El señor de las bombas
Queda mucho 2026 por delante, pero la palabra del año podría ser «bomba». Subsidiariamente también podría serlo «muerte», pero esa, en el fondo, ya lo es todos los días

Galicia
Queda mucho 2026 por delante, pero la palabra del año podría ser «bomba». Subsidiariamente también podría serlo «muerte», pero esa, en el fondo, ya lo es todos los días. «Bomba» nos ofrece una nueva vuelta de tuerca: implica morir reventado, después de que alguien haya ordenado, desde su asiento, o butaca, o simplemente suelo, «Matadlos a todos, reventadlos, no dejéis nada». A menudo empiezan por los niños, para llevar un orden. Le encantan los niños a las bombas. Los niños muertos. Bueno, primero vivos y después muertos. La bomba necesita cierta transición. Primero es solo una fantasía de presidentes, después una orden, y seguidamente un objetivo en el mapa, una lanzadera, un dibujo en el cielo, un silbido terrorífico, una explosión, y entonces sí, cadáveres de niños, mamás y papás. Bombardear es arrasar, después de lo cual, quienes ordenaron el ataque confían en que las cosas se vayan arreglando prácticamente solas. La bomba tiene vocación de milagro: donde hay algo en pie, vivo, se oye un estruendoso estallido, y de pronto no queda nada. Chas. Magia. Al revés el milagro no funciona: si no había gran cosa, la bomba estalla y a continuación todavía hay menos. Tienen esa filosofía los proyectiles: la de quitárselo todo de delante. Llevan un mensaje de parte de alguien que no ha encontrado el momento o las ganas o el arrojo de trasladarlo en persona: ese mensaje que justo antes de explotar la bomba te susurra es: «De parte de fulanito, que te mueras». Siempre hay un fulanito detrás, con afición a matar desde lejos, que asegura que así se lleva la libertad a los pueblos oprimidos: haciendo boom.




