Modigliani: El hombre que pintaba almas alargadas
En el París de principios del siglo XX caminaba un artista italiano, esbelto y famélico, al que llamaban Modì, un pintor incomprendido que alcanzó la fama una vez muerto


Su verdadero nombre era Amedeo Modigliani, nacido en Livorno en 1884, descendiente de una familia judía culta y venida a menos. Desde niño vivió entre enfermedades y libros, entre ideales artísticos y fiebre. Llegó a París en 1906, cuando Montmartre era un hervidero de artistas y Montparnasse un futuro prometedor. Allí convivían Picasso, Utrillo, Soutine, Apollinaire, Kisling, marchantes de dudosa moral y genios que no sabían que lo eran. Modigliani, con su elegancia italiana y su mirada de príncipe desorientado, desentonaba y encajaba a la vez. Vestía como un dandi venido a menos que bebía como un condenado.
Vivía en cuartos prestados, en almacenes, en talleres abandonados, dejando tras de sí un rastro de dibujos regalados, amores imposibles y botellas vacías. Los retratos de Modigliani no se parecen a nada a sus coetáneos: cuellos alargados, ojos almendrados y vacíos. Y no solo le daba por pintar sino también por esculpir. Decían que sus figuras parecían máscaras africanas o estatuas renacentistas. Pero él simplemente respondía: “Cuando conozco el alma, pinto los ojos”. Por eso muchos de sus personajes no tienen pupilas: Modigliani solo completaba los ojos cuando sentía haber visto la esencia de la persona.
En 1917 conoció a Jeanne Hébuterne, una estudiante de arte. Él, 33 años; ella, 19. Él, enfermo y sin dinero; ella, dulce, tímida y valiente. Jeanne lo cuidó, tuvieron una hija y Modigliani la retrató más de veinte veces como quien venera un misterio. Eran pobres, pero estaban envueltos en una belleza que solo existe cuando uno es joven y el mundo todavía no se ha roto del todo.
Modigliani arrastraba desde niño una tuberculosis que, mezclada con alcohol, drogas, frío y hambre, se convirtió en una sentencia. En enero de 1920, a los 35 años, cayó en cama, delirante, recitando versos de Dante y el conde de Lautréamont. Jeanne, embarazada de ocho meses, al día siguiente se arrojó por la ventana. Tenía 21 años. La tragedia, tan brutal y tan romántica, convirtió a Modigliani en un mito. Sus amigos dijeron que él pintaba almas porque sabía que la suya no iba a durar mucho.
En vida vendió poco. Casi nada. Murió pobre y desconocido, como tantos otros genios. Hoy, sus cuadros alcanzan cifras astronómicas en subastas; su nombre aparece en novelas, películas, exposiciones y estudios. Su figura, delgada y patibularia, sigue simbolizando el ideal del artista puro, ese que lo da todo sin pedir nada.




