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Historia

Cuenca en la revuelta de las Comunidades de Castilla cuando se cumplen 500 años

El 18 de octubre de 1520 se vivieron en la ciudad los hechos más reseñables de aquella revuelta que recorrió Castilla

Audiovisual 'Comuneros. El tiempo de la libertad. V Centenario 1520-2020' de Alfonso Domínguez.

Audiovisual 'Comuneros. El tiempo de la libertad. V Centenario 1520-2020' de Alfonso Domínguez. / Fundación Villalar. Castilla y León

En el espacio El archivo de la historia que coordina Miguel Jiménez Monteserín y que emitimos los jueves en Hoy por Hoy Cuenca, explicamos en esta ocasión las causas y consecuencias de la revuelta de las Comunidades de Castilla ocurrida entre 1520 y 1521, acontecimiento histórico del que se cumplen ahora 500 años.

'El archivo de la historia' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

MIGUEL JIMÉNEZ MONTESERÍN. ¿Un vestigio final de la rebeldía antimonárquica medieval? ¿Primera revolución moderna? ¿Qué fue exactamente aquella revuelta de las comunidades de Castilla? El complejo movimiento social de las Comunidades de Castilla obtuvo enorme atención política en el siglo XIX y ha sido objeto de amplias investigaciones en épocas más recientes. La burguesía revolucionaria vio en los comuneros a sus indiscutibles antecesores, empeñados todos en derrocar a la monarquía absoluta. Partiendo de esta base, los historiadores han intentado explicar por su parte aquellos acontecimientos calificándolos unos, desde una perspectiva conservadora, de vestigio final de la rebeldía antimonárquica medieval y otros, con la vista puesta en cambios políticos más cercanos, de primera revolución moderna. Un atisbo del futuro para estos, frustrado por inmaduro, o bien una insubordinación corporativa llevada adelante por unas oligarquías urbanas defensoras de unas libertades corporativas del todo anacrónicas.

La realidad, como en cualquier otro hecho social relevante, es sin duda más compleja por plural y diversa. Se trata sin duda de un movimiento visiblemente protagonizado por determinadas elites urbanas castellanas, pero con una repercusión rural también de carácter antiseñorial, aunque menos destacada, no menos importante sin duda. Por ello, el estudio de las Comunidades de Castilla continúa siendo todavía hoy una parcela de investigación abierta por cuanto es posible aún seguir añadiendo matices al análisis de unos acontecimientos bastante bien conocidos en su desarrollo concreto entre 1520 y 1521 procurando eludir en él lo valorativo.

Importa destacar además que los sucesos castellanos se producen, si no en sintonía consciente por parte de sus protagonistas, sí al menos en paralelo con otros de parecido signo sobrevenidos dentro y fuera de la Península Ibérica. De un lado las Germanías aragonesas entre 1519 y 1523, pero sin olvidar los levantamientos, mejor o peor documentados, que se produjeron a la vez en Andalucía, Extremadura, País Vasco, Murcia e incluso Galicia y Asturias. Hay que considerarlos insertos en un ciclo europeo que de manera harto simplista arrancaría en Alemania de la rebelión de Martín Lutero iniciada en 1516, seguida de la condena pontificia a las posiciones doctrinales del monje agustino en 1518, a las que este respondió con su llamamiento de agosto de 1520 A la nobleza cristiana de la nación alemana y culminaría con la Guerra de los campesinos de 1525. Hubo además una rebelión en Palermo en 1516, mientras que en Austria también las ciudades y la nobleza se opusieron al recién nombrado emperador Carlos V.

Pintura del siglo XIX de Manuel Picolo López, donde refleja el desarrollo de la batalla de Villalar. / Wikipedia

¿Fue un levantamiento solo urbano o afectó al mundo rural? En el caso hispano parece haber unanimidad entre los historiadores en cuanto al carácter esencialmente urbano del levantamiento. Sin embargo, junto a las ciudades, fue adquiriendo protagonismo el campo con su rebelión antiseñorial, la cual, al confluir con el movimiento municipal, desembocaría en la guerra civil en la que culminó el conflicto.

