Los primeros monstruos no tenían nada que ver con los actuales: así han evolucionado hasta nuestros tiempos
La palabra ha terminado adquiriendo un significado negativo, algo que dista de su acepción primitiva
Los primeros monstruos no tenían nada que ver con los actuales: así han evolucionado hasta nuestros tiempos
Madrid
La Real Academia Española tiene en la actualidad dos acepciones para la palabra monstruo: una en la que este término puede referirse a "un ser que presenta anomalías o desviaciones notables respecto a su especie", y una segunda en la que nos referimos a un "ser fantástico que causa espanto". Ambas distan mucho de los matices que ha tenido esta expresión a lo largo de la historia.
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En Serendipias, Ignacio Crespo ha contado con la presencia del filósofo y colaborador habitual del programa de la Cadena SER, Luis Cortés, quien ha explicado que el hecho de advertir con esta palabra viene de su origen. Y es que en ese momento, hace miles de años, la palabra monstrum, en latín, era "una advertencia de los dioses, un presagio, pero no era necesariamente negativo; a veces se trataba de algo bueno que estaba por venir".
Sin embargo, destacaba Cortés, esta expresión "se ha ido asociando solo a lo malo", y es con la llegada del siglo XVI, concretamente, cuando "empezamos a entender que el monstruo ya no es solo un aviso divino de algo que es bueno, sino que es el presagio de malos augurios, la condena o incluso el castigo, y ahí es donde entra toda esta parte de la deformidad". En ese momento, indicaba Cortés, se asocia monstruo a "lo apartado de la moral, lo feo, lo malo".
Aunque la palabra también tiene ahora un significado positivo en algunos casos, y es que definimos como monstruo a alguien muy bueno haciendo algo. Cortés relataba que en la Antigüedad "San Agustín empieza a defender al monstruo asegurando que Dios no puede haber cometido errores en la creación"; no creía que los humanos fueran dignos de juzgar las creaciones de Dios.
San Agustín defendió lo extraordinario
"San Agustín defendía que, de alguna forma, el hecho de que haya desviaciones de lo natural es también natural, y recogía un pensamiento muy aristotélico: tiene que haber desviaciones, algo que se salga de la norma; tiene que existir lo extraordinario en el terreno biológico para que la naturaleza continúe su marcha", relataba Cortés.
Es esta reflexión la que hace que se nos permita "hablar de la diversidad y de la riqueza", pero todo esto da un giro a partir del siglo XIX, cuando el concepto se transforma y empieza a ser una forma de burla.
En aquella época, personas con determinadas enfermedades o condiciones congénitas inusuales, con determinados atributos corporales, fueron exhibidas en circos "para que los demás se rieran a su costa", lo que ha llevado a que la palabra, que empezó siendo algo que podía ser bueno, se haya terminado convirtiendo en "lo apestado, aquello que debemos rechazar, incluso erradicar", sentenciaba Cortés.
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