Martes, 29 de Septiembre de 2020

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Epidemia

La peste, el cólera y la gripe: un recorrido por las epidemias en la historia de Cuenca

Miguel Jiménez Monteserín se une al equipo de colaboradores del programa Hoy por Hoy Cuenca al frente de la sección 'El archivo de la historia'

La danza de la muerte fue un movimiento artístico de finales de la Edad Media.

La danza de la muerte fue un movimiento artístico de finales de la Edad Media. / Cadena SER

En Hoy por Hoy Cuenca estrenamos sección. Esta temporada contaremos con Miguel Jiménez Monteserín, durante años responsable del Archivo Municipal de Cuenca y actual presidente de la Real Academia Conquense de Artes y Letras (Racal), que se encargará de coordinar la sección El archivo de la historia. En el primer programa hemos contado la incidencia de distintas enfermedades como la peste, el tifus, el cólera o la gripe en Cuenca a lo largo de la historia. Podéis escucharlo a continuación:

'El archivo de la historia' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

                    “Cito, longe fugeas, tarde redeas” (Huye rápido y lejos, regresa tarde)

MIGUEL JIMÉNEZ MONTESERÍN.-La presente pandemia y sus circunstancias invitan a reflexionar en muy distintos aspectos de lo personal y social. De pronto, nosotros, viviendo en el primer cuarto del siglo XXI, cuando nada parecía presagiarlo, nos hemos dado de bruces con la realidad. Más o menos alegres y confiados, constatamos de golpe que los humanos, somos frágiles, masivamente endebles ante una enfermedad desconocida y por completo ajena hasta ahora. De un día para otro nos hemos visto inermes ante la enfermedad y la muerte impensadas. No con la inquietud o el miedo con que las afrontaron nuestros antepasados, más o menos lejanos, pero quizá sí con parecido estupor, sorprendidos por una desgracia que considerábamos definitivamente alejada y ajena. Ni la epidemia, ni el hambre, ni la guerra, eran ya tan cotidianas e inexorables como antaño. Verdad es que en la memoria de algunos mayores emergen aún relatos o vivencias de estos azotes y que parecía haberse evacuado definitivamente la crudeza de tales padecimientos, pero la realidad ha venido a imponer otra certeza: un enemigo “mortal e invisible” nos sigue acechando.

Parece útil por eso mirar atrás, considerar los testimonios documentales que nos acercan a las circunstancias de desdichas semejantes padecidas en otras épocas. No se trata de enumerar aquí y ahora en sus pormenores y de manera exhaustiva los episodios de mortandad más o menos extraordinaria sufridos por los conquenses en el pasado, compartidos sin escapatoria con muchos otros coetáneos más o menos cercanos. Desde la distancia en el tiempo, evocaremos algunos momentos especialmente difíciles, sometidos a determinantes inexorables a cuya gran mayoría somos hoy ajenos.

Conviene situarnos desde algunas premisas. Si de anteayer es el descubrimiento de los agentes infecciosos y el comienzo del estudio de la microbiología por Louis Pasteur (1822-1895), de ayer es tan sólo el de los antibióticos realizado por Fleming (1881-1955), cuya eficacia parece hoy mermada debido al parecer a su empleo inmoderado. Decir esto nos sitúa en primer lugar ante la tremenda vulnerabilidad frente a las infecciones padecida hasta bien entrado el siglo XX. Tales agresiones causaban de ordinario innumerables muertes, pero, ¿qué decir de la mortalidad extraordinaria y sus otras causas? En la misma perspectiva conviene recordar de paso que el inmenso logro social de la sanidad universal es de hace un rato tan sólo.

Las fuentes de la información

La memoria es frágil y por ello acercarnos al pasado requiere acudir con mirada atenta a los diversos testimonios documentales que nos han llegado. Relatos directos unas veces, documentos administrativos otras, datos registrados directamente referidos al tamaño de la población o su movimiento natural en lo tocante a nacimientos matrimonios y defunciones, son las fuentes que de manera inmediata testimonian acerca del devenir de la vida y la muerte. Otros hay, como los referidos al alcance de determinadas devociones populares, que de forma indirecta dan cuenta del miedo y la esperanza de nuestros antepasados.