Para el historiador Juan Reglá, el final de las Comunidades y Germanías supuso una alianza estrechísima entre la aristocracia y la Corona hispana. En definitiva, los comuneros eran los defensores del corporativismo y de los privilegios urbanos derrotados por la monarquía absoluta y el capitalismo estatal. Según él: “Los comuneros defendieron, en consecuencia, la organización tradicional castellana frente al modernismo europeizante y renacentista de Carlos V.”

Para John Elliot se trataba de un movimiento de defensa surgido como reacción final después de un largo período que arrancaba del tiempo de los Reyes Católicos en el que los municipios habrían ido perdiendo sus prerrogativas políticas. Habría también un conflicto cuyo principal afectado serían las clases medias urbanas, aceptando lo anacrónico del término, derrotadas por un Imperio que sacrificaba sus intereses.

El recientemente fallecido Joseph Pérez se adhería con matizaciones a las tesis de José Antonio Maravall en cuanto al sentido revolucionario del movimiento que puso en entredicho los fundamentos de la sociedad castellana, si bien fracasó a causa de la división de la burguesía. Fue, en consecuencia, una primera revolución moderna, aunque prematura.

Los estudios de Juan Ignacio Gutiérrez Nieto pusieron en claro que lo que en un principio había sido una revuelta contra Carlos V se transformó en una guerra civil, en rebelión antiseñorial. Desde este punto de vista y más allá de la retórica de considerar medieval o moderno al movimiento, surgía la necesidad de profundizar en las raíces bajomedievales del mismo.

En esta línea y yendo aún más atrás, Julio Valdeón consideraba que el estudio de los conflictos sociales de finales del medievo proyecta una nueva luz para el entendimiento de la historia posterior. El movimiento de las Comunidades hunde sus raíces en una problemática social anterior, concretamente la de los siglos XIV y XV, la época de la crisis bajomedieval y de la consolidación de la propiedad territorial feudal.

Se desprende de lo dicho la necesidad de considerar a la rebelión antiseñorial como un componente básico de aquellos episodios tan plurales. Desde esta óptica, ¿no sería lógico ver al movimiento comunero, no como la primera revolución moderna, sino como la última revuelta medieval o, lo que es lo mismo, la culminación de un largo proceso de resistencia popular que arrancaba de dos siglos antes?

De todos modos, dicho esto, aquí en la ciudad de Cuenca y sin negar que el hecho pudiera haber tenido manifestaciones semejantes en otras urbes castellanas, emerge también la lucha de bandos en ella como algo arcaico, ligado a otra definición del poder político contra la que habrían batallado los Reyes Católicos. No se pueden entender los presupuestos del Estado esbozado por los Reyes Católicos, con sus alcances y limitaciones, sin tenerse en cuenta las tensiones provocadas por el régimen señorial. La derrota de Villalar tuvo un simbolismo político en relación con una monarquía preabsolutista, sobre todo porque significó la consolidación del régimen señorial en Castilla. Los reyes serían en adelante además de sus garantes, también sus árbitros.

Stephen Haliczer sostiene que “El concepto de ‘decadencia política’ se puede aplicar a los últimos años del reinado conjunto de los Reyes Católicos, así como a la etapa subsiguiente de crisis dinástica. Los gobiernos eran cada vez más débiles, la aristocracia cada vez más audaz en sus depredaciones y las ciudades se mostraban cada vez menos deseosas de apoyar a una monarquía cuya incapacidad se hacía cada vez más evidente. Cuando tuvo lugar la primera visita de Carlos a Castilla se había creado ya un clima prerrevolucionario y la continuación de la línea política de sus predecesores llevada a cabo por él transformó la posibilidad de la revolución en un hecho prácticamente inevitable.”

