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Opinión

Varias preguntas a la monstera

"Me pregunté quién eres tú que mientras trabajas, mientras trabajas demasiado, mientras trabajas demasiado con demasiada presión y durante demasiadas horas, y en muchas ocasiones sin un sueldo que compense tu esfuerzo con justicia, quién eres tú que decides apostar por la belleza: por dos plantas junto a la ventana de la sala de espera"

La píldora de Elena Medel | Varias preguntas a la monstera

La píldora de Elena Medel | Varias preguntas a la monstera

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Madrid

En la sala de espera del hospital algunos carteles ruegan silencio y mascarillas, más apoyo para la sanidad pública. Los mismos carteles y los mismos asientos, en igual disposición, se repiten piso a piso: identificas de qué especialidad se trata por la señalización junto a la escalera. Sin embargo, era por mayo, y en la sala en la que me tocó esperar habían colocado dos plantas en el alféizar de la ventana. A la derecha una costilla de Adán, a la izquierda una cinta. La monstera resistía, aunque sin esplendor, y la cinta mostraba ya algunas hojas secas; también se llama, me hizo gracia al buscarlo en internet, «malamadre» o «lazo de amor». Pero ahí se mantenían. Me pregunté quién habría decidido comprarlas para alegrar aquel espacio; quién las regaría para garantizar la humedad, quién las cambiaría de sitio para evitar el sol directo. ¿La limpiadora que insistía en cada superficie? ¿La enfermera que recogía nuestras citas? ¿La médica que me atiende? Me pregunté quién eres tú que mientras trabajas, mientras trabajas demasiado, mientras trabajas demasiado con demasiada presión y durante demasiadas horas, y en muchas ocasiones sin un sueldo que compense tu esfuerzo con justicia, quién eres tú que decides apostar por la belleza: por dos plantas junto a la ventana de la sala de espera. Era por agosto y regresé al hospital, a otro edificio y por otra cuestión, pero me sobraba un rato y me acerqué a buscar aquellas plantas. Las habían movido al suelo, en un rincón más amable, buscando protegerlas del calor. La cinta aguantaba, la costilla de Adán incluso había crecido: alguna hoja más, y más brillante. Gracias por la delicadeza a quien se cruzó con alguien que quizá temiera una mala noticia, o que la conociera ya, y gracias a quien pensó que aquellas plantas calmarían los nervios y el dolor ajenos, quizá también los propios: al fin y al cabo, ellas —la monstera, la cinta— sobreviven en una situación adversa.

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