Brutal la incidencia cotidiana de la muerte, las estaciones imponían su cosecha de vidas del mismo modo que marcaban el ritmo de los frutos de la tierra. En invierno pagaban sobre todo los ancianos su tributo, durante el estío los niños. Afecciones pulmonares e infecciones gastrointestinales arrastraban a la fosa de forma discriminada a uno y otro grupo. Otro ritmo propiciaba la mortandad extraordinaria. Era este el del clima. Insuficientes casi siempre las cosechas, bastaba una conjunción adversa de lluvias y temperatura para que los alimentos –el pan sobre todo- escaseasen sin solución apenas y ello de un modo recurrente e inexorable. Hambrientos y mal nutridos muchos, las enfermedades venían a abatirse sobre los más débiles, faltos de las defensas naturales que en otras condiciones les hubieran permitido superarlas. Así, a causa de la penuria, cuyas dimensiones se aumentaban si algún patógeno foráneo venía a hacer presa de gentes flacas, las mortandades extraordinarias disminuían brutalmente el tamaño de las poblaciones al impedir además cubrir los huecos dejados por la enfermedad la drástica disminución de los nacimientos.

Recordemos algunos de estos episodios atroces. A alguno le parecerá rebuscado, pero, constatar que San Sebastián era, en el siglo XVI, el titular del mayor número de ermitas en nuestra diócesis, parece indicar algo acerca de la búsqueda de amparo celestial ante una mortandad debida a una pandemia como la de peste negra que sobre una gran parte del occidente europeo se abatió durante la segunda mitad del siglo XIV sin excluir naturalmente a las tierras hispanas. Luego, en el siglo XVII, sin desbancar del todo al mártir asaeteado, irá haciéndose hueco San Roque, otro abogado celestial ante las nuevas epidemias de peste sobrevenidas entonces. Las flechas del mártir debieron recordar aquellas otras con las que el dios Apolo castigó a los griegos durante la guerra de Troya.

Seguramente para paliar los efectos de la epidemia de peste que pudo sufrir en aquellos años la ciudad de Cuenca, vinieron a instalarse aquí, en torno a 1352, los religiosos de San Antón. Noticias hay de haberse padecido adversidades graves a causa del hambre y la enfermedad hacia 1471 seguidas de la correspondiente huida de regidores y canónigos a lugares más o menos próximos a la ciudad. Huye rápido y lejos, regresa tarde.

Liçençia dada a todos los beneficiados para que se absenten por la pestilençia. (A.C.C. Actas de 1506-1508, fol. 224, rº) Fines de julio de 1508

Este dicho día, los dichos señores deán e cabillo dixeron que por quanto en esta çibdad han escomençado a morir de pestilençia y segund la ynformaçión que tienen los médicos, la çibdad está muy peligrosa, por tanto, que davan e dieron licencia a todos los beneficiados de la dicha yglesia, ansý a los que hazen resydençia, como a los que la han hecho, para que puedan absentarse e yr donde quysieren, desde oy día, fasta mediado el mes de otubre primero syguiente.

Muertes y nacimientos. Los datos documentados.

El perfil de los gráficos que las series bautismales permiten trazar corrobora la tendencia marcada por los recuentos vecinales, más toscos sin duda, necesitados por ende de una precisa depuración crítica. Ayuda desde luego a precisar mejor los momentos de mayor auge e inflexión experimentados por el conjunto de la población urbana durante un siglo. Buscando lograr además una perspectiva cronológica de mayor alcance, a pesar de lo reducido de sus cifras, hemos trazado, independiente de las otras, la curva de los bautismos administrados en la parroquia de San Esteban entre 1544 y 1840. Una muestra provincial, realizada sobre trece lugares de distintas comarcas, ayuda a contrastar asimismo los datos censales agregados de la provincia. Para mejor entenderlo, conviene recordar que el azaroso crecimiento y declive de la población que señalamos se inscribe en el llamado “modelo demográfico antiguo”, caracterizado por una muy elevada natalidad, compensada por una tasa de mortalidad ordinaria muy alta asimismo, periódicamente sometida además ésta a crisis especialmente agudas, debidas a la extraordinaria incidencia de la mortalidad epidémica. Hubo peste en 1506, como queda dicho, tifus en torno a 1557, peste en 1578-79, catarro/gripe en 1580, peste de nuevo en 1584. Sin proponer un estrecho mecanicismo, lo ordinario era que hambruna y enfermedad coincidiesen en el corto plazo, dado que las carencias alimentarias prolongadas favorecían luego el contagio en organismos debilitados por tal causa. Hubo hambre generalizada debido a la sequía recurrente a lo largo de las décadas de 1540 y 1550. Se le unió la peste a lo largo de este período, en la década de 1570 y, en particular, en torno al dramático año de 1584, destacados negativamente los inmediatos a él en los indicadores demográficos y económicos manejados. En líneas generales, el movimiento natural de población entre los conquenses podría en general homologarse con el modelo establecido para las dos Castillas.

