Miércoles, 25 de Noviembre de 2020

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Fiestas locales

El origen de las fiestas de San Mateo en el siglo XVI con caballeros, hogueras y disfraces

Las fiestas más populares de Cuenca tienen su origen en 1581 cuando ya se celebraban con toros pero también con exhibiciones de caballería, hogueras, juegos medievales y baile de máscaras

Vista de Cuenca en 1565 de Anton Van den Wyngaerde.

Vista de Cuenca en 1565 de Anton Van den Wyngaerde. / Wikipedia

En un año que no se han celebrado las fiestas de San Mateo de Cuenca, Miguel Jiménez Monteserín ha recuperado para El Archivo de la SER, el espacio que emitimos los jueves en Hoy por Hoy Cuenca, el origen de la fiesta de la vaquilla. Hay una fecha que marca la celebración: 1581 y varios documentos atestiguan cómo eran: además de toros, incluían exhibiciones de caballería, hogueras, juegos medievales y baile de máscaras.

'El archivo de la historia' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

“çelebrar la dicha fiesta de señor san Mateo, por ser el día que esta çiudad fue ganada de poder de los moros”

Resulta muchas veces difícil recuperar el sentido, religioso, cívico, político incluso, que las celebraciones festivas hayan podido tener en otros tiempos, dada la complejidad de los referentes que, incluso hoy, tales acontecimientos encierran. Rastrear el origen y analizar las funciones concretas propias de cada fiesta de amplio alcance social exige con frecuencia un arduo trabajo de poda y desbroce que facilite el camino entre la maraña entrecruzada de gestos y ritos acumulados, lentamente desvirtuados unos y otros por el paso del tiempo.

Fiestas populares y oficiales

La fiesta popular difiere en principio de la celebración oficial, pero, de ordinario, ambas se apoyan mutuamente, sin que, a estas alturas, la mayor parte de las veces sea posible recuperar de su carácter originario otra cosa que girones y vestigios. No resulta, sin embargo, infrecuente tampoco que en un momento concreto se hayan hecho converger de manera explícita e intencionada las respectivas significaciones. El análisis del hecho muestra luego la pluralidad de motivaciones e intereses que determinan tales gestos y actuaciones festivas de carácter social, sobre todo cuando se les pretende dar un significado emblemático o identitario que sirva de aglutinante social.

Largos siglos de implantación pastoral de lo cristiano han hecho que, todavía hoy, casi no se conciba de hecho entre nosotros una celebración festiva en cuya base no haya una referencia conmemorativa de carácter religioso. Bien significativas son en este sentido las festividades patronales, al margen de la marcada laicidad, o quizá mejor secularismo, que, pese a su lenguaje formal externo, suelen revestir ya la mayoría de ellas y de la escasa relevancia que en un mundo tan dinámico y abierto como el de nuestros días puedan tener los acontecimientos rituales a fecha fija.

En su configuración presente, las fiestas patronales son de manera habitual resultado de un proyecto ideológico elaborado en el pasado que apuntaría a la vertebración de la convivencia de una determinada colectividad partiendo del culto concreto tributado, actualmente en la mayoría de los casos a una imagen o advocación de la Virgen María, o bien a un santo elegido por tal comunidad o sus dirigentes como especial protector y abogado ante Dios. La leyenda recoge la tradición de los prodigios obrados antaño en favor, bien de ciertos antepasados o bien de todo el colectivo, hechos que justifican la presente celebración de un festejo, a fin de propiciar con tales honras que el bienaventurado, objeto de ellas, siga dispensándolos en el futuro. Mito y rito confluyen de este modo tan simple, mostrando así la más elemental trama del hecho religioso en su dimensión social.

En la sociedad tradicional, la conmemoración festiva anual apoya la concordia y sostiene la cohesión entre los miembros del grupo que la protagoniza, favoreciendo que se produzca un momento de relajación para las tensiones internas acumuladas a lo largo del año en el seno de la comunidad, cuyos plurales aspectos y matices quedan momentáneamente desdibujados ante el hecho festivo merced a la evasión que la diversión procura. Ofrece aquella además casi siempre una faceta doctrinal o ideológica no menos importante ni alejada tampoco de la mencionada voluntad de cohesión. Pasa ésta por la difusión propagandística de la imagen sublimada del santo patrón como especial abogado frente a las calamidades y catástrofes, defensor de todo tipo frente a los peligros o riesgos que cernerse puedan sobre individuos o pueblos.

