho que cierra Delphi en Puerto Real". En esa fábrica, los directores habían reunido por la mañana a los miembros del comité para comunicarles aquella decisión irreversible. "Creían que con el temperamento de Cádiz lo íbamos a partir todo, que aquel día se terminaba", recuerda Antonio Montoro, entonces parte de ese comité por UGT, "pero aguantamos entre todos hasta el 4 de julio". Lo que sucedió entre aquel 22 de febrero y ese 4 de julio no se ha olvidado en la bahía de Cádiz. Es un dolor que no ha sanado.

Antonio Montoro recorre los exteriores de la fábrica de Delphi 15 años después. Acaba de llover ligeramente y las gotas de lluvia han desprendido del suelo un olor que le eriza la piel. "Huele a fosfato, a cromo, a taladrina. Viene de la piscina de lodo", describe. "Yo tengo ropa aún ropa que usaba en Delphi, a la que se le ha pegado ese olor. Está en esas camisetas como un olor familiar, porque lo que pasó en Delphi es una historia de una familia, una familia a la que destrozaron", cuenta emocionado.

Antonio Montoro, en los exteriores de la fábrica de Delphi / Cadena SER

Antonio Montoro entró a trabajar en Delphi Puerto Real con 19 años. Allí trabajaba también su padre. La General Motors había instalado en Puerto Real, en unos suelos pivotados sobre las marismas, junto a la autovía, un enorme complejo que se dedicaba a la fabricación y montaje de piezas de automoción. Trabajar en Delphi era un seguro. Sobre ella se construyeron familias enteras, se compraron casas, coches, proyectos de vida. Cuando cerró, la fábrica tenía en plantilla a más de 1.600 personas y se calcula que más de 5.000 trabajadores dependían de ella.

Dice la periodista Libertad Paloma que comunicar el cierre de Delphi tras la llamada de Ana María Ros fue como contar un suceso tráigco o una catástrofe natural. "Cada noticia tiene su ritmo y las noticias económicas, generalmente, no suceden así, tan de repente". Fue como narrar un huracán, o un terremoto. En cierto modo, el cierre hizo tambalear la vida de la bahía de Cádiz.

Imágenes del interior del edificio de oficinas de Delphi Puerto Real 15 años después de su cierre / Cadena SER

"Teníamos una vida muy tranquila, nuestra hipoteca, dos hijas, una economía resuelta. Él, con su trabajo en Delphi. Yo, con mi empresa. Y, de repente, Antonio se quedó sin trabajo. Al poco, llegó la crisis inmobiliaria y yo también perdí mi empresa. Nos vimos obligados a pedir ayuda a nuestros padres, a cambiar a nuestras hijas de colegio", recuerda Ana María Ros. "En cierto modo, nosotros fuimos afortunados, porque hemos podido mantenernos, pero mucha gente no".

La fábrica de Delphi de Puerto Real / Cadena SER

El dolor del cierre de Delphi fue físico. Dejó matrimonios destrozados, enfermedades, suicidios. "Hubo gente que no lo pudo superar", recuerda José Antonio Barroso, entonces alcalde de Puerto Real. La empresa cerró porque consideró que ya no era rentable seguir operando en la bahía de Cádiz. Desde el 22 de febrero hasta el 4 de julio los trabajadores lo intentaron todo. Hubo reuniones al máximo nivel, manifestaciones con más de 60.000 personas, acciones colectivas de todo tipo. La Junta de Andalucía, entonces con Manuel Chaves como presidente, se implicó en la salida del conflicto, que pasó por la firma de un protocolo entre sindicatos, empresa y Gobierno andaluz que daba el visto bueno al cierre a cambio de una millonaria inversión para que más de 2.000 trabajadores se acogieran a un programa de recolocación. "No os voy a dejar tirados", les prometió a Chaves en una famosa proclama el Día de la Provincia, el 19 de marzo de 2007.