En la línea de actuación de sus predecesores, Carlos de Gante mantuvo su autoridad sobre la aristocracia y las ciudades a base de colaborar con ellas y hacer que no sintieran la necesidad de reivindicar más poder del que tenían. Si en España no hubo más revueltas de los integrantes de los estamentos privilegiados, fue porque sus intereses fueron orientados hacia carreras lucrativas en la Corte y la burocracia estatal en el contexto de la rápida expansión de la Monarquía hispana.

Cuadro 'Ejecución de los comuneros'. Antonio Gisbert Pérez. / Congreso de los Diputados

¿Cómo surgió la revuelta? ¿Cuál fue la gota que colmó el vaso? En 1516 muere Fernando el Católico y al año siguiente llega su nieto Carlos de Habsburgo a hacerse caro de su herencia, después de haberse proclamado rey tan pronto se supo en Bruselas la noticia. Reúne Cortes en Valladolid en 1518 y tanto los procuradores como cuantos tuvieron ocasión de entrar en contacto con el nuevo rey y sus cortesanos flamencos recibieron de ellos una malísima impresión. En enero de 1519 falleció Maximiliano de Austria, emperador del Sacro Imperio y abuelo paterno de Carlos. Éste optó a la elección como sucesor suyo a un elevado coste con el que pagar el voto de los príncipes electores. En junio de 1519 obtuvo el nombramiento y en noviembre, en las Cortes de Santiago, reunidas en marzo de 1520 decide subir los impuestos indirectos –las alcabalas-, suprimiendo el sistema recaudatorio que Cisneros, en su calidad de regente, había mantenido, heredado de los Reyes Católicos, arrendándolo al mejor postor, lo que suponía un gravamen mucho mayor. Hay un movimiento de oposición a la elección imperial, dado su coste, a que el rey de Castilla se ausente y una propuesta de que, en todo caso, la regencia se organice, “dando a los pueblos la parte que el derecho les da y les dieron los reyes pasados en semejantes casos”. En definitiva, se pide claramente la intervención de las “comunidades”, como entes políticos, en el gobierno del reino durante la ausencia del monarca. Carlos, después de trasladar, siguiéndole, las Cortes a la Coruña, obtienen mediante presiones, amenazas y sobornos a los procuradores un nuevo Servicio extraordinario, que así se llama el impuesto y parte parta Alemania el 20 de mayo de 1520.

Recordaremos simplemente que el descontento inicialmente formulado en el concejo toledano en febrero de 1520, luego de una intensa labor de propaganda oral y escrita desarrollada en los meses siguientes, cuajó en un movimiento político de conjunto al que se fueron sumando la mayoría de los núcleos urbanos importantes de Castilla hasta llegar a la constitución formal de la llamada Junta Santa de Ávila a fines de julio. Las posturas de quienes, con diversos matices, se mostraban contrarios a admitir el nuevo régimen de gobierno iban desde la tradicional y hasta anacrónica exigencia de poner coto en Castilla a la creciente autoridad monárquica, apostando por la recuperación tanto del debilitado poder concejil como del nobiliario, hasta quienes, en el límite opuesto, planteaban un profundo debate político acerca del ejercicio soberano del poder en un contexto calificable de tempranamente democrático. Tal podría ser el caso de los rebeldes toledanos, quienes, según Adriano de Utrech, en carta al emperador (30 de Junio de 1520):

"procuran atraher aquella ciudat a la libertad de la manera que lo stan la ciudad de Genova y otras en ytalia, y que no quieren obedecer al Governador por V. Al. puesto y constituydo ni al Conseio Real, más tan solamente a las chancillerías y a lo mesmo trebaian de induzir las otras ciudades con las quales stan confederados, (...).