Referencia trascendente para todos cuantos le rinden culto, en torno a tales personajes se ha ido tejiendo con el paso del tiempo un relato hagiográfico, a medio camino entre la tradición y la leyenda, apuntalado además sobre alguna mínima referencia histórica, muy vaga a veces. En muchos casos modelan el perfil de cada particular biografía de santo patrono las aspiraciones colectivas de orden social y hasta político. Son éstas canalizadas por los medios dirigentes hacia momentos especialmente álgidos, en los que se produce, más o menos amplia o difusa, una señalada intervención milagrosa, dentro del estereotipo hagiográfico.

Hitos en el transcurso del ciclo agrícola anual, punteado en cada estación de ritos festivos más o menos cristianizados estrechamente ligados a él, las fiestas particulares en honor de los santos patronos han venido publicando además el arraigo motivado de la devoción hacia alguno de ellos en un lugar concreto. Las ermitas -sede propia de ordinario para tales celebraciones-, alzadas a modo de significativos jalones/testigos de la religiosidad local en algún punto del término de cada pueblo, subrayan visiblemente la especial ligazón protectora recíprocamente reconocida por la comunidad hacia los titulares de tales santuarios. En consecuencia, un elemento básico de la religiosidad popular en su dimensión colectiva son los votos festivos formulados en un momento concreto, buscando obtener con ellos ayuda trascendente para salir de situaciones especialmente apuradas que en algún tiempo afectaron a una determinada localidad o comarca. Recuperar la salud en tiempo de epidemia parecer haber sido la principal demanda de conjunto dirigida a los santos.

Aunque no siempre se recordaba la fecha originaria ni tampoco el motivo concreto de la promesa vigente, el cumplimiento del voto implicaba de ordinario, además de celebraciones litúrgicas, romerías y festejos. En resumen, orar al santo intercesor para recabar su constante mediación eficaz y consagrar a la vez en honor suyo un tiempo dedicado al ocio festivo, disponiendo además diferentes recursos con los que llenarlo.

Vista de Cuenca de Llanes y Mesa, de 1773. / Edición Ayuntanmiento-Junta Comunidades.

Las fiestas de toros son antiguas en Cuenca

Por ello, en la ciudad de Cuenca, como en la mayoría del resto de los pueblos y ciudades hispanos, las corridas de toros han constituido a lo largo del tiempo un elemento sustancial de sus más señaladas celebraciones. Dos eran en principio los votos festivos, formulados a San Bernabé (11 de junio) y los mártires persas Abdón y Senén (30 de julio), que de muy antiguo congregaban a ciudadanos y aldeanos en la ciudad de las Hoces para ver correr toros aquellos días.

Una plaza Mayor más grande para correr los toros

En las dos primeras décadas del siglo XVI, las autoridades locales, deseosas de realzar el espacio donde tenían su sede de gobierno, mandaron derribar algunas casas con el fin de ampliar la escueta plaza, llamada hasta entonces del Mercado, que a las puertas de la catedral se abría. Sin embargo, la insalvable estrechez de calles y plazas obligó a disponer un recinto adecuado a tal propósito en algún lugar inmediato al río Huécar, sirviendo de graderío a la multitud allí congregada las pendientes de ambas márgenes de la Hoz. Este espacio debió seguir siendo utilizado al menos hasta el siglo XVII, según testimonian algunos raros relatos de festejos taurinos celebrados entonces.

