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Urraca I de León: una reina en un mundo de hombres

Reinó en solitario en los reinos de León, Castilla y Galicia entre 1109 y 1126 convirtiéndose así en la primera mujer que reinó por derecho propio en la Europa cristiana occidental

Urraca en una litografía del siglo XIX / OS12002 #59311

Urraca en una litografía del siglo XIX

Hija del poderoso Alfonso VI, heredó no solo una corona fragmentada y convulsa, sino también un tiempo marcado por la guerra y la intriga política. Urraca creció en una corte donde la política era una cuestión de supervivencia. Su padre la casó con el conde Raimundo de Borgoña, con quien tuvo a su hijo y futuro rey, Alfonso VII. A la muerte de Raimundo y, poco después, la de su padre Alfonso VI (1109), Urraca fue proclamada reina, pero su reinado comenzó entre turbulencias.

Para asegurar alianzas, se casó con Alfonso I de Aragón, “el Batallador”, una unión tan estratégica como desastrosa. Su boda fue presentada como una gran operación política. Las crónicas cuentan que el carácter de ambos era tan fuerte que ella se negó a obedecerlo como marido y como rey, algo impensable en una mujer del siglo XII. El resultado fue una guerra abierta entre esposos, con ejércitos enfrentados y ciudades obligadas a elegir bando. No era solo un divorcio, era una guerra civil que evidenció algo inédito: una mujer defendiendo su derecho a reinar. En pleno conflicto, la Iglesia decidió anular el matrimonio. ¿La consecuencia? Urraca siguió gobernando, firmando documentos y dirigiendo el reino durante diecisiete años enfrentándose a nobles rebeldes, obispos enfrentados (como Diego Gelmirez, el de Santiago de Compostela) y ciudades que oscilaban entre la lealtad y la sublevación. Sus enemigos la acusaron de debilidad, ambición y escándalos personales —críticas habituales en las crónicas medievales cuando el poder recaía en una mujer—, pero logró mantener la integridad del reino y preparar el camino para el reinado de su hijo.

En sus últimos años, parte de la nobleza promovió a su hijo, Alfonso (futuro Alfonso VII), como alternativa al poder de su madre. Durante un tiempo, madre e hijo fueron rivales políticos. Frente a esa imagen, los hechos hablan de una gobernante capaz de negociar, combatir y resistir durante diecisiete años en uno de los periodos más convulsos de la Edad Media peninsular.

Urraca murió en 1126 y dejó el trono a su hijo, Alfonso VII (llamado más tarde “El Emperador”), a quien entregó un reino intacto pese a rebeliones internas y guerras abiertas. Su legado no es el de una reina idealizada, sino el de una líder real, con aciertos y errores, que gobernó sin manual, sin precedentes y bajo una vigilancia implacable. Hoy, los historiadores coinciden en que doña Urraca, a la que pusieron el apodo de “La Temeraria”, fue una reina política, pragmática y resistente, cuyo mayor desafío no fue solo gobernar, sino hacerlo contra las reglas no escritas de su tiempo.

 

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