A vivir que son dos díasLa píldora de Leila Guerriero
Opinión

Un curso para olvidar

Tendría que haber un curso que capacite a los autores viajeros a manejarse correctamente con las distintas manifestaciones que tienen los aparatos de calefacción y aire acondicionado, las duchas, y las teclas que accionan luces en los hoteles de diversos países

Un curso para olvidar

Buenos Aires

Así como existen cursos para perder el miedo a volar, tendría que haber un curso que capacite a los autores viajeros a manejarse correctamente con las distintas manifestaciones que tienen los aparatos de calefacción y aire acondicionado, las duchas, y las teclas que accionan luces en los hoteles de diversos países. Si yo hubiera estado debidamente capacitada no hubiera tenido, por ejemplo, que dormir con la luz del baño encendida en un hotel de Turín donde, a pesar de haber apretado todas las combinaciones de teclas existentes, era imposible apagar la luz de invernadero de pollos que iluminaba ese sitio. Tampoco hubiera tenido que ducharme en cuclillas en un hotel de Valencia por no lograr que el agua saliera de la ducha y no de la canilla de la bañera. No hubiera tenido que abrir la ventana de par en par en pleno invierno alemán y de madrugada porque la calefacción, que no sabía cómo apagar, me estaba asfixiando. Como no enciendo jamás el televisor en los hoteles, me ahorro la peripecia de luchar con los controles remotos que desconfiguran el aparato si uno aprieta el botón equivocado. Se puede pensar que estos problemas se solucionan llamando a la recepción, pero es una tragedia esperar un cuarto de hora hasta que envíen a alguien cuando una tiene los minutos contados para ducharse y salir corriendo a la primera entrevista del día, o cuando ya está con ropa de cama y dispuesta a dormir porque en un rato tiene que presentarse en el evento equis. Podrían ser anécdotas ridículas si no fuera porque persiste, bajo esas dificultades, una cosa un poco triste y es que todo ese desmanejo subraya aún más la evidencia de que se está lejos de la rutina sagrada del hogar, de los milagrosos artefactos que responden y obedecen mansos a nuestras órdenes de frío, caliente, encendido, apagado, de los cálidos días en los que lo que nos rodea tiene la dulzura de lo conocido y no la metálica hostilidad de lo que nunca fue próximo ni propio ni lo será. En realidad, lo que estoy pidiendo es un curso que nos permita olvidar que estamos lejos de casa.