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Hermanos en el miedo

Estoy hablando del mesozoico, cuando en los circos había monos disfrazados de maniseros y elefantes entrenados para levantar la patita y eso no nos parecía humillante sino divertido

Hermanos en el miedo

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Buenos Aires

En la ciudad en la que crecí, los circos y los parques de diversiones se instalaban siempre en el mismo predio. Estoy hablando del mesozoico, cuando en los circos había monos disfrazados de maniseros y elefantes entrenados para levantar la patita y eso no nos parecía humillante sino divertido. Algunos circos eran suntuosos, pero los parques de diversiones no alcanzaban siquiera la categoría de “buenos”. Ese montón de chapa vieja trasladada por todo el país no podía mantenerse en buenas condiciones. Sin embargo, nuestros padres no tenían reticencias y nos llevaban encantados. Tengo un hermano veinte años menor. Un día, cuando él tenía cinco, llegó a la ciudad un parque de diversiones. Lo llevé, porque la falta de reticencias es hereditaria. Fuimos a un juego, a otro. Después, mi memoria da un salto y estamos a bordo de algo llamado. El Bote, una embarcación enorme, con asientos para decenas de personas. Que se balanceaba suspendida de dos monstruosos brazos, uno a cada lado. ¿No vi en qué consistía el asunto antes de subir? No sé. De pronto estábamos aferrados a una barra con la sola fuerza de nuestras manos, sin ningún dispositivo de amarre, y cuando eso se puso en marcha empecé a inquietarme. Cada vez se balanceaba más rápido, hasta que quedó claro que el propósito era lanzarnos con tanta fuerza hacia adelante que el artefacto, con su carga de carne humana, se elevara, izado por los brazos monstruosos, y luego nos dejara caer hacia atrás, de regreso a la tierra, en un movimiento de peligro delirante. Miré a mi hermano: estaba aterrado, igual que yo. Entonces entendí qué tenía que hacer: le dije que, cuando el aparato se elevara y quedara suspendido en lo alto, abriera mucho los ojos porque era un momento único que no iba a olvidar jamás. El barco se elevó, se mantuvo inmóvil, alto en el cielo, durante unos segundos espantosos, y empezó a caer hacia atrás en un movimiento antinatural, horrendo. No sé si mi hermano abrió los ojos. Yo no. Los cerré con fuerza. Sólo quería que ese instante desapareciera de mi vida. Imaginé el mecanismo viejo reventando en pedazos, el choque bestial contra la tierra. Pero descendió sin problemas y se detuvo. Nosotros, todavía temblando, bajamos y caminamos hasta el auto. Siempre recuerdo cómo fue que sobrevivimos: estando juntos, haciendo de cuenta que no teníamos miedo. Hoy sigue siendo así.

 

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