Sociedad

Esto hacen los migrantes que algunos odian: arrodillarse para limpiar

Muchos migrantes se dedican a limpiar las calles que la ultraderecha quiere "limpiar" de migrantes con un discruso xenófobo

Las manos que cuidan lo que la xenofobia desprecia

Santa Cruz de La Palma

Apareció a la luz de una farola, arrodillada al pie de un árbol. La situación no es habitual y llama la atención. ¿Qué sucede? Viste un chaleco naranja que denota un vínculo con los servicios municipales, pero la imagen casi golpea la dignidad. Está recogiendo colillas. Las colillas que han arrojado transeúntes que no considerarían digna la pose. Y, sin embargo, ahí arrojan sus colillas. Pero hay más.

Se llama Judith. Accede a responder algunas preguntas, casi en voz baja, dibujando en el rostro un amago de sonrisa que deja entrever cierta vergüenza. Quizás por las preguntas, quizás por la curiosidad que ha despertado o tal vez por ese sentimiento que nace de aceptar tener que arrodillarse para recoger las colillas de otros. “Y yo no soy fumadora”, apostilla. La situación resulta irónica, casi un reflejo de lo absurdo de algunos discursos xenófobos que llaman a limpiar nuestras ciudades de inmigrantes, cuando son “nuestros” inmigrantes quienes se arrodillan para limpiar la basura de quienes no aceptarían ese rol.

El papel de los migrantes en el mundo laboral

Judith trabaja temporalmente en un plan de empleo municipal. Cuando le preguntas, responde con un gesto suave, casi inocente, que denota resignación. Transmite serenidad, mucha más que la que emana de esas arengas sin fundamento que apelan a un origen para justificar un odio irracional que, al mismo tiempo, revela una profunda ignorancia de la realidad.

El presidente del Cabildo de La Palma, Sergio Rodríguez, ha reivindicado en varias ocasiones su origen venezolano y su doble nacionalidad para subrayar los lazos históricos con Venezuela y con otras comunidades extranjeras que sostienen la economía insular, especialmente el sector primario. “Son personas que han encontrado estabilidad laboral en la agricultura”, señala sobre un ámbito marcado por la falta de relevo generacional. No solo llegan de Venezuela, añade, sino también de Cuba o Colombia. En una isla envejecida, su llegada ha permitido un crecimiento demográfico sostenido en los últimos años.

Del gesto cotidiano a la radiografía social

La imagen de Judith arrodillada bajo la farola, recogiendo colillas que otros tiran sin pensar, funciona como una metáfora del lugar que ocupan muchas personas migrantes en la estructura social. Leonardo Rodríguez preside la asociación Unión Canaria Venezolana, trabaja como jardinero en un campo de golf. "Entiendo perfectamente a Judith porque yo también soy jardinero y me da rabia también cuando la gente saca a los perritos a cagar a las jardineras. Me salen ganas de soltar una patada, no al perro, sino al dueño", zanja.

"Es de cochino. Coño, llévate el perro y ponlo a cagar en tu casa", lamenta. "¿Vas a cagar en el jardín para que vengan los jardineros y se caguen las manos cuando están trabajando?", se pregunta. Leonardo y Judith señalan lo mismo: hay personas cuyo trabajo depende de la responsabilidad ajena… y la responsabilidad ajena a menudo falla. Aunque muchos españoles hacen este tipo de trabajos, los migranes asumen la mayoría de los oficios que ningún español quiere ejercer.

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No es caualidad que ejerzan estos trabajos

Muchos migrantes cupan los trabajos más duros, los que casi nadie quiere, mientras sacan adelante a sus familias y aspiran a una vida mejor. Judith recoge colillas. La paradoja es evidente: mientras ciertos discursos xenófobos claman por limpiar de migrantes las ciudades, son esos mismos migrantes quienes las mantienen limpias. A menudo sobrecualificados y a la espera de sus homologaciones, aceptan empleos temporales, precarios o de baja consideración como paso inicial en su proceso de arraigo.

