Cristina de Suecia, una reina culta y excéntrica
En el siglo XVII, mientras Europa ardía en conflictos religiosos (la Guerra de los Treinta Años), una mujer rompía moldes desde el frío norte porque Cristina de Suecia no fue una soberana convencional
Christina Queen of Sweden (1626 19 April 1689), Queen of Sweden 1633 - 1654, portrayed as the godess Diana. Attributed to Giovanni Domenico Cerrini 1609 - 1681. Photo by: (Universal History Archive/UIG via Getty images) / Universal History Archive
Despreciaba el matrimonio, desafiaba a la Iglesia luterana, se vestía como un hombre y, lo más sorprendente, abdicó del trono voluntariamente a los 28 años para convertirse al catolicismo y dedicarse a la filosofía, el arte y la libertad de pensamiento.
Cuando murió su padre, el rey Gustavo II Adolfo, ella tenía solo seis años, y fue proclamada reina, aunque aún no podía gobernar. Durante su educación, fue criada como si fuera un príncipe heredero: aprendió política, idiomas y se rodeó de eruditos. Su aspecto y maneras causaron revuelo en las cortes europeas, donde llegó a circular la idea de que podía no ser “plenamente mujer” —un reflejo de cómo la sociedad de su tiempo no sabía encajar su singularidad.
Cuando Cristina comenzó a reinar de forma efectiva en 1644, mostró un estilo muy distinto al de otros monarcas. Amaba el teatro, la música, protegió a artistas y soñó con hacer de Estocolmo una nueva Atenas. Incluso logró convencer al filósofo René Descartes para que se instalara en su corte y fuera su tutor (aunque el clima sueco y las obligaciones reales lo agotaron, y murió cinco meses después, en 1650). Cristina despreciaba el matrimonio y dejó claro que no quería hijos ni esposo. “No estoy hecha para la esclavitud del matrimonio”, declaró. Esta negativa fue un escándalo en una época donde las reinas estaban para asegurar dinastías, no para filosofar.
En 1654, renunció al trono y abandonó Suecia para siempre. Su destino fue Roma. Allí se convirtió públicamente al catolicismo, una decisión radical que escandalizó a su país protestante. Fue recibida por el papa Alejandro VII como una heroína espiritual, aunque Cristina seguía siendo difícil de clasificar: vivía con libertad y mantenía una intensa vida social e intelectual.
Durante sus años en Italia, se codeó con papas, cardenales, artistas y científicos. Financiaba óperas y academias y discutía sobre filosofía. Tuvo amantes hombres y mujeres. Nunca dejó de ser polémica: exiliada voluntaria, rebelde, excéntrica y decidida, Cristina fascinaba, enfadaba y descolocaba por igual. Llegó a sufrir problemas económicos serios y comenzó a escribir una autobiografía que no pudo terminar.
Cristina murió en 1689 en Roma, a los 62 años, y fue enterrada en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano, un honor reservado a los grandes papas… y a una reina protestante convertida en católica. Su tumba sigue allí, recordando a una mujer que prefirió pensar libremente a gobernar un imperio