La ciudad en el diván
El subdirector de Diario de Sevilla, Carlos Navarro Antolín, interpreta la feria como los días en que la ciudad se somete a una terapia, descansa y se queda al ralentí

Carlos Navarro Antolín y Salomón Hachuel

Toda ciudad necesita sus fiestas. La Feria es una suerte de descanso institucional, de terapia necesaria. La ciudad se mira a sí misma y recarga la batería. Lo hacemos de forma individual, pero también conviene hacerlo de forma colectiva. Se venga o no a la Feria, la ciudad ralentiza su vida. Unos se concentran en el recinto, otros huyen a otros destinos. Incluso hay quienes disfrutan de un centro histórico con un ritmo especial estas tardes, un casco antiguo al ralentí, donde todo es más cadencioso a excepción del Arenal.
Sevilla se echa en el diván de la Feria a hablar de sí misma. Ella se ve como una dama por la que pasa el tiempo, pero no desaparece la hermosura. Es coqueta, sonríe solo cuando toca, no regala carantoñas, se sabe guapa y aliada de la belleza como las ciudades con historia y leyenda.
Sevilla en la Feria se deja piropear y cortejar para retornar al tiempo ordinario con el ego a la altura de un Giraldillo sin escolta de azucenas.
Ya llegará el lunes con sus debates, los ruidos, los mismos temas que giran como un tío vivo, las polémicas como montañas rusas, las redes sociales con sus estruendos, el sonido del tam-tam electoral y la cuenta atrás para que esta vez se acierte con los toldos de la Avenida.
Pero hoy, la ciudad se siente bella delante de la cornucopia de estas mañanas de primavera cálida. Mujer madura y fina, un punto altiva y seria, se hace la fuerte pero en el fondo se derrite cuando le cantan. Disimula su debilidad amparada en la grandeza del pasado. Mantiene alta la autoestima con pregones si es preciso. El lunes hablaremos de política y de los retos pendientes, hoy nos embriaga la luz de la ciudad que cambia de actividad, descansa y exhibe su mejor fachada. Que siga la terapia de este tiempo al ralentí.




