El desprecio
Javier Llopis, periodista

La Columna (14/12/2020) Javier Llopis, periodista
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Alcoi
Hay que reconocerlo: fuimos todos unos agoreros. Nadie daba un duro por el curso escolar 2020/2021. Cuando los niños empezaron a ir a clase el pasado mes de septiembre, en medio de una segunda ola pandémica propiciada por la irresponsable desescalada veraniega, se estableció una extraña competición en la que todos participamos y en la que ganaba el que hacía el pronóstico más negro. Se decía entonces, con absoluta convicción, que la actividad escolar duraría apenas unas semanas y que sólo era cuestión de tiempo el cierre de los colegios y el regreso de los estudiantes a sus casas para recuperar la educación a distancia de los peores días del confinamiento.
Todas estas profecías han fallado clamorosamente. Colegios de primaria, institutos y universidades están a punto de completar el primer trimestre manteniendo la actividad educativa y adaptando el funcionamiento de los centros a estos tiempos extraños de mascarillas y de distancias de seguridad. Si los responsables políticos de la Educación pueden ponerse la medalla de haber organizado este complejo dispositivo, hay que subrayar un hecho incontestable: nada de esto habría sido posible sin el gigantesco sobresfuerzo realizado por los profesores. El presunto milagro educativo es el fruto de la capacidad de un colectivo profesional, los docentes, para adaptarse a una nueva realidad y para responder con efectividad a las enormes exigencias laborales que plantea una crisis sanitaria mundial.
Sorprende la falta de reconocimiento público con la que se está desarrollando esta tarea titánica. La España que salía a los balcones para rendir un merecido homenaje a los sanitarios, ignora el papel que están realizando unos profesores, que cada día se ven obligados a desdoblarse en innumerables frentes y a asumir funciones que están muy lejos de sus estrictas responsabilidades laborales: desde vigilar que los niños cumplan las medidas preventivas a actuar con rapidez en caso de que haya un alumno con unos grados de fiebre.
Se podrían escribir varios tratados sociológicos sobre esta inexplicable diferencia de trato, pero la realidad es mucho más dura y mucho más simple: vivimos en un país que desde hace siglos desprecia la educación; una nación burra e ingrata, que nunca ha valorado en su vital importancia el trabajo de los maestros que educan a sus hijos.