El origen del culto en Cuenca a San Julián y a San Mateo

En cada uno de aquellos espectáculos festivos de marcada impronta religiosa siempre convergían lógicamente los presupuestos programáticos que sustentaban en sus respectivas funciones a los diferentes poderes en clave confesional. Si los luteranos remitían estrictamente la autenticidad de su creencia al fundamento explícito que la Escritura pudiera ofrecerle, era la Tradición, en rigurosa disimilitud, el referente sustancial que los católicos buscaban para sí. Por ello la mirada que en la España de la Contrarreforma dirigían las autoridades al pasado legitimador tenía tres referentes básicos: el mundo martirial, gestado en torno a la primera predicación del cristianismo en la península, el arquetipo de la iglesia goda, o bien las hazañas de la Reconquista del territorio de los diferentes reinos a los musulmanes y aquellos personajes que las protagonizaron. Explicará esto que se buscara entonces ligar los orígenes de la Cuenca cristiana a dos santos concretos, San Mateo y San Julián y que en torno al culto de ellos girasen muchos de los fastos ceremoniales urbanos del último cuarto del siglo XVI en adelante. Sin noticias precisas aún acerca de la primera predicación de la fe apostólica en estas tierras, poco o nada se sabía tampoco entonces de la vida cristiana que en la época goda hubiera podido haberse afianzado en el territorio del obispado presente, instituido como formal heredero de los de Segóbriga y Ercávica. Hecha pues salvedad de mayores precisiones historiográficas, fue por ello más simple proclamar solemnemente en 1581 nuevo santo tutelar de la ciudad al evangelista Mateo, el día de cuya fiesta (21 de septiembre) había sido aquélla librada del poder de los moros, según la tradición.

La fecha de la conquista y el culto a San Mateo

Al tomar aquella decisión se tenía presente la estrecha relación que en vida había unido al obispo Julián y rey Alfonso VIII de Castilla, protagonista casi adolescente de la conquista de la fortaleza conquense en 1177. Del autor y la fecha de aquella hazaña daba testimonio una placa colocada entonces en la fachada de la catedral y hoy puesta en una pared de la girola: “El rey don Alonso IX ganó a Cuenca, miércoles, día de San Mateo, a XXI [21] de septiembre, año del señor de ICLXXVII [1177]”. Allí venían recibiendo culto desde muchos años antes Mateo y Julián, pero la singular exaltación festiva de carácter público que les fue ofrecida en las postrimerías del Quinientos intentaba convertirlos en soportes de la identidad urbana de Cuenca, según se hacía también en otras partes de la Monarquía Católica, y esto venía a otorgar nuevo significado a sus respectivas figuras.

Documentos sobre la fiesta en aquellos años

Así lo proclamaba formalmente un conocido documento, el

"Pregón que se dió en la ynstituçión de la fiesta de Sant Matheo a 19 de septiembre de 1581.

El muy Illustre Señor, Don Garçia Busto de Villegas, Corregidor de las çiudades de Cuenca, Huete y sus tierras, por su Magestad: Haze saber a todos los vecinos y moradores desta çiudad cómo el Illustrísimo Señor Obispo de Cuenca y los muy Illustres señores Cabildo dela Sancta yglesia y Regimiento an ynstituydo y ordenado de hazer y çelebrar la fiesta del glorioso y bien abenturado apóstol y ebangelista sant Mateo, en cuyo feliçe día fue nuestro Señor seruido que, estando esta çiudad poseyda de moros, fuese ganada y restituyda por el cristianísimo rey Don Alonso el nobeno, el año de mil y çiento y setenta y siete, y theniendo presente la gran merçed que nuestro Señor en tal día nos hizo, para que con más deboçión se çelebre su fiesta, así en lo espiritual como en lo temporal, se manda que, el miércoles en la noche, todos los veçinos desta çiudad, pongan luminarias en las ventanas y se hagan hogueras por las plaças y calles, y que, otro día, juebes, que será el día deste glorios sancto, todos los cabildos y cofradías vayan con sus pendones y cruzes a las ocho de la mañana, acompañando las cruzes de sus parrochias a la yglesia mayor, de donde a de salir la proçessión solepne, dando graçias a nuestro Señor por tan gran merçed.

