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Domingo, 31 de Mayo de 2020

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Estado de alarma

Diario de una periodista confinada: décima semana

Así es mi día a día desde que convertí el salón de mi casa en un improvisado estudio de radio

Elena López en el estudio improvisado en su salón

Elena López en el estudio improvisado en su salón / Radio Coruña Cadena SER

Día 66 (18/05/2020)

Hoy a las seis de la mañana ya era de día. El verano se acerca sigilosamente, sin hacer mucho ruido. Cálido por días, si deja el Nordés, imponente en algunas horas, ofreciendo las jornadas más luminosas del año. Siempre en estos días recuerdo cuando, en el instituto, ya olía a vacaciones y los profesores más atrevidos cambiaban la tarima por la arena y las clases eran un soplo de aire fresco sentados en la playa del Orzán.

Ayer pisamos la arena de nuevo. Sentirla bajo los pies es para mí una necesidad. Dicen que con los años los seres humanos perdemos el tacto en la planta, ése tan sumamente agudizado en los piececitos rechonchos y desnudos de los bebés. Yo creo que, simplemente, nos lo olvidamos cuando lo encerramos en la cárcel de un zapato.

Probamos también el agua templada, fría o gélida, según la edad, en un mar de olas que en la décima semana en estado de alarma sigue ajeno al devenir humano. Debemos ser nosotros quienes estemos alerta de no ser arrastrados por su fuerza infinita.

Para regresar a las playas y extender la toalla aún habrá que esperar, pero pasear se puede. Ayer, en una metáfora de esa desescalada, acabamos con un lesionado. Sentir la velocidad de una buena cuesta abajo en bici es estimulante, pero podemos acabar con una rotura, un hematoma y una inflamación y no volver a coger la bici en una buena temporada.

Días de sol que sirven para que el virus, que se va desalojando de los hospitales, se siente en terrazas, haga churrascos en la calle y salga de casa con perro, niño o a por un recado a cualquier hora del día. A partir de hoy se podrá ir de compras a las grandes superficies.

Tengan cuidado con correr en bici cuesta abajo, que nos podemos lesionar todos. Ha sido un día más o un día menos. Que la radio no pare.

Día 67 (19/05/2020)

La radio, ese medio que permite la distancia social que ahora es obligada y que en distancia acerca como ningún medio a las personas, es hoy más que nunca compañía para muchos.

Ayer en la radio escuché a una mujer de 70 años, corredora de maratones desde los sesenta, "recién cumplidos, justo antes del estallido de esta pandemia". Dice que hace un maratón por año, porque a más no "se atreve". Una mujer a la que la desescalada del gobierno ha metido en un cajón, en el de "los de más de 70", y la ha colocado en una franja horaria.

La nueva normalidad o la vieja anomalía que sin renovación alguna sigue colgando cartelitos por sexo, peso, altura o... edad. Su reflexión en antena me ha hecho pensar... dice que "estamos en un momento en el cual nos han hecho viejecitos o viejecitas", un tiempo en el que parece que a la generación de los de más de setenta les dan un trato de niños pequeños, cuando "somos personas físicamente activas e intelectualmente despiertas".

Continúa la desescalada y hasta parece que en la calle hay más gente de la que habitualmente habría un martes de mayo de cualquier otra primavera en esta ciudad que, dicen, no duerme. Ayer a las siete y cuarto de la tarde volviendo a casa apurados por la hora vi mucha gente "de más de setenta". Es su hora. Con los menores de nueve quejándose del largo paseo, a pesar de sus músculos a estrenar y sus huesos en continuo crecimiento, vimos cómo son una generación con diferentes necesidades no marcadas en parte por su edad. Dicen que las crisis son una oportunidad, quizás ésta también lo sea para renovar las mentes y no hacer "viejos por decreto". La vejez decretada. Por cierto, esta corredora también estuvo en un hospital de pandemia. También es médico. Ha sido un día más o un día menos. Que la radio no pare.

Día 68 (20/05/2020)

Los que vivimos en Galicia hemos importado del resto de la península muchas cosas, entre ellas la forma de ver el llamado "verano". Ayer lo fue, cielos despejados hasta el infinito, cielo azul sin contemplaciones, sin esas nubes altas que suelen vestir de blanco el techo de esta ciudad y que hacen también que este rinconcito de tierra tenga una luz especial. Calor. Y si miras al mar, un océano de aguas cristalinas que brilla como si tuviera escamas allá a lo lejos. Siempre me lo pareció. Barquitos veleros... y brazos descubiertos. Eso es lo que hemos adoptado en llamar "verano". Acto seguido quien es muy de aquí dice: "días como estos no los tenemos ni en verano" y así, con esta frase podemos pasarnos hasta septiembre cuando, por cierto, suele venir "el mejor verano". "Aprovecha... que luego en verano... ya se sabe".

