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El cobalto esclaviza el Congo para cargar nuestras baterías

El escritor y activista Siddharth Kara se adentra en las minas de cobalto del Congo para documentar la “violencia atroz” que sufre la población

La esclavitud del Cobalto

La esclavitud del Cobalto

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El cobalto, componente esencial de las baterías que alimentan nuestros dispositivos tecnológicos, procede en un 75% de la República Democrática del Congo y es extraído de sus minas por niños en condiciones de sufrimiento que les llevan, en ocasiones, a la muerte. Es parte de una investigación del escritor Siddharth Kara que revela los abusos contra los derechos humanos en las minas de este país que las grandes empresas tecnológicas “han logrado ocultar”, según denuncia.

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En su libro “Cobalto Rojo” (Capitan Swing), el activista se ha adentra en el territorio del cobalto para documentar con testimonios de los afectados las “brutales” prácticas mineras y sus consecuencias para la población y el medio ambiente del Congo. Sus enormes pozos son visibles desde el aire.

  • Es impactante la descripción que haces de estas minas de cobalto en la República Democrática del Congo. Las comparas con la esclavitud en la construcción de las pirámides en el antiguo Egipto. Lo explicas en el libro, pero me gustaría que me ayudaras a explicar a los oyentes dónde están estas minas.

Bueno... si abres un mapa, en Google Earth (por ejemplo) o cualquier otro en tu ordenador, hay que localizar la República Democrática del Congo, que es un país enorme en el corazón de África del tamaño de toda Europa occidental. Hay que fijarse en dos ciudades: Kosi y Lubumbasi, en el extremo sudoccidental del país. Es entre esas dos ciudades, que están separadas por unos cientos de kilómetros de distancia, donde se encuentran las mayores reservas de cobalto de todo el mundo.

Exactamente, la cuarta parte de las reservas de cobalto conocidas en todo el mundo. Es ahí donde está la zona cero. La mayoría de la gente no lo sabe, pero esta es una de las ciudades más importantes del mundo.

  • Y dices que son visibles a través de Google Maps...

Sí, si utilizas Google Earth y haces zoom en esa zona, se aprecia la destrucción total de esa parte de la tierra. Se aprecian las enormes cavernas excavadas en la tierra. Son grandes pozos que se ven en tono marrón y que están por todas partes. Allí se han talado millones de árboles. El agua se ha acabado o está contaminada. La ciudad ha sido empujada a la periferia, y todas las personas que solían vivir en la zona han sido empujadas a la periferia mientras estas enormes explotaciones mineras acaban devorando la ciudad.

  • Y son esas las minas que visitas para describir el horror de la nueva esclavitud de nuestro siglo. Una esclavitud más compleja que en el pasado y oculta al mundo... ¿Cómo han logrado las grandes empresas ocultar estas atrocidades que describes en el libro?

Las grandes empresas tecnológicas han conseguido ocultar la verdad de la violencia atroz que existe en la base de sus cadenas de suministro de cobalto y que sufre el pueblo de la República Democrática del Congo y el medioambiente que los rodea. Lo han conseguido con mensajes de marketing muy astutos, comunicados de prensa y presentaciones públicas de que se adhieren a los principios de derechos humanos en sus cadenas de suministro hasta el nivel más bajo, el minero.

Siempre ponen el énfasis en eso... en que tienen políticas de tolerancia cero con el trabajo forzoso y el trabajo infantil, que mantienen la dignidad humana y que la minería se realiza de manera sostenible. Y por supuesto, sus usuarios y consumidores, aceptan estas declaraciones... ¿por qué no lo íbamos a aceptar? ¿Quién va a ir al Congo a comprobar que la verdad es completamente diferente? Eso es lo que está sucediendo ahora.

Los periodistas e investigadores van al Congo y ven que estas declaraciones no tienen ningún valor. Comprueban que se está cometiendo una enorme violencia contra el pueblo del Congo, que su dignidad y sus medios de vida básicos están siendo pisoteados por el orden económico global que está por encima de ellos. Pueden ver cómo estas operaciones mineras están destruyendo completamente el medio ambiente. Esa es la verdad. La verdad está allí, sobre el terreno. La verdad sale del testimonio de los congoleños, no de boca de los equipos de marketing de las empresas de tecnología.