Asymismo se a ordenado por çiudad que en cada un año aya fiesta de toros la bíspera deste glorioso santo y el día aya regozijos y máxcaras." [A.M.C. leg. 1131, exp. 8]

Con arreglo al modelo ya establecido cuando fueron ordenadas las celebraciones públicas en honor de San Julián a partir de 1550, en 1582, además de disponer fondos precisos y designar el Ayuntamiento un responsable de organizar con ellos los festejos en honor de San Mateo, quedó establecido con toda precisión el esquema ceremonial, cívico, religioso y popular al que, en adelante, "para simpre jamás", debería atenerse la fiesta del santo evangelista:

"Este día [19 de septiembre de 1581] los dichos señores Justicia, teniente de guarda y regimiento desta dicha çiudad dijeron que acordaban y acordaron y mandavan y mandaron, se saquen dos suertes de borras; la una de las dichas suertes de las dichas borras para ayuda a los gastos de los pleytos que se an gastado en la defensa de las dichas borras, e la otra parte de las dichas borras para que se dé y acuda con ella al mantenedor e peostre que fuere nombrado por esta çiudad para el hazer la fiesta de señor san Mateo,[fol. 83 vº] que esta çiudad tiene jurada de la guardar y hazer fiesta de sortija, pasquín y otra fiesta de a cavallo, que el dicho peostre que ansí fuere nonbrado quisiere y ordenare de hazer, y la çiudad a de mandar dar los toros que en la dicha fiesta se an de correr; la qual dicha fiesta, esta ciudad, juntamente con los señores deán y cabildo de la santa yglesia de Cuenca, acordaron de sostituyr y çelebrar la dicha fiesta de señor san Mateo, por ser el día que esta çiudad fue ganada de poder de los moros, e para que en todos tiempos conste de la forma con que se a de solenizar la dicha fiesta, los dichos señores mandaron se asiente e ponga en este libro un traslado de la capitulaçión fecha entre la çiudad, perlado, deán e cabildo della, que su tenor es el siguiente:

Considerando la gran misericordia que usó la divina magestad en librar de la ydolatría y servidunbre del demonio a la çiudad de Cuenca, librándola del poderío de los moros ynfieles, dando vitoria al cristianísimo Rey don Alonso el nono de Castilla, hijo del rey don Sancho el deseado. El qual, después de averla con mucho travajo ganado, edificó en ella yglesia cathredal, plantó en ella cathreda de fee, engrandezió silla episcopal, reduciendo a ella obispados con autoridad apostólica. Enriqueziéndola de dones y previlegios. Dióle fueros con que la yllustró y la hizo çiudad populosa, señora de muchos pueblos y aldeas, permitiendo la divina clemençia que tan gran triunfo y vitoria alcançase este rey de gloriosa memoria, día del bienaventurado apóstol y ebangelista san Mateo, el año del nasçimiento de nuestro Salvador Jesuchristo de mill y çiento y setenta y siete, tiniendo delante los ojos tan grande merçed reçibida de la divina mano en día de tan glorioso apóstol y evangelista, esta çiudad, juntamente con el illustrísimo señor don Rodrigo de Castro, obispo de la dicha yglesia y los muy illustres señores deán y cabildo della, de común consentimiento, determinaron que se continúe para siempre jamás la solenidad de la fiesta deste glorioso santo, dando graçias a la divina magestad de tan grande merçed reçibida en su día, para lo qual asentaron a diez y nueve días del mes de setiembre de mill y quinientos y ochenta y dos años se guarde la orden siguiente:

Primeramente, se junten a las primeras bísperas la yglesia y çiudad e las çelebren con toda solenidad e deboçión que se suele hazer el día del glorioso san Julián, nuestro patrón. [fol. 84 rº]

Yten, que a ellas acudan todos los curas y beneficiados de la dicha çiudad y el día siguiente misa, como en los días de nuestra Señora sienpre birgen María o del glorioso san Julián lo acostunbran hazer.

Yten, que a las bísperas el thesorero o semanero, conforme a la costumbre, entregue el estandarte con que el tal día se ganó la çiudad a la guarda de la çiudad o a su teniente, e le tome pleito omenaje en las gradas del altar mayor, que bolberá el dicho estandarte o bandera el día siguiente, después de la dicha misa mayor a la dicha yglesia; e lo a de llevar este día en la proçesión de las bísperas al altar de san Mateo; y el día del santo, dende el ayuntamiento a la yglesia, aconpañado desta çiudad, justiçia e regimiento della, e con las demás personas que yrán declaradas.