La crisis del coronavirus ha hecho prematuro ese "verano" para muchos. La huída a las segundas residencias se ha adelantado y con ella el bikini ha salido más pronto que nunca de "la cesta del verano". Pero es que aquí el verano es eso. Si hay alguien que conoce el "carpe diem" es un gallego.. y no lo digo por aquel vendedor de batas, que también,.., sino porque aquí sabes que hay que aprovechar el día de playa, si no te enfrentas a la incertidumbre del mañana que puede enlazar nubes hasta agosto. Carpe Diem que ya ha instalado la versión 19.0 para este inédito verano. Y en estas condiciones parece que la responsabilidad en la arena la tendremos los ciudadanos, como los gladiadores, con la diferencia de que el "pollice verso" del César nos va a afectar a todos.

La posibilidad de reunión nos abrió ayer las puertas a una "tarde de verano". Mi Carpe Diem me dio el visto bueno y acabamos en una piscina con sus aguas a 19º... y no por el sol... como en las buenas villas castellanas.

Hoy, por cierto, hay nubes. Es... un "día de verano". Ha sido un día más o un día menos. Que la radio no pare.

Día 69 (21/05/2020)

Después de 69 días de pandemia, Pedro Sánchez va abriendo la mano. Con la mascarilla puesta de forma obligatoria, este lunes podremos ir a la playa, con toalla y todo, y hasta hay profesores que volverán a las clases, los de segundo de Bachillerato y FP, siempre eso sí, que promocionemos a la fase 2. Sánchez va abriendo la mano, mientras en los laboratorios las manos se afanan en encontrar una vacuna para el coronavirus.

Esta pandemia ha servido de aprendizaje, para mayores y pequeños, entre ellos ser conscientes de la importancia de una vacuna y eso que nosotros ayer llevamos dos, con total normalidad, en una bolsita térmica. No contra el covid, como preguntó alguno.

Tocaban vacunas y puntualmente acudimos al pinchazo o, en mi caso, a mostrar el grado de valentía. Con uno deseando "demostrar" y con otro reticente a tal "prueba sin sentido"... llegamos a la consulta. Doctoras y enfermeras enfundadas en un traje, con gorro y mascarilla, nos sentamos en la sala de espera donde sólo había una madre y un bebé. Era tan pequeño, en tamaño, que no pude contenerme a preguntar si era un recién nacido. Mi afán por saber se encontró con una mujer con ganas de contar un capítulo más de esta pandemia. Un bebé que nació en mitad de una crisis sanitaria donde los nacimientos no cuentan, sino que son las muertes el termómetro del día a día. Para él, los avances médicos fueron la tabla de salvación y los que han hecho que hoy pueda contar que en unos días cumple un mes de vida. Con mi bolsa de vacunas sobre el regazo y viendo como mis dos pequeños ya no lo son tanto... pensaba en aquellos que se niegan a servirse de los avances médicos para vivir... y sobre todo cuando su negativa nos puede afectar a todos. Sí, como la responsabilidad frente al COVID-19.

Pedro Sánchez sigue abriendo la mano, pero yo hoy me quedo con esas dos manitas de un superhéroe. Ayer, por cierto, fue el primer día en el que los niños decidieron no salir a aplaudir. Cada vez hay menos manos que salen a las ventanas. Un aplauso a los sanitarios que va muriendo de forma inversamente proporcional a la cantidad de gente paseando por la calle. Ha sido un día más o un día menos. Que la radio no pare.

Día 70 (22/05/2020)

Ángulos suplementarios, complementarios, consecutivos, rectos, agudos, obtusos... lecturas comprensivas y retos matemáticos... todo esto mientras se busca una entrevista para el fin de semana y se intenta discernir algo claro entre los datos oficiales de la pandemia. Esto es un día normal en estado de alarma. Nunca el teletrabajo de hacer radio desde casa fue tan multidisciplinar. La amplia mesa del salón, algo me decía que debía de ser grande, es un centro de starups que confluyen en ocasiones sin necesidad de mezclarse. Hay días buenos y luego otros en los que no entiendo que al curso virtual se le llame así... porque en Primaria, si hay tareas se hacen y con la presencia real de un adulto que debe solucionar dudas y corregir planteamientos de cuestiones que había dejado aparcadas en el trastero del cerebro. Ahora toca desempolvarlas y bajar al salón. Esos días, que son como ollas a presión, son otra de las maravillas de la pandemia.

Ayer para despejar tensión salimos al parque. El impacto del confinamiento humano y la ausencia de su huella durante meses en la naturaleza ha dejado que crezca sin temor y nos ha regalado imágenes maravillosas de bosques frondosos y hasta parece que las margaritas son más blancas. Aquí no se dan las amapolas.

