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Mosaicos romanos: belleza que se pisa

Los romanos vivían rodeados de imágenes. Los mosaicos eran una de las formas más poderosas de decorar espacios y transmitir mensajes. No eran simples adornos en el suelo: eran un lenguaje hecho de teselas diminutas que, juntas, formaban un universo simbólico

La villa romana de Carranque

La villa romana de Carranque

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A primera vista, un mosaico romano impresiona por su virtuosismo técnico. Figuras humanas, geometrías, elementos florales, volúmenes… todo creado a base de piedrecitas de pocos milímetros. Pero esa belleza tenía un papel práctico: los mosaicos eran resistentes, lavables y duraderos, ideales para casas, baños y villas. La vida romana necesitaba suelos que aguantaran. El resultado fue una fusión perfecta entre utilidad y arte.

Los motivos geométricos no se elegían al azar. Meandros, nudos de Salomón, trenzados, círculos concéntricos, trisqueles y laberintos evocaban la idea de un cosmos ordenado, un universo donde todo tiene un lugar. Para un romano, vivir rodeado de geometría era vivir rodeado de armonía. Muchos de estos diseños tenían además un matiz protector: los nudos cerraban el paso a las energías malignas, los laberintos “atrapaban” el caos y las rosetas evocaban el orden celestial.

Los mosaicos figurativos revelan otro nivel de lectura. En ellos los romanos mostraban lo que admiraban, temían o aspiraban a ser. Las casas ricas exhibían héroes como Hércules o Teseo o dioses como Baco, símbolo de abundancia y placer. En las villas agrícolas aparecían escenas de vendimia, caza o labores del campo. No eran solo decorativas, eran también una declaración de identidad. El dueño mostraba lo que producía, lo que cazaba o lo que creía que los dioses protegían. Si un visitante entraba en una villa y veía un mosaico con armas, caballos o victorias aladas, entendía que el dueño era un hombre de prestigio. Si veía delfines, nereidas y criaturas marinas, intuía cultura, gusto y contactos con el mundo mediterráneo. El mosaico era una tarjeta de presentación: “Esto soy. Esto tengo. Esto creo.”

Y un lugar donde todo este simbolismo brilla con intensidad y se entrelaza con especial fuerza es Carranque (Toledo). Allí, en la Villa de Materno, encontramos un repertorio visual que resume la esencia del mosaico romano: desde el imponente dios Océano con su mirada que parece surgir de las aguas primordiales, hasta las metamorfosis, las estaciones y las escenas mitológicas diseñadas con una precisión casi oriental.

Carranque no solo muestra mosaicos hermosos (hasta 22 se han encontrado de los cuales se conservan 19) también muestra cómo entendían los romanos el orden del mundo, su relación con la naturaleza y con los dioses y, por supuesto, la importancia de dejar en el suelo una obra que hablase de ellos muchos siglos después.

 

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