Yten, que los maytines se canten con toda solenidad e deboçión, como lo acostumbran hazer, y más, si más ser pudiere.

Yten, que haya luminarias por toda la yglesia e los doze pares, que tañan los menestriles en los doze pares y repiquen las campanas solenizando la dicha fiesta, dando graçias a Dios por la merçed reçibida.

Yten, que el día del glorioso apóstol, acabada la terçia, salgan en proçesión con capas, como se hazía el día del Santísimo Sacramento, por las gradas, donde se an de juntar la yglesia y çiudad, y los menestriles tañan y se cante el himno de te deum laudamus, los cantores por sus bersos, siguiéndose la proçesión por su horden, como se suele hazer en la otava del Santísimo Sacramento y en las proçesiones pro gratiarum actione.

Yten, el dicho día oyrán misa e sermón, cómo y en los asientos que acostunbran el día de señor san Julián.

Yten, acabada la misa, la guarda entregará el estandarte al thesorero o semanero, alçándole el pleito homenaje, para que se torne a guardar en el sagrario, dond'es costumbre estar.

Y porque los señores deán e cabildo de la dicha santa yglesia de su parte tienen ordenado el zelebrar la dicha fiesta, de su parte cunplir lo que va referido, todos los dichos señores, justicia, teniente de guarda e regimiento, unánimes y conformes, ordenaron que, perpetuamente e para siempre jamás, para solenizar la dicha fiesta, reconoziendo la merçed por esta çiudad reçibida de nuestro maestro e redentor Jesuchristo en el día del bienabenturado san Mateo, se cumpla y guarde la forma siguiente:

Primeramente, que la dicha çiudad, justiçia e regimiento della que al presente son e por tienpo fueren, en cada un año, la bíspera del dicho santo, se junten en su ayuntamiento y dende la dicha casa dél, vayan a asistir a las dichas bísperas, y el día del dicho santo a misa e andar en la proçesión por la orden que de suso ba referida, asistiendo en ella con la çera neçesaria e que se acostunvra llevar a las demás fiestas que la çiudad çelebra.

Yten, que la bíspera del dicho santo, la justicia y regimiento qu'es o fuere desta çiudad en cada un año haga pregonar que todos los vecinos della pongan luminarias por las ventanas de sus casas y se hagan ogueras en las plaças y calles públicas, como se haze en las fiestas de señor san Julián.

Yten, que en el dicho pregón se permita que el día del dicho santo se puedan sacar cualesquier máscaras e disfraçes onestos de pie e a caballo y al día siguiente, por aver de aver fiesta de toros.

Yten que, atento que, de mucho tienpo a esta parte, la çiudad tiene costunbre de hazer alarde general de todos los caballeros de alarde, vecinos della que [fol. 84vº] para que haya más regozijo e se solenize la dicha fiesta, ordenaban e ordenaron que de las borras se echen en suerte entre los dichos caballeros de alarde, del montón se saque e aumente una suerte, o dos, de lo que pareçiere convenir, para que se dé al caballero que la çiudad nonbrare, para que sustente sortija o estafermo o juegue cañas, y al que tubiere carga de lo susodicho e fuere mantenedor o hiziere el juego de cañas, se le dé la dicha suerte para ayuda al gasto qu'en ello a de hazer.

Otrosí, porque en el dicho día de san Mateo no se pueden correr los toros, que en el día siguiente, en cada un año, perpetuamente para sienpre jamás, la çiudad hará correr y se correrán quatro toros en esta çiudad, en la plaça que les pareçiere conbenir más al regozijo e ornato della, y porque la çiudad tiene costunbre, entre las demás fiestas que se corren toros, correrlos e hazerlos correr el día de san Adón y Se[né]n, que cae a beyntinuebe de agosto, que agora por las dichas causas ordenaban e mandaban e ordenaron y mandaron que, perpetuamente e por sienpre jamás, los toros que se abían de correr en el dicho día de san Adón e S[en]én, no se corran y se corran los dichos quatro toros el día siguiente de señor san Mateo y pague los toros e costa de barreras de los propios.