Creo que la otra razón por la que han podido ocultar la verdad de lo que está sucediendo en la base de sus cadenas de suministro es porque son esas personas las que están allí. Son los africanos los que se preocupan por África. Si realmente las empresas se preocuparan por la situación de los africanos, ya habrían solucionado este problema. Pero no lo han hecho. Tomaron la decisión de no hacerlo. Y eso significa que la vida de esas personas no cuenta igual que la nuestra. Su entorno no cuenta igual que el nuestro. Y esa es la injusticia que hay que corregir en el tema de los recursos y personas en el corazón de África explotada por el Norte Global.

  • Al final, en esto, todos somos un poco cómplices por el uso de esta tecnología...

Todos. Sí. Todos participamos en esto... todos participamos en esta violencia que se está infligiendo contra la gente y la tierra en el corazón de África. Participamos en ello todos los días, pero sin darnos cuenta.

Cuando compramos nuestros teléfonos inteligentes, incluido yo mismo, no pensamos: "Bueno, hoy, cuando enchufo mi teléfono, algunos niños en el Congo van a morir o sufrir alguna lesión horrible". Ese no es el proceso de pensamiento que tenemos porque aceptamos las garantías de marketing de las empresas que nos venden estos dispositivos. Así que nos convertimos en participantes involuntarios. Deberíamos estar cabreados por eso.

En última instancia, la responsabilidad de garantizar los estándares básicos de derechos humanos y la dignidad en estas cadenas de suministro debe recaer en las partes interesadas en la cima de la cadena, es decir, las empresas de tecnología y coches eléctricos. Ellos son los que han creado esta demanda, esta lucha y esta fiebre por el cobalto.

Con los aparatos y automóviles que nos venden a todos y ganando enormes cantidades de dinero con ello, han creado la demanda. Toda la cadena de valor existe sólo gracias a la demanda que han creado. Por lo tanto, es su responsabilidad estar en el terreno, garantizando que cuando dicen que los principios de derechos humanos se respetan hasta el último minero que trabaja allí, eso esté realmente sucediendo. Y cuando dicen que la minería se realiza de manera sostenible, en todo el corazón de África, en realidad eso es cierto en este momento. Pero no es verdad.

Un joven no identificado parado cerca de un pozo en una mina de cobalto el 14 de diciembre de 2005 en la mina Ruashi | GettyImages

Un joven no identificado parado cerca de un pozo en una mina de cobalto el 14 de diciembre de 2005 en la mina Ruashi | GettyImages / Per-Anders Pettersson

  • Y esta es una historia que se viene repitiendo en Congo desde hace siglos. Con tortura incluida... lo cuentas también en tu libro.

Creo que es muy importante que la gente comprenda la historia, porque da contexto a lo que está sucediendo ahora y por qué está sucediendo. En este caso, hay que remontarse a la primera revolución del automóvil. Con la invención del vehículo con motor de combustión interna inventado por Karl Benz en 1885. Ese fue el mismo año en que el rey Leopoldo Segundo de Bélgica se aseguró el interior del Congo como colonia personal, tras la Conferencia de Berlín.

Es importante que la gente entienda que lo que está sucediendo hoy es sólo parte de la continuación de una larga historia de saqueo extranjero Ese primer auto tenía llantas de madera, llantas de madera revestidas de acero. No se podía ir muy rápido a menos que quisieras correr el riesgo de que se desmontara el coche. Tres años después, un escocés llamado Dunlop inventó un neumático de caucho.

Resulta que el Congo estaba asentado sobre una de las selvas tropicales de árboles de caucho más grandes del mundo. Entonces, el rey Leopoldo desplegó un ejército de mercenarios terroristas para obligar a la gente a extraer el caucho de esas selvas tropicales. A las personas que no cumplían con la cuota les cortaban las manos, les cortaban las orejas y mataban a los niños. Y esto siguió y siguió. Este saqueo genocida continuó durante décadas. El rey Leopoldo se llevó el equivalente a miles de millones de euros. Y el pueblo del Congo tuvo que sufrir esta esclavitud y tortura porque el mundo necesitaba su caucho.

Ahora llegamos a esta nueva revolución automovilística, la de la transición del motor de combustión interna a los vehículos eléctricos. Y casi todos esos coches necesitan cobalto para fabricar sus baterías. Hasta diez kilogramos de cobalto refinado por batería. Y una vez más, el Congo se presenta como el suministro mundial de cobalto. Es a partir de ahí cuando empezamos a tener un nuevo saqueo colonial en marcha.

