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Ella

No sé cómo se morían antes los animales. Antes, digo: cuando no había clínicas veterinarias, ni ecografías, ni transfusiones, ni sondas nasogástricas, ni eutanasia

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Buenos Aires

No sé cómo se morían antes los animales. Antes, digo: cuando no había clínicas veterinarias, ni ecografías, ni transfusiones, ni sondas nasogástricas, ni eutanasia. Sé cómo murió uno que vivía conmigo, una gata liviana, elegante. Tenía un ronroneo de diva de cine, ronco y gozoso. Caminaba como si levitara. Era intrépida, seria. Tenía doce años y, desde 2025, una condición respiratoria severa. Pero creí que, a pesar de eso, iba a ser eterna. El jueves 1 de enero se descompensó. Siguió a eso un periplo por clínicas donde decían lo mismo: “Cuadro grave, falla multiorgánica, riesgo de vida”. La internamos el viernes en la noche. La visitamos el sábado en la tarde. Estaba débil, tenía un catéter por el que le pasaban suero y medicación. El hombre con quien vivo le llevó su juguete favorito para que lo oliera. Reaccionó, nos miró. Yo creo que hubiera preferido que no reaccionara, que no recordara nuestro amor. Cuando alzó la cabeza, el mundo se desmoronó. Contemplando la soledad majestuosa de un ser que muere vi la textura áspera y terrible que tiene el otro lado. Las cosas perdieron su fachada y mostraron su horror sin disfraz. El sentido de todo reptó hacia las alcantarillas. Regresamos a casa mudos. La gente llenaba las mesas de los bares, las calles estaban repletas de personas contentas a las cuales no se les estaba muriendo ningún gato. Horas después llamaron para avisarnos que había fallecido. Fuimos a verla. La alcé como la alzaba cuando estaba viva. Le dije palabras de cariño. Hasta hace doce años, yo era una persona que no entendía a la gente que se preocupaba por un animal enfermo. Nunca había tenido uno, me parecía una irresponsabilidad que PJ Harvey cancelara una gira porque su perra estaba agonizando, y una vez le dije a una compañera de trabajo, que había desarrollado alergia hacia los gatos, que la solución era que regalara los suyos. Ahora todo es dolor. Nadie viene corriendo apenas escucha la llave en la puerta, nadie se sube al regazo mientras trabajo. Imagino la gloria bajo la forma de una existencia sin apego, sin que nadie me importe. Dicen que hay que recordar los momentos hermosos porque es lo que se queda con nosotros. Yo hubiera preferido que se quedara ella.

 

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