Sin entrar a dilucidar ahora el espinoso tema de la condición arcaica o moderna que aquella rebelión urbana, considerada en el conjunto castellano, pudo tener, señalaremos, simplificando harto, cómo durante su desarrollo en Cuenca, a nuestro juicio, vinieron primordialmente a emerger muchas más fuerzas ligadas al modo pasado de hacer política -marcado, entre otras, por la realidad del poder señorial ejercido sobre la sociedad urbana y los principales concejos del obispado- que no a un proyecto comunal alternativo en su "modernidad" al que, con la progresión de sus mecanismos institucionales, proponía la monarquía autoritaria. De su hipotética realidad, fuera del puro nominalismo de ciertas expresiones contenidas en los documentos del tiempo, apenas si hemos hallado aquí otros vestigios que la tardía alusión de Riço al deseo general de los comuneros de "reduzir estos Reynos en Repúblicas libres, como las de Génova y Venecia". A nuestro parecer, la Comunidad, considerada en su aspecto más superficial, esto es, sin tener en cuenta posibles debates ideológicos, ni las dificultades materiales del tiempo o aquellos conflictos sociales tramados con los más emergentes ahora expuestos, vino, pues, a resumirse aquí en un enfrentamiento entre dos bandos urbanos harto anacrónico ya por sus raíces y lo reiterado del modelo, en el cual, además de la nueva perspectiva política planteada, la presencia del elemento converso introduciría un matiz destacado.

¿Qué situación política había en Cuenca para que la ciudad se sumara o no a la revuelta? Aunque perteneciente ya a otra generación, Luis Carrillo de Albornoz, alcalde mayor de los hijosdalgo de Castilla, encarnaba en Cuenca una buena parte de las inquietudes del sector nobiliario que había sido derrotado en la guerra civil con que habían iniciado su reinado los Reyes Católicos. En su ascendencia y conexiones familiares, como era habitual, se entrecruzaban los linajes. También en él quedaba finalmente demostrada la perenne solidaridad nobiliaria, superadora a la larga de los enfrentamientos políticos coyunturales que pudieran ofrecerse. Era nieto de Gómez Carrillo, hermano de Lope Vázquez y del arzobispo Carrillo, aliados del marqués de Villena; su madre, Mencía de Mendoza, era hermana del primer duque del Infantado; él estaba casado con Inés de Barrientos, nieta del obispo y prima de Diego Hurtado como hija de María de Mendoza, hermana del padre de éste.

Aprovechando la confusa situación originada a la muerte del rey Fernando, unos y otros vieron llegada la hora de hacer prevalecer en aquella ocasión su propia influencia local, reproduciendo actuaciones anteriores y esquemas de comportamiento que podríamos calificar de "clásicos". En septiembre de 1506, a la muerte de Felipe "El Hermoso", fueron los Hurtado de Mendoza quienes tomaron la iniciativa de hacerse con el poder local, mediante un golpe de mano que, con el nombramiento de alcalde forales, privó de autoridad al corregidor Martín Vázquez de Acuña. Ausente en Nápoles a la sazón el rey Fernando, justificaría años más tarde Diego Hurtado su actuación como un gesto de fidelidad monárquica, encaminado a evitar que en tan delicado momento el embajador del emperador Maximiliano adoptara iniciativas en Castilla al dictado de éste, según propugnaban algunos "grandes" del reino con el marqués de Villena al frente. Diez años después, la muerte del rey de Aragón en enero de 1516, abriría un período tenso y difícil en el que menudearían las escaramuzas urbanas entre los "criados" de Mendozas y Carrillos, juntos con sus respectivos parientes canónigos, sin que faltaran tampoco las agresiones a los alcaldes y alguaciles nombrados por los corregidores.

"(...) e como hera a boca de noche, [los criados de Luis Carrillo] andovyeron toda aquella noche en quadrilla armados por las calles de la dicha çibdad, alborotándola (...) y apellidando por toda ella diziendo, "Carrillo, Carrillo, Albornoz, Albornoz". Et porque el tenyente dela dicha çibdad fue a proveer en ello, le pusyeron una ballesta armada a los pechos e se boluyó syn fazer cosa nynguna sobrello. (...) Otrosý, que, yendo el dicho Gómez Carrillo acompañado de los dichos delinquentes al lugar de Valdeganga, qu'es de la dicha çibdad, donde estovo dos o tres días, mataron allý un hombre del dicho lugar e se bolvyeron a la dicha yglesia mayor dela dicha çibdad, donde el dicho Gómez Carrillo los ha favoresçido e resçebtado en su casa e dándolos de comer e todo lo que han avydo menester fasta agora que se andan dende allí a su casa e tienen todavía la dicha yglesia a manera de encastillada."

