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Las pinturas rupestres y su lectura astronómica

Cuando pensamos en pinturas rupestres solemos imaginar bisontes, ciervos y manos impresas en la piedra. Sin embargo, cada vez más investigadores se hacen una pregunta fascinante: ¿y si aquellas figuras no solo representaran animales, sino también estrellas y constelaciones del cielo?

Prehistoric cave paintings in northern Spain / PS3000

Prehistoric cave paintings in northern Spain

La idea de una interpretación astronómica del arte rupestre no pretende sustituir las explicaciones tradicionales —rituales, mágicas o simbólicas—, sino ampliarlas. Al fin y al cabo, para las sociedades prehistóricas, la tierra y el cielo formaban un todo inseparable. Para los grupos del Paleolítico superior, observar el firmamento no era un pasatiempo: era una necesidad. El movimiento del Sol, la Luna y las estrellas marcaba las estaciones, la migración de los animales y los ciclos de reproducción. En este contexto, las cuevas no serían solo refugios o santuarios, sino auténticos archivos simbólicos del conocimiento del mundo, incluido el cielo.

Altamira, descubierta a finales del siglo XIX, sigue siendo una de las grandes maravillas del arte prehistórico. Sus famosos bisontes policromos, pintados hace unos 14.000–18.000 años, sorprenden por su realismo, volumen y dinamismo. Pero más allá de su belleza, algunos autores, como Luz Antequera, doctora en Bellas Artes por la Universidad Complutense, han propuesto lecturas que miran… hacia arriba.

Centrándonos en la zona de los policromos y considerando al caballo como representación de Pegasus, las demás figuras se adaptan, con bastante aproximación, a las principales constelaciones de la Vía Láctea y sus alrededores en el hemisferio norte. Variando la escala de algunas figuras y colocándolas sobre las constelaciones de un planisferio actual su forma coincide de una manera bastante significativa”, asegura Antequera.

La clave de la interpretación astronómica no está en pensar que Altamira sea un “mapa del cielo” literal, sino en entender que los animales representados podrían tener doble significado: terrenal y celeste. No es descabellado imaginar que, decenas de miles de años antes, ya existieran mitos que unían animales y estrellas, transmitidos oralmente y fijados en la roca.

Altamira, por su complejidad y riqueza simbólica, es un escenario ideal para este tipo de lecturas, aunque siempre con cautela: el riesgo de proyectar ideas modernas sobre el pasado es real. Pero Altamira no está sola. La Cueva de Lascaux también han sido objeto de interpretaciones astronómicas, especialmente por la presencia de puntos sobre el lomo del famoso toro de Lascaux que parece la representación de las Pléyades.

Lo que está claro es que la repetición de patrones similares en distintos lugares de Europa refuerza la idea de un lenguaje simbólico compartido, que aún está por descifrar.

 

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