La gripe sigue siendo una enfermedad temida aunque sus estragos en el pasado llegaron a ser devastadores. / labrujulaverde.com

Enlazando con lo dicho, sumamente vulnerable ante las asechanzas de la salud o el clima, responsable último este de la abundancia o escasez de los alimentos y en consecuencia del precio de ellos, parece evidente que una buena parte de la población, rural o urbana de Cuenca, se vio cada vez más empobrecida a medida que declinaba el Quinientos. Desde los primeros años de la última década del siglo, el declive demográfico registrado muestra de forma escalonada las crisis generales de diversa índole que irán sucediéndose hasta culminar en el paroxismo de la epidemia de peste atlántica (1596-1602) alcanzado en 1599. Para facilitar su difusión al hacer presa en organismos más vulnerables debido al hambre, las malas cosechas se encadenan desde 1591 y alcanzarán su punto álgido en 1594 y 1598-99, según refleja además el imparable ascenso a que se vio sometido el precio de los cereales en Castilla.

En la ciudad, a mediados del siglo XVII, unos efectivos de unos 1.200 vecinos pecheros (holgadamente convertidos en unas 5.000 personas a la tasa usual y contando en hipótesis a los exentos de tributar) habrían hecho retroceder el poblamiento de la ciudad del Júcar casi a los niveles registrados a comienzos de la centuria anterior. Esta atroz despoblación no se debió sólo a muertes masivas provocadas por una excepcional morbilidad derivada de la manifestación recurrente de la peste. Aunque fue en las zonas de la periferia mediterránea donde mayores estragos causó la enfermedad en sucesivas oleadas - 1629-31, 1647-52 y 1676-85 -, también aquí se dejó sentir su azote en fechas cercanas, aguijoneada sobre todo de manera indefectible por las malas cosechas. El número extraordinario de los fallecimientos sobrevenidos haría disminuir sin duda los nacimientos, pero, mayor aún que el de los muertos, sería el hueco irreparable dejado por quienes abandonaron la localidad camino de otros lugares más gratos. El movimiento se producía incluso en medio de aquella generalizada contracción derivada de la suma de tantos factores adversos, resumibles en el temido triple azote, ahora conjunto, del hambre, la peste y la guerra, de los que, con invencible angustia y como supremo recurso, se imploraba a Dios verse preservados en rogativas diversas, no por reiteradas más eficaces.

Ante el azote de la peste asidua, siniestra compañera del hambre y la guerra como iremos viendo, varios son los testimonios del cuidado puesto por las autoridades para preservar del contagio, a la ciudad de Cuenca. Hay constancia de que en octubre de 1647 "se estaba guardando esa dicha ciudad [de Cuenca] de día y de noche por sus vecinos sin reservar a nadie". Mientras, se les repartía además una contribución extraordinaria destinada a sufragar el importe de la cerca con que se habían de proteger de la peste del Reino de Valencia. En febrero de 1650 remitía el corregidor de Cuenca una vereda a la tierra para que cada villa se guardase "del contagio de la dicha ciudad de Córdoba, en la misma forma y como se contiene en los despachos e instrucciones que están remitidos para la guarda del contagio de Valencia, Murcia y Sevilla, cumpliendo como en ellos se contiene”. Durante el verano y el otoño de 1677 de nuevo se pondría en guardia la ciudad, mirando al cielo y a los caminos, con rogativas extraordinarias, reparación de la cerca y vigilancia de puertas, presas de desasosiego sus gentes ante las varias noticias de contagios declarados en Cartagena, Murcia, Elche, Totana, Orán y Málaga que hasta ella iban llegando.

