Selecciona tu emisora

Ir a la emisora
PerfilDesconecta
Buscar noticias o podcast

Azahara Palomeque, escritora: "La democracia camina hacia un precipicio, estamos ante una pérdida de derechos de corte histórico"

'Pueblo blanco azul' es la reconstrucción de la memoria de un pueblo y de sus abuelos, atravesada por dos dictaduras, una guerra y la democracia

Azahara Palomeque nació en El Sur en 1986. Es periodista, escritora, poeta y traductora. En 2009, como tantos jóvenes durante la crisis, emigró para buscar un futuro mejor. Se fue a Estados Unidos, un país que se ha vuelto inhabitable, como nos decía la escritora Marina Perezagua. "Siempre lo ha sido, con esas dinámicas racistas de discriminación y de odio, que llevan muchísimos años permeando el sustrato social", advierte.

Palomeque jamás fue testigo de cómo enterraban a su abuela, ya que se encontraba residiendo a unos seis mil kilómetros de distancia. Después de 13 años viviendo y trabajando en Estados Unidos, regresó a Córdoba en 2022. Entonces decidió retomar una novela cuya escritura comenzó muchos años atrás. Pueblo blanco azul (Cabaret Voltaire) está protagonizada por Elaia, "una periodista que se parece un poco a mí, pero no tanto", explica la escritora. Elaia regresa de Estados Unidos movida por el deseo de honrar unas vidas que siempre sintió cercanas, las de Luciana y Antonio, sus abuelos.

Pueblo blanco azul empieza con una pregunta que recorre todo el libro hasta el final: ¿qué sentías mientras te estabas muriendo? Durante lo peor de la pandemia, muchos no pudieron despedirse de sus familiares. Un duelo y heridas todavía hoy abiertas para tantas familias, tachadas de plataforma de frustrados por Isabel Díaz Ayuso, la presidenta de la Comunidad de Madrid.

Cubierta de 'Pueblo blanco azul', de Azahara Palomeque / Cabaret Voltaire

Cubierta de 'Pueblo blanco azul', de Azahara Palomeque / Cabaret Voltaire

¿De qué manera escribir y la literatura te ha servido para llenar vacíos, corregir incomunicaciones, saldar deudas o suplir un duelo?

Azahara: La literatura, al final, evoca una colectividad y esta es una novela bastante coral. Esa colectividad es la que se ritualiza en un entierro, en un funeral, por eso acude todo el mundo. De hecho, el primer capítulo es un entierro con comitiva, está todo el pueblo ahí concentrado, incluso hay hay banda de música. Cuando tú planteas ese duelo desde el principio, en el entierro, y luego haces el ejercicio literario que es una novela, lo que estás haciendo es atraer a a otros personajes, a gente que tienes alrededor, a las personas de al pueblo, a los vivos, a los muertos, incluso a todas las personas que están en los agradecimientos del libro. Ahí la literatura es completamente sanadora, por supuesto, pero porque no estamos solos. La literatura no la hace solo la escritora, sino que es es colectiva.

"Si algo aportan los funerales, es la posibilidad de concebir tu historia como única". Reconstruyes cómo era un entierro y ese mandato de mostrar al muerto su hogar de origen. "Una ristra de cofrades la encaramó en los hombros y a ellos se juntó la población, sus autoridades, la banda de música". "Cómo se multiplicaba la agonía en aquellos tiempos", escribe. ¿Cómo era nuestra relación con la muerte y cómo ha evolucionado?

Azahara: Yo creo que ha cambiado para peor, que no se ritualiza lo necesario y que parece que actuamos como si no nos fuéramos a morir, como si fuéramos inmortales. Y cuando alguien se te muere en la familia, te tienes que recuperar de repente. Porque tienes que seguir trabajando, cuando estamos en esta productividad perpetua. Lo que hay ahí es una recreación ficcional de unas tradiciones particularmente andaluzas, pero bueno, en otras partes de España también las hay. La de juntar a la gente, velar al muerto en casa, e incluso celebrar la muerte, que es algo que en México saben hacer muy bien. Pero también se ha hecho en tradiciones españolas porque te da calor. Es esa calidez de tener a los tuyos cerca y de llorar juntos. Eso yo creo que se está perdiendo y que, quizá, debamos reflexionar. Pararnos un poco a pensar y enlentecer el ritmo de trabajo para que otras cosas nos permean.

Tres obras para desafiar el tránsito de la vida a la muerte

¿Qué sentías mientras te estabas muriendo?, se pregunta Elaia. Pero también ¿qué sentías mientras estabas viviendo, abuela? En Pueblo blanco azul, Palomeque ha reconstruido la historia de sus abuelos y del pueblo en diferentes épocas. Castro del Río, aunque en la novela se llama Villasueño de las flores secas. Una investigación bibliográfica, documental e histórica para entender cuándo llegó la luz eléctrica o cuándo llegó el agua, "porque no puedes dibujar un personaje sin saber en qué mundo vive", explica la autora, que ha visitado los espacios, como el cementerio del pueblo y la casa donde vivían sus abuelos. Qué importantes son los objetos o reliquias, que dice Pol Guasch, para recordar a los ausentes.

Luciana sabía mucho de cuentas y presupuestos, era de familia acomodada, gracias al franquismo, que premió la lealtad de su padre al régimen concediéndole una serie de permisos para vender pescado en el mercado de abastos, entre otros favores. Bartolomé, el padre de Luciana, era un hombre que insultaba a su mujer, dispuesto a entregar a su hija al mejor postor o que solucionaba todo a base de correazos. Luciana estaba casada con Antonio, que nació en 1924, son hijos de la dictadura de Primo de Rivera. Antonio era un republicano de Azaña, testigo de salvajadas y que escondía su conciencia política. "Los dos sufrieron el estigma que cargaba él por ser del bando perdedor, por ser republicano, por tener gente en la fosa común", dice Palomeque.

