Richard Wagner, el genio que convirtió su vida en una ópera
No se conformaba con componer música épica: quería crear la “obra de arte total”, una fusión de música, teatro, poesía, escenografía y drama. Y lo logró

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Sus óperas —como la tetralogía de El anillo del nibelungo o Tristán e Isolda— no son precisamente cortas ni ligeras. De hecho, el Anillo completo dura unas 15 horas. Wagner pensaba que el público debía sumergirse completamente en su universo, aunque eso implicara salir del teatro con la sensación de haber vivido otra vida. Insatisfecho con los teatros clásicos de su época, Wagner mandó construir el suyo propio: el Bayreuth, en Baviera. Allí introdujo ideas revolucionarias como la orquesta oculta en un foso cubierto (para que nada distrajera del drama), la sala a oscuras (algo hoy normal pero entonces rompedor) y una acústica diseñada para que la música envolviera al espectador.
Wagner tenía mucho talento y también una relación complicada con el dinero. Vivió endeudado gran parte de su vida, huyendo de acreedores por media Europa. Además, participó en las revoluciones de 1848 en Alemania. En Dresde, donde trabajaba como director de la ópera, se implicó tan activamente que no era solo un simpatizante de salón, sino que escribía panfletos políticos y se movía en círculos bastante radicales, lo que le obligó a exiliarse en Suiza. Durante ese periodo escribió algunas de sus obras más ambiciosas. Aquí entra en escena el rey Luis II de Baviera, probablemente el fan más generoso de la historia de la música. Quedó obsesionado con Wagner y pagó todas sus deudas, financió sus obras y le permitió construir el teatro de Bayreuth.
Sin Wagner, compositores posteriores como Gustav Mahler o incluso el lenguaje musical del cine no serían lo mismo. Aunque no todo en Wagner es admirable. Fue conocido por su carácter difícil, su enorme ego y, sobre todo, por sus escritos antisemitas, como El judaísmo en la música.
Wagner era un amante de los animales y tenía un perro que reaccionaba de forma especial cuando escuchaba ciertas armonías. Llegó a afirmar que su perro podía “entender” su música mejor que muchos de sus críticos. Viendo lo compleja que es su obra quizá no iba tan desencaminado.
Este aspecto de su personalidad ha marcado su legado y sigue generando debate hoy en día. Su música es admirada y sus óperas son interpretadas en claves esotéricas, pero su figura personal plantea preguntas incómodas, sobre todo el hecho de que fuera un referente para el nazismo.
En la vida le persiguió el número 13 y su idea del leitmotiv es básica en el cine más moderno. Basta pensar en compositores como John Williams. Y esa sensación de música épica, mítica y envolvente sin duda le debe mucho.