Las nuevas que se recibían de los lugares afectados por la enfermedad acrecentaban el temor de los habitantes del interior y por ello era frecuente que se suscitaran falsas alarmas, máxime cuando otras afecciones, también de signo epidémico, alzaban de modo anormal la tasa de mortalidad. Así, en 1647, al tiempo que la cercaban para evitar el contagio valenciano, corrió la noticia de que en Cuenca capital morían de pestilencia las gentes. El médico titular de ambos cabildos, se apresuró a desmentirlo publicando un folleto donde aclaraba que la enfermedad no era de peste sino "tabardillo pintado" -es decir, tifus exantemático-, "calentura maligna, contagiosa de sí y comunísima en España desde que hizo muestra en nuestras provincias, que fue el año 1557, (...)”, cuya mayor incidencia, constatada a partir del mes de junio, tuvo como causa "haber precedido otoño, invierno y primavera lluviosos y humidísimos."

Sin descartar el factor climático, parece más verosímil culpar de aquella mortandad, reflejada con toda exactitud por las curvas parroquiales y realmente extraordinaria en contra de la opinión del médico, así al trasiego de hombres movilizados para la campaña de Cataluña, muchos de los cuales convalecieron en el Hospital de Santiago, como a las penosas condiciones de vida en que se desenvolvían los empobrecidos habitantes de la ciudad. "Pues si en la parte adonde acude la gente más desvalida y pobre [el Hospital de Santiago] en el tiempo que más se esforzó la voz de pestilencia y cuando más sonaron las campanas no hubo más de lo que a Vuestra Señoría he dicho, qué sería en otros barrios, donde si moría o muere alguno es a la violencia del mal pasar, de la desnudez y poco abrigo, pues juro como quien soy, que en los barrios de San Martín y San Miguel he curado infinitos que dormían y descansaban sobre cuatro pajas y comían cuando de limosna se lo inviaba algún piadoso." DESCALZI, 1647.

Monótono y fatal el estrecho maridaje que ligaba a la enfermedad con la miseria, los dos siguientes brotes epidémicos de que nos han llegado noticias sobrevinieron igualmente en momentos en los que se documenta la escasez frumentaria y la carestía en el pan. En el mes de abril de 1660 el regidor don Diego del Castillo comunicaba al Ayuntamiento de Cuenca, "que en el lugar de Cólliga hay un gran contagio de que muere mucha gente y se dice es muy contagioso." El hecho de que la localidad estuviese a menos de dos leguas de la ciudad extendió la alarma al resto del regimiento, ordenándose de inmediato que el médico y el cirujano reconociesen a los enfermos para averiguar su grado de "pestilencia".

Más grave debió ser el brote maligno surgido durante el año 1684, centro del decenio de más aguda crisis en Castilla, cuando, según Domínguez Ortiz, "todos los males imaginables se abaten sobre este sufrido pueblo". La cosecha del año anterior había sido catastrófica por causa de la extrema sequía que se padeció desde 1682. A ella siguieron, a partir de fines de 1683, una ininterrumpida serie de aguaceros, motivo a su vez de nuevas pérdidas en los cultivos y ganados. Tales desarreglos climáticos, unidos a la miseria fatal y al hambre que padecieron muchos, trajeron que las enfermedades infecciosas encontrasen en aquellos organismos debilitados por la desnutrición campo abonado donde desarrollarse. Las tercianas o fiebres palúdicas y, sobre todo el tifus hicieron presa abundante entre aquellos cuya calidad de vida, precaria de suyo, se deterioraba más allá de sus estrechos límites ordinarios, por causa del hambre. Los alimentos escasos, y a las veces en mal estado, predisponían a contraer fácilmente cualquier enfermedad, presupuestas además las atroces condiciones higiénicas en que de ordinario discurría entonces la vida en ciudades y pueblos. Buscando remediar en parte los efectos de esta nueva conjunción de enfermedad y penuria en Cuenca, se constituyó al comienzo del año una Junta, cuya finalidad era recabar limosnas y buscar "sitios donde poner algunas camas para los pobres enfermos que andaban por las calles y se caían muertos en ellas." Al finalizar el siglo, concretamente en 1695, y por las mismas o parecidas causas que en ocasiones anteriores, se dejó sentir de nuevo virulentamente el tabardillo/tifus entre los conquenses.

