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Lunes, 25 de Mayo de 2020

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Estado de alarma

Diario de una periodista confinada: novena semana

Así es mi día a día desde que convertí el salón de mi casa en un improvisado estudio de radio

Elena López en el estudio improvisado en su salón

Elena López en el estudio improvisado en su salón / Radio Coruña Cadena SER

Día 59 (11/05/2020)

Mi hermano mayor tiene coronavirus. Como más de cuatro millones de personas en el mundo. Más de 224.000 en España. Unas 634 en A Coruña. Números que se esfuman y que provocan un vuelco en el corazón cuando toca de cerca. No es sanitario, ni voluntario, no está expuesto al riesgo por su trabajo y lleva, como todos, 60 días confinado. No vive en una de las comunidades con más riesgo, ni siquiera han montado allí un hospital de campaña, sin embargo, las papeletas de este virus son muchas y muy repartidas. En este sorteo, lo raro es que no toque.

Desde hace tres días vive entre las cuatro paredes de su habitación y debe dar las gracias porque son cuatro paredes y no son de un hospital. En su casa está todo el protocolo montado, su habitación con baño dentro es como un búnker. Las horas de las comidas son... como imagino serán las de una celda en aislamiento. No hay contacto, ni siquiera visual. Una silla a la puerta de su dormitorio es el torno. Sus hijos, que han dado negativo, le dejan el plato con la comida, se van y tras unos segundos, él la recoge. Misma operación para la devolución de la bandeja. Y así pasan los días, contando los segundos. Su mujer está en otra provincia cuidando, también, de un familiar. Lo contó tarde por no preocupar pero cuando los datos de contagiados tienen nombre, la cifra se esfuma. El coronavirus también pasó por otro de mis hermanos pero lo supimos cuando ya había pasado la enfermedad y hoy trabaja, quizás más tranquilo.

Hoy A Coruña entra en la fase uno, la diferencia más importante para mí: ver a familiares que hace sesenta días que no vemos. El engrase de tuerca para pasar de una fase a otra vendrá aquí acompañado por la inyección de batería en el coche que lleva sin ella varias semanas. Pequeñas cosas que dejan de tener valor cuando a alguien querido le ha tocado una de las papeletas ganadoras en este sorteo de la pandemia. Ha sido un día más o un día menos. Que la radio no pare.

Día 60 (12/05/2020)

La calma, en detrimento del ansia que caracteriza a ese milenio, ha sido una de las incorporaciones de esta pandemia.

Ayer ha sido un día de inflexión, inauguramos fase uno y con el ansia del estreno cogimos el coche para ver, después de dos meses, a una parte de nuestros seres queridos. Pero la previa no fue fácil. El coche, que ya lo habíamos preparado por la mañana para el arranque, después de más de dos meses en hibernación, volvió a quedarse dormido y la salida se retrasó un poquito más. Pero el confinamiento nos ha dejado, de momento, la capacidad, para no desesperar.

Durante la hora y media que tardó en llegar la grúa, cosas de confinados, me negué a que la ilusión se desvaneciera. Averiguar si la tienda de chuches está abierta o aprender "La Primavera" de Lope de Vega fueron dos de las distracciones. Y finalmente llegó.

Ir en coche era ya de por sí una novedad. "Echaba de menos la música del coche", "me mareo" o el cásico "¿cuándo llegamos?" fueron algunas de las frases del corto viaje de 20 minutos. Y todo mereció la pena... ver a personas tan cercanas y a la vez tan lejanas en estos dos meses fue como un soplo de aire fresco. ¿Nos abrazamos? vamos a dejarlo en incógnita. Se nos hizo corto pero intenso. Volvimos con ánimos renovados y con la conciencia de que esto todavía no ha terminado. Una de las imágenes de la vuelta a casa fue la marea de gente paseando por la carretera en los pequeños núcleos de población. Grupos de cuatro y de cinco, pocos con mascarilla, todos, en chándal o en mallas, acogiéndose a su marco de legalidad. Una imagen nueva justo cuando más hay que extremar la precaución.

Por cierto, la tienda de chuches está abierta, pero no se puede entrar y la dificultad reside en hacer el pedido desde fuera. No sé qué fue más difícil si recordar los ruiseñores del poeta del siglo de Oro o poner nombre a ciertos dulces de pica-pica. Ha sido un día más o un día menos. Que la radio no pare.