"Yten, unos criados e parientes de Diego Manrique, canónigo, primo de Diego Hurtado, acuchillaron al licenciado Adulça, theniente que fue en la dicha çibdad por el marqués de Falçes, vuestro corregidor, fasta que lo dexaron por muerto, a los quales el dicho Diego Manrique reçeptó et tovo e al presente tiene algunos dellos en su casa. Y algunos delos que fizieron el dicho delito están reçeptados e acogidos en tierra del dicho Diego Hurtado."

El doble objetivo perseguido por unos y otros era ya viejo entonces. En sustancia, soslayando cualesquier trabas institucionales, ambos bandos se proponían controlar para los suyos desde el concejo, además del poder urbano, los importantes pastizales de uso común a los habitantes de la tierra de Cuenca.

"Yten, la çibdad tiene sentençias et cartas executorias para que la syerra sea pasto común e sin embargo de aquello el dicho Diego Hurtado e Luys Carrillo su consuegro e otras personas tienen ocupadas las dichas sierras. E aún sobre esto, los vasallos de Diego Hurtado mataron un pastor. E a esta cabsa la tierra de Cuenca se despuebla e se pueblan los señoríos, (...)."

A tales objetivos, que no eran sino los de buscar sustento al poder propio alentando las oportunas redes clientelares, se aplicaban con denuedo los partidarios de cada linaje, generando en Cuenca y su tierra un clima de violencia e inseguridad, en cierto modo semejante al que había precedido a la llegada al trono de los Reyes Católicos.

No mejoraron demasiado las cosas durante los primeros años del reinado de Carlos de Gante. Reaccionando ante el vacío de poder producido por los sucesos derivados de la marcha a Alemania del emperador, como ya lo habían hecho medio siglo antes en medio de otra guerra civil, una parte de los regidores, respaldado ahora por la familia del Guarda Mayor, promovieron una suerte de conspiración local que hubo de converger con la Comunidad más o menos popular constituida a la sazón.

“Este día [25 de mayo de 1520] los dichos señores concejo, dijeron que, por cuanto, de pocos días a esta parte, se han cometido delictos en esta ciudad e se ha muerto un hombre a traición en medio de la plaza de Santo Domingo, los delincuentes se andan de iglesia en iglesia y desde ellas han salido a cometer otros delictos y se espera que saldrán a los cometer de cada día, en mucho deservicio de sus majestades e haciendo mucho escándalo y alboroto en esta cibdad.”

Rodrigo Manrique, hermano de Diego Hurtado, y el canónigo Diego Manrique, primo de ambos, volvieron repetir la maniobra de hacerse con las varas de justicia con la pretensión de controlar ellos la situación desde el Concejo.

"Yten, la çibdad tiene sentençias et cartas executorias para que la syerra sea pasto común e sin embargo de aquello el dicho Diego Hurtado e Luys Carrillo su consuegro e otras personas tienen ocupadas las dichas sierras. E aún sobre esto, los vasallos de Diego Hurtado mataron un pastor. E a esta cabsa la tierra de Cuenca se despuebla e se pueblan los señoríos, (...)."

"Yten, quando la comunydad se levantó, el susodicho Rodrigo Manrique tuvo manera cómo el theniente dexase la vara a un regidor y el dicho Rodrigo Manrique la dió de su mano a un licenciado Cuéllar, su letrado del dicho Diego Hurtado. E favoresçió a Diego Manrique, canónigo, para que fuese capitán della, como lo fue."

