Lunes, 06 de Julio de 2020

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Hoy Conil: El penúltimo hortelano del Palmar

El infatigable trabajo de Juan Picón, fallecido hace justo un año, contribuyó a dar fama a los excelentes productos de la huerta conileña

Hoy Conil: El penúltimo hortelano del Palmar

El penúltimo hortelano del Palmar

Hemos salido bien temprano de la casa que, como cada verano, alquilamos en Roche. Tras desayunar un buen mollete con lomo en manteca en la venta Pinto, en La Barca de Vejer, y proveernos de toda suerte de conservas de atún de almadraba en el despacho de la vieja fábrica de El rey de oros, en Barbate, regresamos sin prisas bordeando la costa. Entre pinares y dehesas, con las ventanillas del coche bajadas para dejarnos acariciar por el tibio viento del sur, comenzamos a escrutar el carril que debemos tomar a la izquierda para ir a comprar las verduras, que no será la primera vez ni la última que nos pasamos de largo.

El autor de la noticia y el protagonista / E.C. (Archivo)

 

Desde hace casi cuarenta años, mi tía Blanca mantiene una interesante relación mercantil con Juan Picón. Es un hortelano de Conil que no volverá a cumplir los setenta. Bonachón e infatigable trabajador, tiene la piel curtida por las horas bajo el sol cultivando, cosechando y cuidando su fértil huerta. La arena de la playa del Palmar obra verdaderos prodigios en sus tomates, pimientos, cebollas, calabazas, berenjenas, calabacines, guisantes, melones y sandías.

 

La huerta de Juan está en medio de un prado virgen, sin edificaciones y a pocos metros de una de las playas de mayor valor ambiental y paisajístico y con mayor extensión de arena de la península. Aunque la amenaza de la urbanización siempre está latente, por ahora sólo hay algunas construcciones en forma de casitas de veraneo cercanas al mar para difrute de sus propietarios o para alquilar en vacaciones. El propio Juan ha ido sucumbiendo últimamente a la demanda y ha vendido alguna que otra parcela de su propiedad. De todas formas, la zona viene contando cada vez con más servicios, como supermercado, farmacia, restaurantes, pizzerías, mercadillo, ventas, hostales, vigilancia, pasarelas de acceso y hasta una escuela de surf.

Productos de la huerta / E.C. (Archivo)

 

Cuando llegamos, atravesamos el cañaveral que linda entre la huerta y el carril de acceso. El invernadero, que Juan ha reconstruído por enésima vez tras llevarse los anteriores sucesivas levanteras y hasta tornados, está cuajado de tomateras con tomates desde la primera hilera hasta la última. Varios gatos nos dan la bienvenida entre curiosos y asustados. La furgoneta blanca del mayeto tiene el maletero abierto y en su interior están ya perfectamente alineadas las cajas amarillas de Frutas Ildefonso, repletas de tomates rojos y carnosos de Conil. Al hortelano lo localizamos en medio de la huerta, con el espinazo en pleno escorzo, su posición natural desde que le alcanza la memoria. Inasequible al desaliento e iconfundible con su sombrero de paja, la camisa de manga corta de cuadros y los pantalones justo hasta donde la espalda empieza a perder su nombre.

 

La huerta es un verdadero vergel, una especie de paraíso terrenal donde se nota la mano y el cuidado del hombre durante décadas. Tratando de de no pisar la hilera de pimientos, que están casi a punto para ser recolectados, o los melones pequeños, que son auténtico caramelo, vamos a su encuentro. Nos recibe con el mismo afecto y hospitalidad de siempre. De inmediato empieza a informarnos de lo que podemos llevarnos, y mi tía aprovecha para llegarse un momento a la higuera, que da unos higos espectaculares en esta época del año.

