Jueves, 24 de Junio de 2021

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El nuevo camino de Eduardo Guerrero

El bailaor gaditano arriesga en su estreno de "Debajo de los Pies" en el Teatro Villamarta

Los seis artistas de "Debajo de los pies", con Eduardo Guerrero a la derecha, saludan al público del Teatro Villamarta

Los seis artistas de "Debajo de los pies", con Eduardo Guerrero a la derecha, saludan al público del Teatro Villamarta / Cadena SER

Hay en la escenografía de Debajo de los pies un aire a manicomio. Vestuario blanco, un encierro, personajes que ríen y sufren casi al mismo tiempo, imágenes y sonidos que se superponen, ecos de tragedias, sueños de vidas mejores. El nuevo espectáculo de Eduardo Guerrero, estrenado en el Teatro Villamarta en el marco del Festival de Jerez, es un paso más allá en su modo de entender del arte. Y no solo el baile. Sí, está el poso de la tradición flamenca, pero sin excesivas concesiones. Hay más experimento, más vanguardia, más Buñuel. Es un nuevo camino. Y nadie ha dicho que el camino tenga que ser fácil.

La nueva obra de Eduardo Guerrero, con la dirección artística de Mateo Feijóo, y el asesoramiento puntual de artistas como Marco Flores y Rocío Molina, comienza con las luces encendidas, el público a medio sentarse, y las indicaciones de seguridad todavía en megafonía. Los seis artistas que componen el espectáculo (el propio Guerrero, los bailaores Alberto Sellés y Sara Jiménez, el cantaor Ismael de la Rosa, el percusionista Manuel Reina y el guitarrista José Acedo) salen al escenario ante la sorpresa general y allí mismo, delante de todos, se desnudan y se visten de blanco. Cae un telón de franjas blancas verticales y paralelas que encierra el escenario a modo de jaula. Será también una pantalla.

Ha contado Eduardo Guerrero que Debajo de los pies es una amalgama que une distintos puntos de vista, que hay un triple juego entre la armonía, lo lúdico y el caos. Hay un origen en un poema y, sobre los versos, la creencia de que el cuerpo tiene su propio diálogo interno. Y ese cuerpo, a la vez, dialoga con los de los demás. Hay un paso más allá en la investigación de nuevas formas de contar cosas. Por eso gran parte del protagonismo de este espectáculo se lo lleva el trabajo de Los Voluble, que han montado el impresionante juego audiovisual, de efectos sonoros y proyecciones, con la iluminación multicolor, que deja momentos de enorme belleza y también varias explosiones en la cabeza.

El relato cuenta con los testimonios proyectados del Tío Maleno, referente en Jerez de la sabiduría flamenca que da la edad, y de Remedios Amaya, símbolo perfecto de unos pies (descalzos) que saben pisar en un escenario y que tienen el camino hecho. Hay grillos, sonidos de mercadillo, imágenes que evocan guerras en pleno conflicto entre Israel y Palestina, las vallas de Melilla... Los Voluble, artistas del apropiacionismo, componen un viaje entre lo cercano y lo apocalíptico, entre lo bello y lo incómodo... En definitiva, como la vida de ahora.

Eduardo Guerrero llegaba a este espectáculo tras la parálisis que ha supuesto la pandemia, y necesitaba un terremoto creativo, que ha materializado en un cambio de su elenco habitual. José Acedo, a la guitarra, ha sido el director musical. En este apartado la experimentación es más comedida, entre bulería, alegría, milonga y tangos, aunque con arranques innovadores impulsados por la batería de Manuel Reina.

Sara Jiménez desborda delicadeza. Brilla en una pieza que le canta casi en susurro el cantaor. Alberto Sellés aporta su arrojo y fuerza. Se atreve a cantar y clava en su destreza llevando un ride de la batería con una cuerda a modo de mascota. Y con Eduardo Guerrero componen diálogos que huyen del despliegue gratuito de recursos, para jugar más con los matices. El Villamarta, con mucho público gaditano, le aplaude más en los arranques de fuerza, en su zapateado impresionante, en su virtuosa contorsión, pero el bailaor insiste en rebuscarse a sí mismo, en huir de lo bello. Desbarata los cantes de Cádiz con pitos carnavalescos. No quiere encontrar lo perfecto. Está en otra búsqueda.

En este manicomio que es el mundo actual, Guerrero ha encontrado en el baile un refugio a modo de laboratorio. Su vestuario es blanco. Como las camisas de fuerza. O las batas de los científicos que investigan. El blanco domina el eficaz vestuario de Maura & Revuelta, donde una bata de cola de quita y pon, es vestido, es velo y es también tablao para bailar sobre ella.

Guerrero termina herido, mientras los demás acaban desnudos para arroparle. Y el bailaor, envuelto en esas prendas blancas que vestían a los suyos, se desmorona en un final que, como los sueños, se abre a múltiples interpretaciones. Es muerte o es vida. Es condena perpetua o liberación. Es cierre o es apertura. Quizá ni siquiera sea el final. Es el principio del nuevo camino de Eduardo Guerrero. 

 

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