Día 61 (13/05/2020)

Hace más de dos meses que no me tomo un café de máquina. Recuerdo cuando lo cogía para llevar. A veces hasta dos... sólo para mí. Hace más de dos meses que no me siento en una silla de una terraza. Pero hace más de dos meses que miles de familias españolas, cientos en A Coruña, se quedan rotas ante la pérdida de un familiar por el COVID-19.

Cuando todos éramos cocineros y gimnastas confinados 100% nos decían que éramos héroes, que por primera vez podríamos lograr una hazaña sin movernos de casa. Mensajes de ánimo con los que nos creímos invencibles. Nos pusimos una capa y fuimos a llenar la casa de comida y papel higiénico. Calentitos en nuestros hogares nos acostumbramos a las videollamadas y nos fuimos haciendo un hueco en una cárcel de algodones pero... éramos héroes.

Hoy seguimos en estado de alarma pero gracias a nuestro buen comportamiento nos han aflojado las cadenas y como animales sin conciencia la hemos estirado hasta el tope. Hasta que ha hecho ruido y no podíamos correr más. Nunca tanta gente una mañana de lunes tuvo esa necesidad de sentarse a tomar algo en una silla y una mesa colocada en pleno paseo marítimo o en una plaza. ¿De verdad no podíamos aguantar más? Hemos salido a tomar algo y lo haremos porque nos lo han permitido y, como dice la canción, el resultado nos da igual. Nosotros ayer hemos visitado por primera vez a un amiguito del cole y lo hicimos con seguridad. Con la conciencia de que esto es sólo un paso más y si lo damos mal, nos caeremos. Hace más de dos meses que no me tomo un café de máquina. Prometo que volveré a hacerlo, pero con seguridad. Menos mal que nos queda la lluvia. Ha sido un día más o un día menos. Que la radio no pare.

Día 62 (14/05/2020)

La radio en casa sigue dejando poso, no como el del café, si no permanente. El "entro", esa señal de prohibido hablar, es tan común como el pan de cada día, que seguimos comprando a pesar de que las panificadoras se han multiplicado en los hogares y las despensas se han llenado de fardos de harina. Y no tenemos noticias de ningún submarino.

Quizás bucear por los entresijos de la radio, en casa, sea hoy uno de esos legados que les dejará "esto" a los dos menores confinados. Aunque quién sabe... cuando salgan a la superficie de la adolescencia puede que de "esto" sólo recuerden... que no hubo clase y que su madre a veces se sentaba a hablar frente al ordenador con unos cascos puestos.

Mientras la fase-poso no llega, ellos me bajan a la realidad, la de verdad, cada día.

Ayer, mientras combinaba teletrabajo con problemas de hectómetros a metros y decámetros... apareció una vez más la realidad sin filtros. Así de la nada. "Mami, no paras de decir "chuac" en todos los informativos". Chuac, chuac, chuac, chuac... y así repitió varias veces mientras bailaba por el salón. Y es cierto, la última hora en el CHUAC encabeza todos y cada uno de los boletines de hoy, no sólo de los míos, sino de los de todos mis compañeros. Algo que me sirvió para enseñarle lo que es un acrónimo y sobre todo la importancia de tener un hospital que hoy cura a los enfermos con coronavirus, pero que suele llevar corona en muchos otras salas, como la de los trasplantes y los laboratorios, donde estos días se estudia la importancia del ADN a la hora de pasar el COVID, asintomático en unos y letal en otros.

Hoy volveré a comprar mi barra de pan de Carballo.

No obstante, ojalá este año podamos volver a oler a verano. En nuestro ADN hay olor a piedra quemada por el sol y saltos en sacos. En fardos de harina de 25 kilos en una fábrica milenaria que aún guarda la esencia de años atrás. Con puerta inmensa y una pequeña argolla para amarrar caballos. Hoy es como acudir a la guarida escondida donde los piratas guardan su tesoro. Ha sido un día más o un día menos. Que la radio no pare.

