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Jack London convirtió la aventura en literatura

En London todo es incertidumbre. Hasta su nombre no es su nombre. En realidad, se llamaba John Griffith London y él quiso que le llamaran Jack. Vivió entre dos siglos y se notó también en su vida y su obra

American author Jack London (1876-1916) reclines next to his desk in a wooden chair, smiling, his legs crossed. (Photo by Hulton Archive/Getty Images) / Hulton Archive

American author Jack London (1876-1916) reclines next to his desk in a wooden chair, smiling, his legs crossed.   (Photo by Hulton Archive/Getty Images)

A decir verdad, Jack tenía todas las papeletas para convertirse en un delincuente barriobajero, en carne de cárcel, sobre todo cuando se aficionó a empinar el codo. Sus hazañas de pubertad no hacían presagiar nada bueno, pero al mismo tiempo que se emborrachaba se interesó por la lectura. Cada vez que podía se escapaba a la biblioteca de su ciudad.

Con 17 años se embarcó como grumete en una goleta rumbo a Japón y con 18 años pasó treinta días completos en la penitenciaría de Erie County acusado de vagabundeo. Luego trabajó en un molino de yute y, por último, estuvo una temporada como trabajador en una central eléctrica del ferrocarril. A partir de entonces fue agitador político socialista, cazador de focas, buscador de oro en Alaska, corresponsal de la guerra ruso-japonesa y terminó como ranchero.

Su existencia da para muchas historias. En sus novelas están reflejadas sus profesiones y personalidades con distintos nombres. Su vida dio un cambio cuando se embarcó en una expedición al Ártico para cazar focas, aventura que suministró el argumento para su futura novela El lobo de mar (publicada en 1904). A su regresó a San Francisco se encontró con una situación poco agradable: la depresión económica de 1893 y múltiples problemas personales y profesionales.

Tras estudiar en Berkeley, pasó en 1897 a convertirse en uno de los miles de hombres que partieron hacia la región del río Klondike, en Canadá, arrastrados por “la fiebre del oro” que se desató el 17 de agosto de 1896 en uno de sus afluentes, el Bonanza Creek. Lo más triste de esta aventura áurea es que Jack enfermó de escorbuto, una dolencia relacionada con la falta de vitamina C. A London se le inflamó la cara, perdió dientes, sufrió graves dolores musculares y se llenó de ampollas. Por suerte, fue salvado a tiempo por un sacerdote jesuita y recuperó su estado de salud. “Fue en el Klondike donde me encontré a mí mismo”, afirmará posteriormente. Del Ártico se trajo material de sobra para sus futuros relatos.

En 1903 triunfa con su primera novela -La llamada de la selva- donde pone en práctica la teoría de la supervivencia del más fuerte: un perro doméstico acaba convirtiéndose en el jefe de una manada de lobos en el río Yucón. Sus problemas con el alcoholismo no habían desaparecido sino todo lo contrario. Su vida y su actividad literaria están muy influidas por sus ideas socialistas y eso se ve claramente en sus obras El pueblo del abismo (1903) que es una descripción de la miseria en el East End de Londres y también en La guerra de las clases (1905).

“Voy a vivir cien años”, le anunció una vez Jack London a su esposa Charmian mientras navegaban por la bahía de San Francisco. Se equivocaba: viviría sólo 40 y los dos últimos fueron penosos.

 

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