Otrosí ordenaron que para que con toda solenidad la dicha fiesta se çelebre y la procesión se aconpañe en cada un año, la bíspera del dicho santo se pregonará qu'el día del bienabenturado san Mateo acudan a aconpañar el estandarte en la dicha proçesión todos los estandartes e pendones de los cabildos de la çiudad, como lo hazen en el día e otava del Santísimo Sacramento.

Y para que en todos tienpos, perpetuamente por sienpre jamás se cunpla e no se contrabenga, todos los dichos señores, juraron por Dios nuestro Señor e por santa María su madre e señal de la cruz que con sus manos derechas hizieron, que guardarán e cunplirán e manternán todo lo que dicho es e que no yrán contra ello agora, ni en tienpo alguno alegarán causa alguna para lo ynbalidar, so pena de perjuros e de las otras penas en derecho estableçidas e que deste juramento no pedirán absoluçión e relaxaçión ny conmutaçión a ministro, ni monitorio para venia, etc. a juez ni perlado que poder para ello tenga, e a la fuerça del juramento, dixo cada uno por sí, "Sí juro" e "amén" y lo firmaron de sus nonbres.

Otrosí ordenaron que para que con más autoridad se haga la fiesta de a caballo el dicho día de san Mateo en cada un año, se eche suertes entre los señores regidores que son o fueren deste çibdad, y al que cupiere por suerte, sea obligado a sustentar sortija o estafermo con todos los abentureros que binieren, o hazer el juego de cañas; para ellos e ayuda al gasto se le dé la dicha suerte de borras , más o menos lo que pareçiere a la çiudad, y si el regidor a quien cupiere fuere inpedido para no lo poder cunplir por su persona, pueda en su lugar poner persona de autoridad que por él lo cunpla. Lo qual juraron de cunplir en forma, como lo demás, so pena de perjuros, e a la fuerça del juramento dixeron: "Sí juro" e "amén".

Don Garçía Busto de Villegas." [A.M.C. leg. 258, fols. 83 rº-84vº]

Con sus dificultades, todavía brillaba nítida la Corona hispana. Un año atrás la Monarquía Católica acababa de concluir con éxito el viejo sueño de la unificación peninsular anexionándose la Corona portuguesa el 12 de septiembre de 1580, tras la peligrosa enfermedad que había hecho peligrar la vida del rey y la muerte de su consorte la reina Ana de Austria. Tal logro se vería empañado, sin embargo, por la declaración formal de independencia formulada en los Países Bajos en julio de 1581 negándose sus principales ciudades a aceptar la soberanía a un príncipe católico como lo era Felipe de Austria.