Volvimos a casa con ese soplo de aire fresco necesario. Calma. No es necesario más. En el camino, el pequeño, en un ataque de sinceridad, exclamó "hoy estoy más contento de lo normal... nose qué me pasa". No habíamos hecho nada fuera de lo normal, ni habíamos viajado a grandes parques de atracciones, ni pisado impresionantes parques de bolas, ni siquiera hubo regalos que abrir. "Eso es la felicidad", le dije, "son pequeños momentos de la vida en los que te das cuenta de que lo realmente importante no se compra y ni siquiera hay que viajar para conseguirlo. Darse cuenta de eso, que no es fácil, es la felicidad". Algo sorprendido, con su cosquilleo en el estómago llegó a casa y poco a poco las mariposas se convirtieron en hambre.

Para ver la importancia de las pequeñas cosas a veces solo hace falta parar y sentir. Ha sido un día más o un día menos. Que la radio no pare.

Día 72 (24/05/2020)

Un día y ya estaremos en la fase dos. Un día para ir a la playa no sólo a pasear, un día para la eliminación del laminado en horas, un día para que haya reuniones de hasta 15 ciudadanos y un día para poder visitar a todas esas personas que están internas en las residencias de mayores. Un día importante para muchos. Y a horas de que pase... yo llamo a la emoción, pero me da comunicando, ni siquiera la alegría me responde a los mensajes.

A un día de que la cadena vaya aflojándose un poquito más... he visto cómo esa misma sociedad que ha pintado de arcoíris sus ventanas, que ha llenado sus conversaciones de ositos con abrazos, que ha puesto a sus hijos como ejemplos de pequeños héroes y que también ha colgado medallas a los sanitarios cada vez que hacían aplaudir sus manos ha dado un portazo de libertad y ha salido a la calle para vomitar la bilis que guardaba dentro de casa cubierta de harina, papel higiénico y vídeo-llamadas.

A unas horas de que pasemos a la fase dos, hemos ido a la playa. A pasear, porque se puede. A mojarnos en la orilla del mar, porque se puede. A sentarnos en un banco del paseo, porque se puede. Sin embargo, a los policías de balcón le han tomado el relevo otros agentes. Los policías a pie de calle, que sin carnet, ni uniforme, se atreven a amenazarte por llevar los pies desnudos llenos de arena. Y como nosotros otras tantas personas. Policías a pie de asfalto que se atreven a increpar a cualquiera y hasta decirle lo que tiene que hacer. Policías que se atreven a decir que "si los que somos de aquí no bajamos a la arena, no vais a venir los de fuera a bañarnos en nuestras playas". ¿Los de fuera? Yo callé en todo momento y esperé a que acabara de sacar todo el tóxico que llevaba dentro. No fue agradable, ni para mí, ni para todos aquellos que también habían sido amenazados, la mayoría familias con hijos muy pequeños. Me sacudí todo lo que nos había salpicado pero sobre mi quedó una frase: "Los de fuera". Perpleja más que indignada le fui dando vueltas, teniendo claro dónde está mi padrón y que mi distrito postal está a poca distancia de esa arena que peligrosamente pisamos. "Los de fuera". Justo esa misma mañana Pedro Sánchez acababa de anunciar la apertura de nuestras fronteras en el mes de julio. O lo que es lo mismo van a llegar "los de fuera". Horas antes yo misma le pregunte a un cargo de la Xunta de Galicia qué va a pasar cuando vengan "los de fuera". Esa misma tarde escuché en redes sociales un video en el que un hombre soltaba improperios desde su ventana hacia una mujer no española y le gritaba que se fuera a su país porque "es de fuera". Posiblemente como esas que ayudan a conciliar la vida tantas familias españolas de pura raza. Ese mismo día vi como grupos de personas utilizaban la bandera de "mi país" para ensalzar únicamente la división y la rabia de esa España suya, que es la mía, pero que parece que no quieren que sea "la nuestra". Una España que ha cometido errores, una España que en ocasiones parece que está en pañales y que no tiene quien la coja de la mano y le enseñe a caminar en una ruta nueva para todos. Una España que clamaba por la apertura de los bares y que en breve ya tendrá fútbol en la tele, pero que sigue creyendo que todo esto es fruto de una teoría judeomasónica en la que sólo hay culpables. Una España que se vistió de rosa pastel durante dos meses y que ahora desempolva su ira más oscura.

Ayer también me senté por primera vez en una terraza. No premeditadamente porque... siendo sincera no he sentido esa necesidad. El camarero me echó de ella con cajas destempladas y es que era únicamente para dos personas. Siendo sincera, yo no me había dado cuenta y volví a sentir la ira sobre mí. Cuidadosamente cogí nuestras cosas pidiendo perdón y me coloqué en una que ponía "reservada para cuatro".

Un día y ya estaremos en la fase dos. Siendo sincera, si ésta es la normalidad ahí fuera, prefiero quedarme dentro. Ha sido un día más o un día menos. Que la radio no pare.

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