Día 63 (15/05/2020)

Igual que la vida, da la sensación de que el confinamiento vuela cuando llegamos al final y, casi sin darnos cuenta, estamos a punto de entrar en el décimo fin de semana en estado de alarma. Fue eterno cuando aún no veíamos la luz. Aún recuerdo ese cumpleaños del cole que teníamos aquel primer sábado en alerta y que hasta última hora estuvo activo, por esa inconsciencia de la falta de conocimiento. No sabíamos aún ni el alcance, ni la gravedad.

Una pandemia que nos ha igualado. Ni pobres, ni ricos. Ni urbanitas, ni rurales. Nadie podía salir de casa. Mentiría, eso sí, si dijera que las condiciones dentro de esas casas eran las mismas.

Ayer en redes sociales vimos como un alto cargo político ponía una foto de tres manos, una adulta y dos infantiles, gorditas y pequeñas. "58 días sin vernos, 58 noches sin abrazarnos". Fueron muchas las personas que por responsabilidad no han visto a los suyos. Las videollamadas han ido paliando ciertas "necesidades", nos hemos tomado vermús, vinos y hasta jugado, pero cuando "la necesidad" es real no hay pantalla que sustituya al aliento cercano. Esa ausencia es la verdadera prueba de fuego de eso que llaman amor. Ausencias que queman. La verdadera prueba de fuego de eso que llaman responsabilidad.

Hoy los aplausos ya no son protagonistas, baja la presion hospitalaria y las UCIs se van vaciando. Muchos hacen planes de cara al verano en segundas residencias, los que las tienen. Nadie, eso sí, hace cábalas, de momento, para traspasar la provincia. En unos meses los arañazos del coronavirus serán olvidados y sin darnos cuenta tendremos "otros", seguramente, menos importantes.

El tiempo vuela, aunque haya momentos en que nos parezca eterno. Ha sido un dia más o un día menos. Que la radio no pare.

Día 65 (17/05/2020)

Es domingo. Siguen escuchándose los pájaros ahí fuera, pero la vieja normalidad, más nueva que nunca, nos aplasta con fuerza. Ayer en mi casa se hizo, por primera vez en 65 días, el silencio. La nueva o la vieja normalidad va cogiendo terreno y no se si es bueno o malo que no la acoja con los brazos abiertos.

El loncheado de horarios de Pedro Sánchez me impedía salir antes de las ocho de la tarde, teniendo en cuenta el teletrabajo de la mañana, que no tengo perro y la falta de niños por la tarde, sin embargo, la salida para coger aire sirvió para quedarme un poquito más sin él. Salí de casa con la impresión de que seguimos en estado de alarma... de hecho había escuchado de voz del presidente hacía unas horas la ampliación hacia una nueva prórroga. Sin embargo la vieja normalidad me arrasó sin piedad. Terrazas llenas, churrascos, brindis, cervezas... BULLICIO. De ése que no entiende de metros de distancia. Alguna mascarilla y en las mesas.... el poso de horas de vasos y copas.

Entiendo que la reactivación de la economía debe ser inminente, entiendo que la hostelería está pasando por una crisis sin precedentes, pero ¿es necesario pasar de la nada al todo? ¿Hay tanta necesidad de pasar el día en una terraza? Igual sí y yo soy la que está equivocada.

Ayer leía que en Carnota los hosteleros están pensando en cerrar de cara al verano ante el aluvión de turistas que ya han reservado en sus casas rurales y sus hoteles, y ante la segura previsión de los restaurantes de que con ello poder "hacer su agosto". ¿El motivo? no quieren que el sacrificio de la escalada, el haber mantenido a sus mayores y a sus niños sanos, se pierda ante esa necesidad de llenar las terrazas sin control. A Costa da Morte ha sido durante esta pandemia un reducto con muy baja afección. Los pueblos, las aldeas, han sido durante esta pandemia paraísos donde el ser humano sin duda vive mejor. Espero que la España desatada permita mantener ese tesoro y no nos haga volver a subir un nuevo repecho de esta montaña que "parece" que por ahora bajamos.

Desde mi piso sin terraza, ni piscina, ni perro, del centro urbano coruñés, en un día explendido de terrazas y de chapuzones en segundas residencias, esperé hasta las ocho de la tarde para salir a la calle. Siguen escuchándose los pájaros ahí fuera, pero la vieja normalidad, más nueva que nunca, nos aplasta con fuerza. Ha sido un día más o un día menos. Que la radio no pare.

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