Amar a un desconocido
Entenderte con alguien con quien no tienes demasiado que ver es ya un milagro

Galicia
Entenderte con alguien con quien no tienes demasiado que ver es ya un milagro. Tienes que ponerte en su lugar, por no hablar de que, en los peores casos, hay que suspender el amor a llevar razón, siempre desaforado y un poco palurdo. Pero cuando pasa, y escuchas, y te dejas convencer, se produce cierta apoteosis. Hace dos años, en la cafetería donde solía empezar a trabajar, me fijé en dos mujeres de sesenta y tantos años que tomaban café juntas. Encima de su mesa estaban solo sus manos, muy quietas, parecían llaves abandonadas por la parte de dentro de la puerta. Cuando me distraía de lo mío, sin querer prestaba atención a lo suyo. Distraerse casi siempre es eso, llevar la atención de donde estaba a otro lugar. Capté parte del diálogo que mantenían, en el que se referían a una pareja que acababa de separarse. Hablaban de ella en tono admirativo. Quise pensar que tal vez fuese uno de eso casos en los que el divorcio equivale a un golpe de suerte. Me precipité por la distracción, de modo que puse de nuevo la atención en lo que estaba haciendo yo. A lo mejor transcurrió media hora. Entonces, una de ellas empujó su silla hacia atrás, con el culo y la espalda, y buscó el teléfono en un bolsillo de la chaqueta, que colgaba del respaldo, y le pidió el número a la otra. Después de apuntarlo, le preguntó: «¿Y tú cómo te llamas?» De repente, no entendí nada. Me faltó muy poco para decir«¿Qué está pasando aquí, señoras?»Y sin embargo, me gustó más la vida así, incomprensible, donde una persona hace migas con otra a la que no conoce de nada, abierta a la aventura de que las cosas no sean lo que parecen, y no haya en ello nada de malo.