"Que en quanto a lo que dize que quién hizo la comunidad en la dicha çibdad e la juró en la yglesia de sancto Domingo, que dello no sabía dar buena cuenta, porque al dicho tiempo él [Diego Hurtado] residía en Flandes, en serviçio de vuestra magestad. Más que lo que ha oýdo es que la comunidad se levantó en la dicha çibdad, como en los otros lugares del reyno, e estando allí Rodrigo Manrrique, su hermano, e el canónigo Diego Manrrique con él, travajaron por la sosegar e allanar e asý lo hizieron hasta que, después, se tornaron a lleuantar otra vez e echaron fuera a los dichos e a doña Francisca de Silva, madre del dicho Diego Hurtado e a sus hijos. E rrovaron su casa e hizieron capitán a quien les plugo. E de todo esto que suçedió, vuestra majestad no mandó entender en ello cosa alguna, porque no hovo quién se quexase. Y se perdonó por el perdón general. Y la causa porque no hovo memoria de los que asý lo fizyeron no lo sabe.".

Por todo ello, cuando, pasado el primer hervor de la violencia popular, Luis Carrillo de Albornoz, pudo hacerse con la capitanía de la milicia urbana, la ofensiva dispuesta contra él y los de su bando por el de los Mendoza no parece haber implicado en principio, sino más bien todo lo contrario, solidaridad alguna con el monarca o los regentes. Se trataba una vez más de poner en claro cuál de los dos bandos iba a ejercer allí incontestadamente el poder para beneficio propio, prescindiendo por completo de la autoridad del corregidor. Aliados con algunos de los más destacados miembros del cabildo catedral los dos bandos promovieron diferentes escaramuzas urbanas que culminaron en el intento de toma de la ciudad la noche del 18 de octubre de 1520, protagonizado por Rodrigo Manrique y su primo el canónigo. Por su parte el tesorero de la catedral Gómez Carrillo -hermano de padre de Luis Carrillo- se había hecho fuerte en la torre de aquella. Mientras, desde la cercana fortaleza episcopal de Huerta de la Obispalía, los canónigos Juan del Pozo y Juan Rodríguez de Pisa apoyaban la acción de los secuaces de los Manrique.

¿Hasta dónde llegó la revuelta en al ámbito de la provincia de Cuenca? Otros conflictos, marcados por el signo de la protesta ‘antiseñorial’, alcanzaron a los señoríos de El Provencio, en manos de la familia aragonesa de los Calatayud, y de Santa María del Campo (de la que era señor el salmantino Bernardino Castillo Portocarrero), los marquesados de Moya (Cabrera) y Villena (Pacheco) y la encomienda santiaguista de Villaescusa de Haro. Sus habitantes, reclamando ser adscritos al realengo, buscaban amparo frente a la denunciada arbitrariedad de sus señores. Los componentes de la oligarquía urbana de la capital no terminaron en realidad de secundar abiertamente los propósitos formulados por la Junta de Tordesillas y, en consecuencia, paliaron el vacío de poder suscitado nombrando alcaldes con arreglo a la normativa del Fuero, manteniéndose después en un ambiguo terreno de negociaciones con los rebeldes y los regentes imperiales durante todo el año 1521.

Para mayor confusión del problema, su teórico valedor en aquella ocasión, el marqués Diego Hurtado, que había acompañado a Carlos hasta Flandes para la coronación imperial, fue enviado por el monarca a España en julio de 1521 con el fin de que, desde Pamplona, le informase verazmente de cuanto se proponían el condestable y el almirante de Castilla, luego de que éstos hubiesen sofocado la revuelta en Villalar. Al marchar como cortesano, había designado a su hijo mayor, don Hurtado, para ocupar la guardería de Cuenca, situación que aprovecharon, como se ha dicho, éste y sus tíos Rodrigo y Diego Manrique para promover disturbios en la ciudad del Júcar, rápidamente contestados por los del bando contrario.

Un proceso inquisitorial incoado años más tarde contra el escribano Juan de Huesca, uno de los principales líderes del bando converso, nos ha permitido desenredar en parte la compleja madeja formada por éstos y los posteriores sucesos en que los miembros de la familia Hurtado se vieron involucrados.