Fiestas de la Alvarada de Cañete. Foto de Archivo. / Europa Press

Fiesta de origen religioso

Sin embargo, confluían en ella diversos factores de significado distinto, visiblemente subrayados también en sus diferentes episodios. Destacaba en primer lugar el despliegue formal de cuantos valores y principios, valida de todo género de instrumentos, defendía entonces, dentro y fuera del reino la Monarquía Católica. Convenía genéricamente a tales propósitos políticos fomentar, pero también controlar, cualesquier manifestaciones religiosas de carácter público donde globalmente se exaltasen las virtudes heroicas de un bienaventurado, en abierto contraste con las creencias profesadas por el enemigo protestante. También fue objetivo suyo recuperar como fundamento legitimador de la actuación política el pasado cristiano antiguo y medieval, en especial a través del culto a los santos de raigambre hispana. No era de nuestra estirpe el apóstol Mateo, pero no cabía dudar de su especial benevolencia hacia los conquenses cuando en el día dedicado a exaltar litúrgicamente sus particulares virtudes había tenido lugar el triunfo de quienes luchaban contra los infieles musulmanes en nombre de Cristo. Designio compartido por otras ciudades del reino en aquel tiempo, nos hallamos ante un elemental programa político que contemplaba una fácil transposición histórica de situaciones beligerantes de inspiración religiosa. Venía a tramarse aquella argumentación con la prevista representación escénica tomada a su cargo por la jerarquía social de la ciudad de Cuenca, cuyos más encumbrados miembros pretendían, además, según era entonces usual, formular merced a ello la identidad histórica de la ciudad. Subrayaban en aquel caso lo mejor posible sus orígenes cristianos mediante ceremonias periódicas dedicadas a los santos tutelares de la comunidad urbana, ya ligados, siquiera indirectamente, con aquéllos, ya con algún episodio excepcional o milagroso de la propia historia. En este sentido, la fiesta cívica así celebrada resulta socialmente integradora al proponer a la colectividad la celebración de la memoria sublimada de un personaje señero en la particular historia urbana, de acuerdo siempre con los objetivos políticos del estado confesional, explícitamente enunciados por el monarca que lo encarna. En esta misma línea, la fiesta urbana que reseñamos abundaba justamente en la exaltación de aquellos valores y objetivos políticos por cuya defensa bregaba entonces, realizando un costosísimo esfuerzo, la Monarquía Católica. A subrayarlos vendría también la ostentación de su propia preeminencia inapelable realizado por los protagonistas: los jerarcas urbanos, laicos -guarda mayor, corregidor, regimiento- y los eclesiásticos, obispo, cabildo catedral y clero urbano. Espectadores o actores invitados del festejo, los diversos sectores populares

Apenas extinguida la epidemia de gripe desencadenada el año anterior, aquéllos eran ya años de perceptibles dificultades económicas para la ciudad de Cuenca, aunque lo peor estuviera aún por llegar. Sin embargo, decretado el paréntesis y para alegría general, la ciudad se vio iluminada con hogueras nocturnas en calles y plazas y luces puestas en la fachada de la catedral desde donde contribuirían al regocijo los músicos del templo alternando sus músicas con el repique de campanas en la torre.

Acto de homenaje al pendón del rey Alfonso VIII

De forma duradera, formalizaron las autoridades religiosas y urbanas el ritual de cesión temporal de un símbolo histórico. Depositada en la catedral la enseña que había guiada a las tropas cristianas victoriosas con la imagen de la Virgen María, ésta, bajo solemne juramento de expresión feudal, de retornarla al día siguiente, sería después objeto de una procesión estrictamente cívica, diferente de las religiosas, protagonizada por los caballeros que componían el Regimiento de la ciudad, trasladándola del templo hasta el Ayuntamiento, sede del poder laico.

Traslado del pendón del rey Alfonso VIII en 2017. / Cadena SER

Los caballeros de la ciudad hacían exhibiciones

Por su parte, los caballeros, en sentido literal, ofrecerían sus espectáculos propios, realizando diferentes ejercicios ecuestres. No había sólo habilidad deportiva, podría decirse. Con carácter previo a los ejercicios se realizaban paradas y gestos llenos de boato protagonizados por los mantenedores de aquellos costosos espectáculos. Quienes componían el núcleo de la hidalguía local, vestidos con elegante ostentación (libreas), llevaban una manga muy bordada en el brazo derecho y un escudo o adarga en el izquierdo que llevaba escrito en ella un emblema, para defenderse de las cañas de cerca de tres metros que, yendo a la carrera, les arrojaban los de la cuadrilla contraria alternativamente. Cabía que fuesen combates “de moros y cristianos”, como seguramente sucedería en la fecha indicada, diferenciando cada cuadrilla su indumentaria. Jugaban también a llevarse una sortija de hierro, colgada a cierta altura, ensartándola con su lanza desde el caballo. Resultaba ganador quien más de ellas cobrase. El estafermo era otro de estos esparcimientos caballerescos. Consistía en embestir a caballo, con la lanza en ristre, esto es, apoyada en un elemento fijo en el peto de la armadura, el escudo que llevaba en el brazo izquierdo un muñeco puesto sobre un eje vertical. Este le permitía girar sobre sí y, llegado el caso, golpear a los menos diestros con las bolas o saquillos llenos de arena que, sujetos con unas correas le colgaban del brazo derecho.

