A vivir que son dos díasLa píldora de Leila Guerriero
Opinión

Historia de un matrimonio

Una periodista le pregunta a una pareja mayor que toma sol en una playa argentina cuánto tiempo hace que están juntos

Historia de un matrimonio

Buenos Aires

Una periodista le pregunta a una pareja mayor que toma sol en una playa argentina cuánto tiempo hace que están juntos. “Cuarenta años”, dice él. “¿Cómo se hace?”, pregunta la periodista. “Paciencia”, responde él. Tuve la incómoda sensación de que se refería sólo a su paciencia, no a la de su mujer, y pensé en mis padres. Se casaron a los veinte años. Como eran menores de edad, y la familia paterna se oponía, querían obligarlos a casarse en Paraguay porque los matrimonios celebrados allí no eran válidos en la Argentina. Finalmente, se casaron en su país. Todos apostaban al desastre, pero siguieron juntos hasta que ella falleció con poco más de sesenta. A mi madre le encantaba la pequeña ciudad del interior donde vivíamos, adoraba a sus padres, tenía pavor a los aviones. Mi padre siempre detestó la pequeña ciudad donde vivíamos, tenía una relación gélida con sus padres y desde los 17 años, cuando escapó de su casa para ir a buscar oro a Brasil, tenía hambre de mundo. Él escuchaba a Wagner y ella a Serrat. A ella le gustaba el teatro y a mi padre el cine. Mi madre a menudo se tentaba y reía hasta llorar. Mi padre jamás se ríe y, si lo hace, rezuma algo oscuro, maligno o vengativo. Ella era prolija, tenía paciencia, daba besos. Mi padre tiene un carácter heredado del diablo, es frío y distante, y puede usar la misma ropa durante mucho tiempo sin que le importe. La película preferida de mi padre era Los aventureros, y su mujer ideal Joanna Shimkus, una rubia refinada. La película preferida de mi madre era una comedia inocente titulada No me pellizques más y su hombre ideal Sidney Poitier. Ella era creyente, mi padre blasfemo. Se llevaban bien, mal, peor, no sé si se adoraban pero eran cómplices. Cuando salíamos de viaje, mi padre se ocupaba de comprar mapas y buscar destinos inesperados, y mi madre preparaba maletas, vituallas, música, todo para que durante el viaje hubiera diversión, comida y abrigo. Eran misteriosos pero no cerrados. Nos criaron en un maremoto de juegos, lecturas, canciones, viajes, amor, protección, y se dejaron odiar con decencia cuando fuimos adolescentes. No sé cómo se hace para estar décadas con la misma persona, pero no se trata de paciencia. Se parece más a no huir cada vez que el otro confirma que es un país extranjero que no está dispuesto a ceder su soberanía pero que acepta, cada tanto, visitantes.