En 1523 llegó a Cuenca como corregidor Luis Méndez de Sotomayor. Su teniente era Juan Cervantes, abuelo del autor del Quijote. Metidos ambos en la faena de poner orden en el embrollado panorama social que en la ciudad hallaron, un incidente callejero, habitual entonces, por otra parte, en el transcurso del cual los criados del canónigo Diego Manrique midieron sus fuerzas con el alguacil del corregidor y sus hombres durante la ronda nocturna a la ciudad, vino a confrontar de modo expreso, una vez más, al ejercicio de la autoridad real, presunto garante de la justicia, con la realidad del poder nobiliario ejercido por el guarda mayor y su familia. Aunque Diego Hurtado obstaculizó la venida a Cuenca de un juez especial, cuando, a instancias de Cervantes, fue Juan de Huesca a la corte a relatar los hechos, estimaron allí oportuno enviar al doctor Quirós como pesquisidor. Las sentencias pronunciadas en esta ocasión fueron ejemplares, si bien su cumplimiento hubo aún de dilatarse.

"Sentencias contra la casa del señor Diego Hurtado e sus hijos e parientes e criados e allegados, e canónigo Manrique.

Que condenó al señor Rodrigo Manrique e Garci Manrique e don Hurtado en destierro perpetuo desta çibdad e su tierra y en cada mill castellanos de oro para la cámara e fisco y en sesenta días de salario y en veinte mill maravedís por las armas que sacaron, e al dicho don Hurtado a perdimiento del oficio de la guarda e a que derribasen la quarta parte de la casa del dicho Diego Hurtado fasta los çimientos."

Aportando un buen número de testigos, tan parciales a los Mendoza como falsos en sus dichos, durante la "residencia" a que fue sometido Juan de Cervantes al final de su mandato durante los primeros meses de 1524, todavía se dio lugar a un nuevo proceso.

"(...) passado lo suso dicho, vino el liçençiado Martín López de Oñate por juez de resydençia, el qual le fue muy favorable al dicho Diego Hurtado e a los de su valía y muy parçial contra el dicho liçenciado Cervantes en la resydençia que le tomó. E doña Françisca, hija del dicho Diego Hurtado, hizo poner por acusador del dicho liçençiado Cervantes a Alonso de Verdejo e le pusyeron muchos capítulos e soliçitadores contra el dicho liçençiado e contra el corregidor don Luys Méndez y ella pagaba a los escribanos de la resydençia e a los soliçitadores e testigos e a quien quería ponelle demandas. Y a quien no quería convocaban que las pusyesen y pagavan a los escribanos y dava letrados a su costa, (...)."

El recurso presentado por Huesca directamente al emperador dio sus frutos con el envío a finales de 1524 de dos nuevos pesquisidores, los licenciados Rivadeneyra y Salmerón, dispuestos a poner finalmente en claro los manejos políticos y económicos que la familia llevaba a cabo en la ciudad y su tierra. No fue ya suficiente la influencia del marqués de Cañete para parar el golpe, por más que, pese a todo, ni él ni su hijo Don Hurtado dejaron de figurar en la corte imperial. No entraba en los planes del César Carlos, como tampoco en el de sus abuelos, aplastar ni apartar de sí a la nobleza rebelde. En la nueva época recién inaugurada, se había de tratar más bien de implicar a los aristócratas en los proyectos políticos de la monarquía, lo que además de ampliar el horizonte de sus miras, los alejaba físicamente de aquellos lugares donde su poder había venido echando raíces de antiguo.

Importaba por eso que en Cuenca un gesto espectacular marcase bien las diferencias entre el pasado y el presente. Con la intención de señalar a todos la nueva realidad del poder social y político vicarios del regio que en adelante ejercería la familia, se le prohibiría, concluir la casa fuerte que, derrocado el castillo por orden de los Reyes Católicos, proyectaron construir al comenzar el quinientos en los aledaños del antiguo alcázar, como medio eficaz de poner en práctica sus proyectos de ejercer desde Cuenca un poder concurrente al monárquico que, a todas luces, comenzaba a estar ya fuera de lugar y de tiempo.

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