"Rojo significaba democracia", se dice en la novela. ¿Qué significa hoy rojo?, ¿qué connotaciones negativas ha adquirido? Y ¿hacia dónde camina la democracia, si es que no se agacha, se acuclilla, se tumba o entierra el pescuezo como un avestruz?

Azahara: Pues la democracia camina hacia un precipicio. Creo que estamos en un momento muy complicado, que son tiempos oscuros a a nivel global. No particularmente en España, de hecho, España no está tan mal. Pero una de las cosas de las que me di cuenta escribiendo esta novela es cómo se pasa de un régimen democrático, como la Segunda República, a una dictadura. Eso es un corte histórico, una bofetada histórica que los personajes sufren y yo noté la diferencia entre haber nacido en 1924, y que la guerra te pillara con 12 años; o haber nacido en 1928, como Luciana, y que la guerra te pillara con ocho. Porque ahí desarrollas una memoria sobre el pasado que está muy presente y eso ellos lo hablaban. Creo que se pueden trazar similitudes con el presente, o algunos paralelismos, porque estamos en una época de pérdida de derechos de corte histórico. Espero que las cosas no vayan tan mal, pero es verdad que podemos hacer un aprendizaje a través de esta novela y de la literatura en general.

Azahara Palomeque / Pilar Mayorgas

Azahara Palomeque / Pilar Mayorgas

La migración es otro de los asuntos que atraviesan esta historia. "La España de Franco era una fábrica de emigrantes", leemos. La emigración interior, tachada habitualmente de éxodo rural, estaba situada en una posición inferior dentro de la jerarquía de vaivenes geográficos. La historia se traslada de Córdoba a Málaga, donde Luciana va a servir a la familia Bandera, enamorándose de Pepe, un malagueño guapísimo. "Hay historias de migrantes porque parece que se nos ha olvidado que somos un país de migrantes", recuerda la escritora, "como tantos andaluces y extremeños que se fueron a Cataluña".

"Castro del Río tenía 16.000 habitantes en los años 40 y ahora tiene menos de 8.000. Se ha reducido la población drásticamente porque muchos se fueron a Francia, algunos regresaron con la crisis del petróleo, se fueron en los 60 y volvieron a partir del 73. Tenía que estar ahí porque es parte de la sustancia social", añade.

Solo el 16 % de las mujeres del pueblo trabajaba fuera de casa en la época franquista. Ese es otro de los asuntos a destacar, la situación de las mujeres en aquella época. "Una cabra y una mujer no se diferenciaban tanto: histéricas de atar, la una daba queso y la otra descendencia, pero todo provenía, en última instancia, de boquetes calientes", escribe Palomeque.

"Aunque las mujeres no pasen hambre, como Luciana y su madre, siguen sufriendo una represión, un autoritarismo familiar, porque muchos de los padres eran casi caudillos en su casa. Y tienes que articular estos personajes desde una subjetividad mermada por la dictadura. Luciana tiene capacidades para llevar un negocio, pero no puede tomar decisiones, no puede tener una cuenta corriente, no puede votar. Siendo muy pizpireta y de armas tomar, se debate entre lo que le dice el padre y lo que le dice el marido. Tienes que guardar esos equilibrios, porque porque te debes a las masculinidades que te rodean. Todo eso lo tienes que tener en cuenta como escritora y te afecta también. A mí me afecta, como mujer, porque te pones en la piel de esas mujeres de antaño y te echas a temblar", dice.

Gabi Martínez: "Está pasando, 30 grados en octubre, el cambio climático debería ser prime time"

Elaia está escribiendo una novela sobre sus abuelos, pero se ve interrumpida por una manifestación o protesta ecologista por los cortes de agua en el pueblo. "Ese pueblo me situaba siempre en la encrucijada más pedregosa: ¿pelear por el agua o confinarme en la memoria de mis antepasados?", se pregunta la protagonista. Con lo fecundos que fueron los pozos, las fuentes, los aljibes, los vergeles. Hasta en la pertinaz sequía de los 90 llenábamos las bañeras. Zahara Palomeque recoge una cita de Gabi Martínez, que nos presentó Delta en La Hora Extra, y hablaba de “liternatura”.

"El agua se cuela en la historia porque el presente se cuela en el pasado y el pasado interviene en el presente y nos mueve hacia el futuro", explica Palomeque. "Esa es la reflexión de fondo, un sustrato filosófico en la novela, aunque, obviamente, no es evidente. Yo tenía una memoria del agua muy robusta, muy persistente en mi cabeza. Hemos crecido en sequía, esa sequía de los 90, yo me acuerdo de esas bañeras llenas, de esos bidones de agua que se colocaban en las azoteas. De los cortes por la noche. Aunque ahora estamos hasta arriba de agua con el tren de borrascas que hemos tenido, lo normal es que no sea así. Esa memoria del agua tiene que ver también con una agricultura que en el pueblo era muy diversa, había un río y el río se secó. De hecho, en la novela, se le cambia el nombre al pueblo. Es Villasueño de las flores secas, pero antes se llamaba Villasueño del río".

 

Directo

  • Cadena SER

  •  
Últimos programas

Estas escuchando

Hora 14
Crónica 24/7

1x24: Ser o no Ser

23/08/2024 - 01:38:13

Ir al podcast

Noticias en 3′

  •  
Noticias en 3′
Últimos programas

Otros episodios

Cualquier tiempo pasado fue anterior

Tu audio se ha acabado.
Te redirigiremos al directo.

5 "

Compartir