Llegado el siglo XVIII, aunque no muy prolongadas en el tiempo, las acciones de la Guerra de Sucesión localizadas en Cuenca fueron a la postre especialmente atroces en costo material y sobre todo humano a causa de la elevadísima mortalidad causada por agentes lesivos de todo signo. Luego de un breve asedio y sin ofensiva militar apenas, el 8 de agosto de 1706 fue tomada por las fuerzas del general británico Hugo de Wyndham, defensor de la candidatura al trono español del pretendiente austríaco, proclamado como Carlos III, frente al duque de Anjou, nieto de Luis XIV, investido de aquél como Felipe V. Dos meses más tarde (4 de octubre), no opondrían mayor resistencia frente a las tropas valedoras de éste, cifradas en unos siete mil hombres, los dos mil soldados dejados de guarnición por el inglés, viniendo a caer Cuenca otra vez del lado borbónico. Luego, en noviembre de 1710, los austracistas ocuparían de nuevo la ciudad durante un mes. Los saqueos y destrozos perpetrados por aquellos soldados protestantes, sumados al forzoso abastecimiento requerido por las tropas felipistas, vinieron a ensombrecer un poco más el ya frágil horizonte del subsistir en la urbe. Sus habitantes se vieron afectados asimismo entonces por una grave epidemia de tifus cuyos agentes fueron, además de la brutalidad misma de los desastres de la guerra que tanto precarizaban la vida diaria, el trasiego de militares y refugiados, realizado entonces con improvisación enorme, en medio de una coyuntura agrícola harto desfavorable también por causa de la prolongada sequía a la sazón padecida en estas tierras.

Los siglos XIX y XX

La fiebre amarilla y otras graves enfermedades previas a los desastres de la Guerra de Independencia, la secuela inmediata de éstos y las oleadas epidémicas que invariablemente fueron dejándose sentir entre los conquenses después, trabadas además con los movimientos derivados de la ofensiva bélica durante la Guerra de los Siete años, explicarían sin duda la flojedad del perfil demográfico de la ciudad.

Replegados poco más tarde los franceses, el ejército español, al mando del duque del Infantado, se hizo presente en Cuenca a fines de 1808. La inusitada concentración de más de treinta y seis mil hombres entonces reunidos, cuando más arreciaban los rigores invernales, desencadenó, como cien años atrás, una tremenda mortandad colérica entre los militares que en modo alguno excusó a los desvalidos civiles del lugar. La década de los treinta debutó con una epidemia de viruelas a la que siguió casi de inmediato otra de cólera en 1834, más mortífera y de alcance espacial mucho mayor puesto que afectó a la mayor parte de la provincia también, entre mediados de julio y los días centrales de diciembre, fecha extrema esta referenciada en el partido de Belmonte. Las indagaciones médicas de la época, como en siglos anteriores y casi con palabra exactas, ponen de manifiesto la estrecha relación entre enfermedad y pobreza, manifestada esta sobre todo en la precaria alimentación y escasa salubridad en sus viviendas padecidas entonces por los conquenses más desfavorecidos, encuadrados principalmente en las parroquias de las zonas bajas de la ciudad:

El auditorio municipal de Oakland (EE UU) se usó como hospital temporal para los afectados por la pandemia de 1918. / Getty Images

