Sábado, 08 de Agosto de 2020

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La entrevista a Mamel Llanza en la Feria del Caballo de 2012

La entrevista a Mamel Llanza en la Feria del Caballo de 2012 / Radio Jerez Cadena SER

Me niego a recordar con tristeza a Mamel Llanza. No sería una justa despedida para quien hizo de la gracia y el “ange” su bandera y su forma de vida. No es exactamente que se riera del mundo, pero todo el mundo nos reíamos una barbaridad con él. Con sus ocurrencias y sus golpes geniales, sus historias, su a veces excesivo miramiento con el bolsillo, sus excentricidades, sus trampas de niño grande jugando al golf o al dominó… ¿entiendes?

Me vienen a la mente a borbotones los recuerdos y las anécdotas. De la imborrable etapa en la Taberna de Mamel, donde se sometió como pocas veces en su vida al rigor de un horario laboral. Del gorrito moruno que se colocaba cuando comenzaba la “hora feliz” -¿y cuándo no lo era disfrutando de su compañía?-. De las interminables charlas de barra de bar con los jóvenes, que le adoraban e idolatraban. De sus peleas con el recordado Juan Padilla. De nuestros encuentros casuales y pletóricos debajo de su casa de Manuel de la Quintana. ¿Te acuerdas “pare”, te acuerdas? De sus “paseos” diarios de una hora que le obligaba dar Avelina, su mujer, y que él se pasaba subido cómodamente en el autobús de la Circunvalación que le recogía frente a su casa, le daba la vuelta a medio Jerez y le devolvía al mismo sitio. Una hora justo. De sus partidas de golf con Schuster, fan acérrimo desde el minuto 1 de tan singular personaje. De su empalagosa mermelada de moras que cogía de la morera de casa de su madre en El Buzo.

Primer plano de Mamel Llanza,durante su entrevista / Radio Jerez Cadena SER

Sin embargo, muchos no conocieron al gran Mamel Llanza hasta la entrevista. Así, a secas. Porque, que yo sepa, no concedió ninguna más. Y no será porque servidor no lo intentó denodadamente tras el éxito sonoro de la primera. Incluso después de aquella, un productor de Jesús Quintero le llegó a ofrecer 10.000 euros para que fuese a su programa. Siempre según él, de modo que vete tú a saber.

Fue en la Feria del Caballo 2012. Confieso que, con premeditación y alevosía, llevaba un año prepando el terreno para llevarle a “Caseteando”, el programa de la tele desde el Real. Concretamente, desde el martes de feria del año anterior, cuando coincidimos en el almuerzo del Casino y nos sentamos mano a mano en la terraza con una botella de Tío Pepe de por medio -después vendrían algunas más-. A él le dolían las piernas de estar de pie y a mí me encantaba escucharle y tirarle de la lengua. Genuino y sin filtros, tal y como era, me estuvo hablando con orgullo de lo bien que le iba en la carrera de Ingeniero de Caminos a su hijo Gonzalo –nada que ver con la trayectoria académica de su padre, "ingeniero de caminos y vereas"- y del pacto que tenía con sus hijas, Esperanza y Marina, para que mientras estuviera vivo no se echaran novio. “Amigos de entrar y salir sí, pero de novios nada, no los quiero, ¿me entiendes?”, repetía machaconamente entre rotundo y convencido y dudoso y preocupado. A gustísimo, entre anécdotas, copas, secretos inconfesables y carcajadas sordas, de esas en las que cuesta recobrar la respiración, nos sorprendió el encendido del alumbrado y él se marchó a casa, todo lo presuroso que le dejaban los pinreles y las copas, para no hacer esperar más a Avelina.

Me prometí que al año siguiente tenía que llevarle al programa de feria. Y en esas estábamos doce meses después. Le llamé por teléfono el día antes, aceptó sin dudarlo y quedamos citados a la una y media. En el set de la caseta-estudio nos habían preparado dos sillas de mimbre y un par de mesitas individuales con media botellita de Tío Pepe en su cubitera helada y dos copas. Tenía mis dudas de que pudiéramos descubrir al genuino Mamel entre tantos focos, cámaras y micrófonos.

A la hora fijada llegaba Mamel Llanza. Venía como un pincel. Elegantemente vestido de miércoles de feria, con bastón, chaqueta azul cruzada con botones dorados, clavel rojo en la solapa, pantalones beige de vestir y sombrero de ala ancha a juego. Nos estábamos tomando la primera en la barra de la caseta antes de empezar la entrevista cuando entró por la puerta la chica de Tío Pepe que nos iba a acompañar en el programa. Una joven imponente de guapa, con el pelo negro recogido y escultural dentro de su uniforme negro, rojo y blanco. Hasta ese momento yo había estado explicándole a Mamel las clásicas pautas de la televisión, pero noté que ya no me hacía ni puñetero caso. Sin tiempo que perder, hablé con el regidor para que situara a la azafata justo detrás del invitado y que éste centrara su atención en la entrevista. De lo contrario hubiera sido un despropósito.

Nuestro último encuentro en la Feria, hace justo tres años / Radio Jerez Cadena SER

Salvado ese obstáculo, Mamel, con la naturalidad del mismísimo Matías Prats, se sentó, dejó el bastón sobre la mesa y nos servimos dos copas mientras el regidor nos anunciaba que en dos minutos estaríamos en el aire. No había hecho más que entrar la careta del programa cuando me percaté con el rabillo del ojo que estaba haciendo un escorzo imposible para ofrecerle una copa a la chica de Tío Pepe, que tenía justo atrás, pero afortunadamente la disposición escenográfica había dado resultado. No cabe duda de que estaba a gusto. Un buen comienzo. El resto ya lo saben. Ambos nos llevamos nuestras respectivas reprimendas. Seguramente merecidas, pero ya no había vuelta atrás. Si no lo han hecho, pinchen en este enlace para conocer al genial personaje: https://www.youtube.com/watch?v=CGgFTP25DG4

Mamel era auténtico, sin aditivos, colorantes ni conservantes. Ni al gran Berlanga se le hubiera ocurrido personaje tan singular. Así quiero recordarlo, aunque inevitablemente la tristeza se haga presente en estos momentos porque sólo nos quedará la suerte de haberle conocido y su recuerdo imborrable.

Descansa en paz, amigo.

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