Pero, a pesar de ese compromiso y de que ese protocolo permitó seguir cobrando a muchos de los trabajadores durante varios meses más, el protocolo terminó siendo un fracaso. Las empresas anunciadas no llegaron. La lluvia de millones se perdió en una maraña burocrática. Los cursos de formación no terminaron de funcionar. "Delphi fue el principio de dejar de creer en la política. Así ha sido el nivel de abstención en las últimas elecciones", dice Montoro. El exalcalde Barroso suma en esa decepción a los sindicatos de clase. "Traicionaron a los trabajadores, permitieron que Delphi cerrara", les culpa. En definitiva, a pesar de las promesas, les dejaron tirados.

José Antonio Barroso, exalcalde de Puerto Real / Cadena SER

En estos 15 años en los que los suelos de Delphi ha estado bajo la custodia de un administrador concursal no ha prosperado ningún proyecto industrial. Hace pocos meses que una sociedad dependiente del Cádiz Club de Fútbol ha comprado los terrenos para hacer una ciudad tecnológica dedicada al deporte. Este proyecto choca con el trámite iniciado por la Autoridad Portuaria de la bahía de Cádiz hace unos años para expropiar los suelos y darles un uso logístico.

Radio Cádiz ha podido recorrer esta fábrica el pasado jueves, un día después de una visita guiada convocada por esa sociedad del Cádiz, Sport City Cádiz, con los medios de comunicación. Las dimensiones de la parcela impresionan. Caben en estos suelos 80 estadios de fútbol. Siguen en pie las naves metálicas, la central eléctrica, los depósitos, la piscina de lodo. Resiste la vía de un tren que nunca llegó a pasar por allí. 15 años después hay todavía material de oficina: sillas, mesas, documentos... En un edificio, cientos de fotografías Polaroid están esparcidas por el suelo. En ellas se ven los muebles que ya no están, como si hubiesen servido para un inventario gráfico que ya no vale para nada. Quedan pocas cosas dentro. La fábrica ha sido pasto de los expoliadores. Se han llevado el cobre del sistema eléctrico, todos los elementos metálicos, numerosas piezas almacenadas... Se han perdido millones de euros. Aún así el Cádiz confía en que el desmantelamiento de estas naves sirva para generar también un importante beneficio con la venta de la chatarra.

La fábrica de Delphi de Puerto Real / Cadena SER

15 años después en la bahía de Cádiz sigue resonando el nombre de Delphi. Guillermo Benítez Boy, Javier Outón Porras, y Sergio Martín Sánchez tenían apenas 10 años cuando cerró esa fábrica. "A mí Delphi me sonaba a cierre, a manifestaciones", cuenta Guillermo. "Yo sabía que era una fábrica que cerraba, pero no sabía a qué se dedicaba", añade Sergio. "Sí sabíamos que era algo grave, pero éramos unos niños", suscribe Javier. El drama tocó al lado de sus casas, pero años después, en medio del desierto industrial en el que se había convertido la bahía de Cádiz, los tres decidieron estudiar Ingeniería en la Universidad de Cádiz. "Si nos hubiésemos dejado llevar por la actualidad local, nos habríamos dedicado a otra cosa. Pero era lo que nos gustaba y lo que queríamos hacer", explica Guillermo. Los tres se reconocen afortunados porque, poco después de terminar la carrera, han encontrado un empleo.

Guillermo, Sergio y Javier, ingenieros en la bahía de Cádiz / Cadena SER

Ana María Ros, la mujer que llamó a Radio Cádiz el día que cerró la fábrica de su marido, supo de otra noticia importante solo seis días después de aquella llamada. "Me enteré que estaba embarazada de mi tercera hija". Esa hija se llama Blanca y va a cumplir en 2007 15 años.

Ana María Ros y Blanca Genil Ros, en los estudios de Radio Cádiz / Cadena SER

"Mi padre es muy cariñoso, pero sé que todo lo que pasó le afectó mucho y le sigue afectando. El otro día dijo que tenía miedo de que volviera a ocurrirle lo mismo", cuenta Blanca. Como Antonio, en los miles de trabajadores de Delphi persisten las secuelas de aquel desgarro. Como un terremoto, como un huracán que se lo lleva todo y no deja nada. Como un desierto en medio del mar de la bahía. Pero la vida ha seguido. Y seguirá. "Yo estoy entre dedicarme a ser ingeniera, diseñadora de interiores o guardia civil de la unidad canina", sueña Blanca. Porque hasta en los más áridos desiertos pueden volver a crecer las flores.

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