“Si descomponemos los elementos que entran formando el grupo de estos hechos, si estudiamos, en una palabra, de una manera individual las circunstancias que imprimen a semejantes localidades y condiciones el sello de la insalubridad, veremos que la falta de ventilación, el amontonamiento de las familias, las miasmas de todo género, (y los consiguientes a estos hacinamientos) la miseria, el desaseo, desabrigo, alimento escaso y malo, todos los estravíos del régimen, particularmente en la comida y bebida y los vicios por fin, son los gusanos que diariamente corroen la vida de estos desgraciados, los habilita para cebo de las epidemias, convirtiéndose todas y cada una de estas condiciones en causas ocasionales del cólera epidémico. (…) Bien patente, para concluir, aparecen los beneficios de una vida reglada en todos conceptos, en lo ocurrido por aquél tiempo en las comunidades religiosas y clero secular de esta capital. Doscientos setenta y dos individuos había, repartidos de ambas clases en distintos parages de la población, respirando unos el aire puro del Castillo, y bajo la atmósfera sombría de la Puerta de Valencia otros: en la vida tranquila del Palacio episcopal algunos, y agitándose muchos en el penoso servicio de los enfermos: sólo un pobre anciano, a quien ya hemos citado, falleció al final de la epidemia, testimonio triste de que el cólera respeta las clases y no los individuos.” GASSÓ, 1854, pp. 24-26. Las cursivas son del autor.

Hubo un total de 108 fallecidos entre julio y octubre, de los que el 87% pertenecían a las parroquias de Santo Domingo, San Esteban, El Salvador y San Juan, donde se acogía el 60% del vecindario. El hacinamiento y la falta de higiene provocaron que los muertos en esta zona urbana sumasen casi la mitad de los enfermos (47,57 %). En términos globales, entre el 14 de julio y el 27 de septiembre, sucumbió el 1,6 de la población. Los efectos de aquella catástrofe, así en la capital como en la provincia, se aprecian con toda claridad en el hueco que presentan en la pirámide de población de 1860 las cohortes de nacidos entre 1830 y 1840 y son visibles también en el profundo bache dibujado en la curva resumen de los bautismos realizados durante aquellos años.

El siguiente azote epidémico llegaría, como al resto del país, veinte años después, aunque es bien poco lo que por ahora sabemos de aquel episodio acaecido en 1855, probablemente durante el verano y parte del otoño. Afectó a 117 pueblos de la provincia, un tercio aproximadamente, y se mantuvo durante cuatro meses y veintitrés días. La mortalidad fue elevada: casi una cuarta parte de los afectados sucumbió, lo que supuso una pérdida de cerca del dos por cien de la población provincial. Aquella mortandad, como era habitual en aquel contexto productivo basado en la extensión de los cultivos, coincidiría con la severa carestía provocada por una larga crisis frumentaria durante aquellos años, cuyas consecuencias repercutieron sin duda en los movimientos revolucionarios suscitados en buena parte del reino. Vigente aún quizá sin demasiados paliativos el mecanismo maltusiano que liga el devenir de una población con la disponibilidad más o menos próxima de alimentos, la epidemia vino a coincidir, como era habitual en aquel contexto productivo basado en la extensión de los cultivos cerealistas de secano, con la severa carestía provocada por una larga crisis frumentaria, cuyas consecuencias repercutieron sin duda en las graves alteraciones del orden público y otras manifestaciones de descontento social, de consecuencias revolucionarias en algún caso. Como algo arcaico e inexorable, hambre y enfermedad agravadas siguieron jalonando el siglo y aún llegaron a repercutir en el siguiente precarizando el crecimiento vegetativo, mucho más desde luego en la ciudad que en la provincia. 1868, 1879, 1882 y 1887 son años de hambre por la escasez y la consiguiente carestía de los alimentos y en algunos casos de enfermedad también.

La gripe “española”

Aún tendría lugar a comienzos del siglo XX el último gran episodio de mortandad epidémica debido a la generalización de la gripe en 1918, desastre demográfico de alcance mundial, secuela seguramente de la Gran Guerra, del que tampoco se libraría la neutral España, hasta el punto incluso de apellidar arbitrariamente a la enfermedad. Como en ocasiones anteriores, el azote se dejó sentir con mayor dureza en la capital donde la tasa de mortalidad situada el año anterior en torno al 30 ‰, en la media de la década, en 1918 llegó al 37,79 ‰ y al 44,10 al año siguiente. Tampoco saldría bien parada la provincia, aunque parece que duró menos la enfermedad y fue menos virulenta también. La tasa bruta de mortalidad del 24,21‰ de 1917, más o menos cercana a los valores de años inmediatos, ascendió al 33,68 en 1918 y se redujo ya al 25,83 el siguiente. También se harían notar las consecuencias de estas muertes inusitadas en el descenso de nacidos que presentan los escalones de base en pirámides de población de 1900 y 1930.

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