No es el rey de un país el responsable pero sí lo son los reyes de la industria, la tecnología y las empresas de vehículos eléctricos en particular, que están desplegando un nuevo capítulo de violencia y saqueo contra el pueblo del Congo debido al recurso que se necesita para sus dispositivos y automóviles.

  • En el libro explicas cómo funciona ese mercado global de Cobalto del que tanto depende la transición ecológica... un mercado en el que China ha tomado ventaja haciendo lo que ya hacía Occidente en el pasado que es explotar a los obreros...

Sí, China está tomando posiciones para colonizar y saquear África. Y lo puede comprobar cualquiera que pase tiempo sobre el terreno en África en muchos países. Han obtenido, de manera muy estratégica y astuta, acceso a recursos valiosos, necesarios para impulsar su economía.

En el caso de las baterías recargables para alimentar la economía recargable del mundo, China vio el futuro. Lo hizo hace 15 o 20 años, antes de que Occidente siquiera se diera cuenta de que el futuro eran las baterías recargables. Exploraron la Tierra y se dieron cuenta de qué metales se necesitaban. Incluyendo cobalto. Vieron dónde estaba ubicado todo el cobalto. Y a partir de 2009, comenzaron a bloquear esas áreas mineras, a intercambiar proyectos de infraestructura, subvenciones y ayuda extranjera al gobierno congoleño a cambio de acceso a concesiones mineras.

Hoy controlan alrededor del 70% de la producción minera de cobalto en el Congo. Produjeron alrededor del 80% del suministro mundial de cobalto refinado el año pasado y más de la mitad del suministro mundial de baterías recargables. Y lo han controlado antes de que Occidente siquiera prestara atención a esto. Ahora vemos a Europa occidental y a los países de América del Norte luchando por descubrir cómo evitar esta ventaja de China. Es una vulnerabilidad estratégica ser tan dependiente de China para estas baterías recargables. Pero es un poco tarde para que Europa Occidental intente resolver esto.

  • Y todo esto con un daño ambiental enorme. Dime Siddharth, ¿todavía conservas en tu memoria esos olores que describes en el libro de las zonas contaminadas por las minas?

Cuando caminas por las provincias mineras del Congo atraviesas un escenario de apocalipsis total. Las empresas mineras acaban arrasando el campo. Cuando digo concesión minera, hablamos de un territorio que se le ha dado a una compañía minera para que lo destroce en busca de cobalto y la concesión minera más grande en esa parte del Congo de la que hablamos (entre Lubumbashi y Kosi) es más grande que el tamaño de Londres. Así que imaginemos una sola concesión minera del tamaño de Londres.

Esa es la cantidad de tierra que acaba de ser destruida. Todos los árboles talados, la tierra excavada en enormes hoyos, se construyeron enormes instalaciones de procesamiento que escupen sustancias tóxicas al aire, al agua y que cubren a la gente que vive en esas áreas y en las aldeas circundantes.

Todas las personas que solían vivir en esa tierra fueron expulsadas, y ahora sobreviven al borde de la inmundicia sin otra forma de sobrevivir que regresar al territorio donde solían vivir y tratar de llenar un saco de cobalto con sus propias manos. Y el cobalto es tóxico al tacto y tóxico para respirar. De esta forma, madres, padres e hijos intentan llenar un saco de cobalto con sus propias manos para ganarse ese día uno o dos euros, que les alcanza para comer y sobrevivir hasta el día siguiente.

Toda la población de la zona ha sido llevada al límite, desplazada por las operaciones mineras, sin otra forma de sobrevivir. Todo el paisaje circundante ha sido contaminado con metales pesados y tóxicos de las empresas mineras. Todos los animales de los que se abastecen (pollos, cabras...) todos están contaminados con metales pesados. Los ríos, los peces, todo está contaminado.

Y por supuesto, la gente está contaminada. Sufren cánceres, enfermedades de la tiroides, dolencias respiratorias, dolencias neurológicas, defectos de nacimiento. Toda una serie de calamidades sanitarias además de la violencia contra los derechos humanos y la violencia medioambiental. Gracias a eso, podemos enchufar nuestros teléfonos y conducir vehículos eléctricos.

 
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