 

Casi todos son productos que le echan para atrás en el mercado, sobre todo la verdura y la fruta con alguna picadura de insecto que así no es tan atractiva a la vista del consumidor. Nos la suele reservar en cajas dentro del cuartito en el que Juan se echa un descansito, un café o un trago de agua fresca en medio de las interminables y duras faenas. Sobre el modestísimo suelo de hormigón hay una pequeña mesa camilla redonda, media docena de sillas de mimbre, un par de butacones y dos o tres mesitas auxiliares. Nos pide que nos sirvamos al gusto y con total confianza, como siempre. No puedo resistirme y muerdo con avidez un tomate que me lo estaba pidiendo a gritos. Automáticamente, la boca se me llena de una carnosidad vegetal y un jugo delicioso. No he tomado otro igual. Un tomate de los de antes, y de los buenos además.

 

Después nos ha dado la hora del Ángelus charlando. Conil y sus playas se han llenado un año más de gente. Juan se queja de que "este veraneo no es del de antes, porque ahora es un verano barato que viene de campamento y se deja muy poco dinero en el pueblo". Al parecer, lo ha comentado también en el bar próximo a su casa del pueblo, donde suele parar para jugar una partida de dominó, y parece que al alcalde no le ha hecho mucho chiste. Anda también preocupado porque su mujer no está bien de salud, y ese es un pilar que no quiere que le falte en su vida. Me habla con orgullo de un hijo que está haciendo buena carrera en Melilla, aunque con cierta melancolía se pregunta qué va a ser de la huerta a la que ha dedicado tantos y tantos años.

 

Con el maletero bien colmado de una verdura de primer nivel nos despedimos. No hablaré del precio porque es irrisorio. Nos pide que volvamos cuando queramos, "que después de tantos años sois como de la familia". Tenemos que parar antes en la panadería alemana del pueblo y llegar a casa para preparar gazpachos, piriñacas, ensaladas y aliños que colmen nuestros paladares de un sabor y un frescor inigualables e irrepetibles.

 

Andaba yo, días antes de que se decretara el estado de alarma y se ordenara el confinamiento en nuestras casas, con mi gran amigo Manuel Valencia por esa zona de La Janda preparando un especial para "Abocallena" sobre la materia prima en la que se basa la cocina gitana que tanto interés y admiración despierta. Pencas, cardillos, vinagreras, tagarninas o verdolagas llenaban los márgenes de las carreteras con una primavera entonces temprana y nos animaban a hablarles de esa despensa que nos ofrece la naturaleza. Al finalizar el trabajo le propuse a Manuel ir a lo de Juan. Hacía como un par de veranos que había perdido el contacto con el hortelano, pero supuse que seguiría entregado de manera infatigable a su faena.

 

Al llegar esta vez, y una vez superado el umbral de los cañaverales, me di de bruces con las malas vibraciones. El invernadero estaba desmantelado, el cuartillo cerrado a cal y canto, no había mininos que nos recibieran ni tampoco rastro de la furgoneta blanca de Juan. Los cultivos que primorosamente el mayeto tenía alineados habían sido arrasados por un sembrado interminable de patatas, al menos en la parte de la huerta que todavía no se ha reparcelado. Tampoco encontré rastro alguno de la higuera.

 

De vuelta a casa me confirman la noticia. Juan había muerto meses atrás. Al parecer, su mujer falleció, él había perdido luego la visión de un ojo y le habían prohibido conducir, por lo que no podía ir a diario a su querida huerta. Lo ingresaron en una residencia y a los pocos meses murió. Juan se marchó como vivió, sin hacer el menor ruido, hasta el punto de que muchos no nos enteramos hasta meses después. Se fue sin Medalla de Oro del Mérito al Trabajo ni nada que se le pareciera, auque bien que la hubiera merecido. Tampoco vio ninguna calle de su pueblo rotulada con su nombre. Pero el verdadero fruto del penúltimo hortelano del Palmar es su ejemplo de hombre de bien, honrado, bueno y trabajador.

 

Descanse en paz.

 

 

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