Fiestas de máscaras y disfraces

El pueblo, vertebrado en sus gremios, colaboraría ofreciendo espectáculos, denominados entonces “invenciones” y “máscaras” en los que aparecerían “con disfraces honestos”, como dice el texto del pregón, representando, a modo de “pasos“, alguna escena jocosa o chocante cuando no de inspiración mitológica más o menos vulgarizada. Curioso es que hable también de “pasquines” que no cabe interpretar como libelos infamantes o de protesta popular. Serían sátiras con bromas chistosas o dichos agudos, escritas en papelones, que se fijarían por las paredes para ser leídos por quienes supiesen y celebrados con burla por la mayoría de los iletrados al escucharlos. La costumbre se ha mantenido hasta no hace mucho, referidos tales textos efímeros a personas y situaciones sociales propias de la Plaza Mayor y sus aledaños. Aunque falten los detalles, es de suponer que los toros serían “corridos” por los caballeros o combatidos a pie por los plebeyos.

Moderar el gasto

Con todo, la ostentosa emulación que guiaría a los caballeros del regimiento encargados de mantener el festejo en los años inmediatos a su instauración obligó al ayuntamiento a tomar medidas que moderasen el creciente gasto realizado, disponiendo de los fondos destinados al efecto, cargados sobre el impuesto de borras que los ganaderos trashumantes de fuera del término abonaban al ayuntamiento por disfrutar de los pastos veraniegos en proporción al tamaño de sus rebaños. Parecidas causas harían declinar peligrosamente años más tarde las fiestas dedicadas a honrar al patrón San Julián. El 11 de septiembre de 1587 los regidores conquenses decidían suprimir por costosos en exceso los caballerescos juegos de cañas organizados hasta entonces:

"Este día, los dichos señores justicia e regimiento dixeron que la çiudad acordó que el día del bienabenturado san Mateo, que fue el día que se ganó esta çibdad, se hiziese fiesta de a caballo e corriesen toros, e para ello se diputase un peostre para la dicha fiesta [fol. 352 vº] E porque se a bisto por yspirençia en aber yntruduzido los primeros peostres de hazer juego de cañas y dar libreas, se han hecho por consiguiente grandes gastos; e porque la yntinçión de la çiudad no fue que el çelebrar de la dicha fiesta fuese con cosa que se pudiese de por banagloria, sino sólo çelebrar su fiesta con toda deboçión e reguçijo de la república con los dichos toros, para escusar que adelante no se hagan los dichos esçesos e nuestro Señor sea servido e çelebrada la fiesta del santo con toda cristiandad e beneraçión, acordaron que de aquí adelante, sólamente en el çelebrar de la dicha fiesta en la santa yglesia desta çiudad se guarde la forma que se asentó y al día siguiente del dicho día se corran toros en la plaça que la çiudad diputare, y que se nonbren en cada un año dos diputados que tengan quenta con el hazer lo neçesario de barreras y comprar los toros e proveer lo neçesario para la dicha fiesta, e no se haga otra cosa alguna por conbenir así y que las suertes de borras que se solían sacar para el peostre, que se den para que la çiudad dispense dellas para la dicha fiesta en la horden que les pareçiere." [A.M.C. leg. 259, fol. 352 rº y vº]

La fiesta en siglos posteriores

Muchos son los documentos posteriores que hasta el presente dan testimonio de cómo aquellos festejos taurinos, permanente en lo esencial el ritual cívico religioso que los acompaña, han seguido celebrándose, un siglo tras otro, sin otras interrupciones que las derivadas de muy excepcionales acontecimientos, como guerras o epidemias singularmente mortíferas, en muy contados años, como el presente. Sin duda que el paso del tiempo ha ido erosionando la mayoría de los explícitos significantes ideológicos que en su nacimiento tuvo la fiesta en honor de San Mateo. Matizados éstos, difusos y hasta ignotos incluso para la mayoría de sus participantes hoy, no cabe duda de que un festejo popular de tan honda raigambre y casi unánime aceptación entre la ciudadanía de Cuenca y sus aledaños, merece su mejor conocimiento.

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