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Domingo, 08 de Diciembre de 2019

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Vino caliente: el elixir de los vitorianos para activar el espíritu navideño

Los más finolis afirman que mejora de un día para otro y que marida divinamente con chocolate amargo

Vino caliente por Navidad. /

Más gasteiztarra que salir con una rebequita a la calle por si refresca, o el desprecio patológico por los semáforos en rojo que los vitorianos convierten casi en disciplina olímpica, el vino caliente se convierte en el elixir con el que los habitantes de la “ciudad blanca” activan el espíritu navideño y preparan su organismo para los atracones de Nochebuena y Navidad.

Miles de vitorianos y vitorianas se lanzan a la calle el 24 de Diciembre para reencontrarse con sus cuadrillas, familias o simplemente conocidos, en torno a un (o unos cuantos) vasos de vino caliente.

Más propio de centroeuropa, en Francia se le conoce como vin chaud (vino caliente), en Hungría como forralt bor (vino quemado), en Alemania glühwein (vino encendido), glögg en Escandinavia, o vin brulé en Italia.

Pero en la capital alavesa es típico de este día, en el que los bares lo reparten por “la voluntad” —que habitualmente se destina a causas humanitarias—, y hay establecimientos como el Bar La Unión, en la Plaza de España, que lo llegan a servir a más de 5.000 parroquianos.

El vino caliente es sencillo en su elaboración. A saber, vino, a ser posible de Rioja Alavesa y mejor joven según los expertos, azúcar, algunas especias como canela, clavo, anís estrellado, ralladuras de naranja o limón, y quizás algún tipo de fruta fresca o desecada. Aunque determinar con exactitud los ingredientes de la receta perfecta llevará horas de discusiones en bares y sociedades.

Lo que queda claro es que cuanto más hierva el vino más perderá sus esencias vínicas y el bebedizo cobrará matices de caramelo. Pero tampoco hay que pasarse, para que no alcance sabor a quemado. Sobre el hervor, más discusiones. Lo más aceptado, un punto suave, mezclando los ingredientes con una cuchara de madera y un sutil movimiento envolvente propio de un fino base baskonista.

Antes de que rompa a hervir a borbotones, se apaga el fuego, se cuela la bebida de tropiezos, y se sirve en tazas o vasos. Los más finolis afirman que mejora de un día para otro, y que marida divinamente con chocolate amargo o frutas secas, pero, —la verdad—, a partir del tercero ya nos va a dar igual.

Con un vaso de vino caliente en la mano, y su cuadrilla alrededor, en la Cuchi, en la Virgen Blanca, en el Ensanche, Salburúa, Judizmendi, Zabalgana, o en cualquier rincón de la ciudad, el vitoriano siente que está en casa, que todo está equilibrado y que el festival de Paz y Amor que representa la Navidad está a punto de vivir el primer acto.

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