"La experiencia de Judith nos enseña y nos demuestra que las personas migrantes que llegamos a España y a Canarias pues estamos dispuestas a realizar cualquier tipo de oficio para sacar adelante a nuestras familias, para ganarnos la vida sin importar si estamos sobrecualificados o no", explica Marcela Maspero, presidenta de la asociación Solidaridad Venezuela que ayuda a miles de personas en su situación en todo el país. "Es el papel que tenemos hoy los migrantes al llegar a España y que vamos superando con el tiempo cuando logramos homologar, acreditar nuestra experiencia laboral, formarnos y conseguir una ruta para dignificar a nuestra persona y a nuestra familia", añade.

Los testimonios también permiten reconstruir un relato de continuidad histórica: Canarias conoce bien la migración, no como un fenómeno nuevo, sino como parte de su identidad. Durante generaciones, muchos palmeros cruzaron océanos para mejorar sus vidas y, en muchos casos, contribuyeron al desarrollo de los países que los acogieron. Ahora el fenómeno es justo al revés. Y el desafío es gestionarlo con la misma dignidad con recibieron nuestros antepasados.

Cuando los Españoles migraron a Venezuela

Justo Simón, nacido en La Palma, decidió marcharse a Venezuela cuando la pobreza apretaba fuerte en la isla. Lo hizo en una pequeña embarcación, una travesía que casi le cuesta la vida. En mitad del océano se quedaron sin agua y solo lograron sobrevivir porque un carguero apareció en el horizonte y les ofreció auxilio. “No le deseo a nadie saber lo que es la sed”, recuerda aún con un estremecimiento.

En su casa eran once hermanos, siete mujeres y cuatro varones. Justo era el único que seguía viviendo con sus padres cuando tomó la decisión de emigrar. Aquel día, dice, sintió que les provocaba un dolor inmenso. “Es como si los hubiera matado”, confiesa, todavía con un poso de culpa que los años no han borrado. “Es muy triste tener once hijos y quedarse solos”, añade, como quien resume una época entera.

La dura travesía de un octogenario que cruzó el Oceano Atlántico en busca de una vida mejor

Cadena SER

Y es que aquellos tiempos empujaron a muchas familias palmeras a despedir a sus hijos rumbo a destinos lejanos, sin garantías y sin billete de vuelta. Era una emigración forzada por la necesidad, por la urgencia de sobrevivir, y que en muchos casos significó separaciones definitivas. La historia de Justo es solo una entre miles, pero revela con claridad cómo la pobreza obligó a generaciones enteras a buscar futuro lejos de su tierra.

La migración no es un problema, es una oportunidad

Muchos migrantes se ven obligados a aceptar trabajos que los sitúan en la parte más baja de la escala laboral, en empleos que requieren esfuerzo físico y que suelen estar peor pagados. El razonamiento es claro: nuestro bienestar se asienta, en buena medida, en ese esfuerzo. Lo que destapa otra cuestión esencial, si estas personas sostienen tareas que sostienen a la sociedad, no pueden vivir en la precariedad. Deben estar regularizadas, protegidas y con derechos.

"No es casualidad que los trabajos más precarios, los trabajos más forzosos, los trabajos más duros y que pensemos que nadie querría hacer, lo terminan haciendo en este país las personas que han llegado de manera forzosa", explica Loueila Mint, letrada e impulsora de la plataforma Canarias Libre de CIES. "Este hecho nos tiene que hacer reflexionar sobre nuestro bienestar, que se sostiene gracias al esfuerzo de muchísimas personas migrantes que llegan aquí haciendo lo que nosotros no queremos. Tienen que tener derechos, tienen que estar regularizadas", añade.

En opinión del geógrafo humano e impulsor del Observatorio de la Migación de Tenerife (OBITEN) Vicente Zapata, "si esta migración llega de forma pausada y sabemos encajarla de manera adecuada para que las estructuras económicas, sociales, y culturales de la isla gestionen adecuadamente esa afluencia, será un factor de mejora, de progreso, de desarrollo, como lo vienen siendo hasta la fecha en casos como la isla de La Palma, con una población muy envecejida y una tasa de natalidad muy baja", explica.