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La tómbola de Don Marcelino (por Fco. Pérez Puche)

Nos acercamos a la plaza de la Virgen para hablar de un elemento clave de la fiesta, la Tómbola, que sin duda estará en el recuerdo de muchos valencianos

La València Olvidada (15/05/2024)

La València Olvidada (15/05/2024)

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Hoy contamos la historia desde la plaza de la Virgen, el centro de las recientes fiestas a la Patrona de València, Nuestra Señora de los Desamparados. El lunes por la noche aún se celebró aquí “La Ronda a la Verge”, y este miércoles es día de ajetreo en la plaza porque se están desmontando adornos y complementos, aunque aún es posible ver el tapiz colocado a primeros de mes en la fachada de la basílica. Pero hoy vamos a hablar de un elemento clave de la fiesta, la Tómbola, que sin duda estará en el recuerdo de muchos valencianos.

Y si hablamos de tómbola también hablamos de las colecciones de cromos, que muchos recogían directamente del suelo. Y además de pegarlos en el correspondiente álbum, me jugaba los repetidos: porque éramos verdaderos tahúres. Poníamos en riesgo el patrimonio de los cromos en lo que eran verdaderas timbas escolares.

La pasión de la Tómbola ha estado viva en València durante los años cincuenta y sesenta; y lo curioso es que ha llegado a tener incluso un papel urbanístico…

Y me explico. La Tómbola nació en 1948 en la plaza de la Reina. Y fue cambiando de lugar exacto a base de ocupar los solares que se iban generando en las sucesivas ampliaciones de esa plaza. Pero yo creo que la visión de la Tómbola, el deseo de no verla rodeada de derribos, las ganas de los valencianos de verla en una plaza amplia y con el Micalet al fondo tuvo una gran influencia en las decisiones municipales. Tanto que, en 1956, para despejar del todo la plaza, se trajo la Tómbola aquí, a la plaza de la Virgen, con un resultado igual. Se veía la Tómbola, pero en el marco de un solar; se recogían los cromos de un suelo de arena y piedras de derribo. Y la Tómbola se movía según se derribaban casas para ampliar y reformar la plaza de la Virgen. Por eso digo que la Tómbola tuvo una misión urbanística, añadida a la caritativa. Y una misión matrimonial…

Tal cual. Misión matrimonial. Porque los boletos de la Tómbola los vendían las alumnas de los colegios religiosos de la ciudad. Y allí íbamos los chavales, cuando ya se nos había pasado la manía de revolcarnos por el suelo en busca de cromos abandonados, a otra tarea más importante: conocer chicas, hablar con las alumnas de Jesús y María, las Escolapias o las de Loreto. Ver si alguna de ellas era favorable al bigotillo que nos crecía o a las nuevas lentes de Manolito Gafotas, para quedar en una tienda de discos o incluso ser invitados a un guateque. Misión, pues, social. Y matrimonial. Gracias a la cual, en los años sesenta, se formaron no pocos hogares cristianos, bendecidos por las canciones lentas de Adamo y Paul Anka…

Así fue la València de los sesenta, donde, sin que nos diéramos cuenta apenas, habían pasado bastantes cosas. Una muy relevante fue la llegada de don Marcelino Olaechea, el arzobispo inventor de la Tómbola. Conviene decir que había nacido en 1888 en el barrio de Luchana de Baracaldo, en el seno de una familia de trabajadores metalúrgicos. Eran obreros de los de antes, gente dura y con un gran sentido de lo social. Y don Marcelino, que estudió para religioso, no fue un sacerdote convencional sino un salesiano, una orden donde hay una profunda comprensión y apego al mundo obrero.

Le hicieron obispo de Pamplona en un año tan difícil como 1935. Y allí le pilla, en la ciudad de los Requetés, el inicio de la guerra civil. Donde sorprende a todos con una pastoral que lleva por título “No más sangre, no más sangre”, intentando parar la guerra en el más puro pacifismo. Ya se hizo incómodo entonces, aunque luego, claro, se alineó con el resto de la Iglesia a la hora de secundar el régimen del Caudillo. Pero dentro de él, y hablo de estudios serios, de tesis doctorales que han estudiado su trabajo, siempre estuvo al lado de los trabajadores.

En 1946 le nombran arzobispo de Valencia y se encuentra con una ciudad llena de chabolas, pobre, donde se vive muy duramente la posguerra. Y empieza una acción muy conservadora en lo religioso pero muy avanzada en lo social. Donde no tiene miedo a cantar algunas verdades. Fruto de su acción es el Banco de Caridad de Ntra. Sra. de los Desamparados (1947), el Patronato de Viviendas Ntra. Sra. de los Desamparados (1948), la Escuela de Magisterio de la Iglesia (1948), el Seminario de Moncada, la Tómbola de Caridad (1948), el Instituto Social del Arzobispado (1948), la Escuela de Deportes “Benimar” (1948), la Escuela de Enfermeras (1953), la Escolanía de Ntra. Sra. de los Desamparados (1957), la Escuela de Asistentes Sociales (1958) y la Escuela de Periodismo de la Iglesia (1960) donde un servidor empezó a estudiar.

En 1949 hay una riada que destruye las chabolas que había en el río y en 1957 hay cientos de damnificados de la otra riada, la grande, que se quedan sin casa. El régimen de Franco era lento y don Marcelino tenía prisa. Si no hace las casas el Gobierno, las harán los valencianos. En 1953 escribió una pastoral que describía la vida miserable de los trabajadores y pidió el establecimiento de un salario justo. Algo que ni doña Yolanda Díaz es capaz de imaginar. Pero por esas fechas empieza a llegar la ayuda americana, en forma de leche en polvo, y los lecheros de la provincia querían hacer un boicot. En los periódicos está, y asusta, la reprimenda de don Marcelino cuando les dice que no cobren la leche tan cara y, sobre todo, que no la adulteren poniéndole tanta agua como le ponían. Siempre se puso al lado de los débiles…

Pero tuvo algún problema con la política. Hay que pensar que no era un antifranquista, pero fue procurador en Cortes durante cuatro legislaturas y se conocía el paño. Fue, hay que decirlo, radicalmente conservador: en 1967 se opone a una norma llamemos aperturista, la ley de Libertad Religiosa, y abandona el Congreso airadamente, para que todos lo vean, antes de una votación. Pero, por eso mismo, por su coherencia y carácter, se le respetaba. En todo caso, bueno es saber que la Tómbola, donde todos lo pasábamos tan bien, fue útil para construir en València 1.300 viviendas que llevan el sello de don Marcelino. Un hombre especial, que durante la riada de 1957 llegó a regalar su anillo para que lo subastaran en las campañas de radio en favor de los damnificados.

Y que fue capaz de pedir que las Fallas se cambiaran de fecha para no coincidir nunca con la Semana Santa, un gesto de atrevimiento que le llevó a que se inventara aquella canción contra él, todavía famosa: MARCELINO EL TOMBOLERO, QUE NO VOL SER FALLERO.

Luego lo explicó, luego quiso que lo que se celebrara, el 1 de mayo, fuera San José Obrero. Pero bueno, son cosas que pasan: nadie es perfecto...

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Quique Lencina

Quique Lencina

Filólogo de formación y locutor de profesión, actualmente forma parte del equipo digital de Radio Valencia...

 
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