Un momento terrorífico
Sería extraño, aunque bello, levantarse por las mañanas, pongamos, y resoplar aliviado y después sonreír feliz porque resulta que el sol ha vuelto a salir, y la Tierra continúa girando a su alrededor sin variar su trayectoria respecto al año pasado por estas fechas
Un momento terrorífico
Galicia
El momento en el que ves algo que nunca creías que verías tiene algo de irreal. Y por supuesto, de espantoso, pues los lejanos y abstractos temores que a veces despierta el futuro de pronto te alcanzan, como cuando una manada de leonas derriba un ñu, y el miedo se vuelve verdadero, presente, puro terror. Saber que algo no va pasar proporciona una calma que, en realidad, se da por hecha, en la que no reparas para congratularte por que esté ahí. Sería extraño, aunque bello, levantarse por las mañanas, pongamos, y resoplar aliviado y después sonreír feliz porque resulta que el sol ha vuelto a salir, y la Tierra continúa girando a su alrededor sin variar su trayectoria respecto al año pasado por estas fechas. Pero eso no sucede. Todo aquello que se da por descontado muta en intangible. Nos volvemos insensibles a su importancia. Ocurre también cuando en la ecuación entra el factor humano. Llevamos tantas décadas de prosperidad, pese a las periódicas crisis que nos asolan, que dimos por hecho que los consensos entre las naciones occidentales, el respeto al derecho, el cultivo, en fin, de la razón sobre la fuerza, nos mantendrían en ese camino para siempre. El entendimiento entre democracias produce tales beneficios que decir para siempre no es tanto decir. Pero en el último año lo nunca visto asomó la cabeza; lo inimaginable se volvió usual. Primero como farsa, casi estrambótico número de circo, y ahora como tragedia. Cómo no estar muertos de miedo. No tener miedo, sin embargo, es quizás lo único que nos salve.