Dentro de un dólar
Piensa en un dólar, en cinco dólares, en veinte. ¡Piensa en un millón de dólares! Imposible no sentir que se está ante algo más que dinero

Galicia
Piensa en un dólar, en cinco dólares, en veinte. ¡Piensa en un millón de dólares! Imposible no sentir que se está ante algo más que dinero. El dólar transcendió a su condición de instrumento aceptado como unidad de cambio, medida de valor, medio de pago. Hace mover el mundo real y también el imaginario. Es un emblema que remite a una historia de acción. Existe algo parecido a la belleza y eficacia incontestables del billete. El dólar es como un juguete insustituible para cineastas, escritores, artistas, músicos… Da gusto introducir billetes en un plano o una novela. Tiene fuego en el cuerpo. El dólar es realidad y ficción. Crea mundos, historias, personajes, pasiones, y por supuesto paga cosas. Si de pronto desapareciese su imagen, si olvidásemos la palabra, la historia de la cultura se llenaría de vacíos, de espacios en blanco las novelas americanas, de silencios los diálogos del cine. Un personaje dejando veinte dólares en un mostrador. Alguien contando billetes en un sobre. Un taxista quedándose con el cambio. El lobo de Wall Street arrojando al aire miles de dólares por diversión. Una propina abandonada en una mesa. La empleada de un banco llenando una saca con el dinero de caja, mientras una pistola la apunta a la cara. Otro personaje apostando todo lo que le queda a la última mano. Y así hasta el infinito. Pero entonces llegó Trump dispuesto a estampar su firma en unos billetes que siempre llevaron la rúbrica del secretario del Tesoro. Ya no quedan lugares apacibles. Ni siquiera dentro de un dólar. Lo decía el protagonista de El guardián entre el centeno: «Cuando te crees que por fin has dado con un sitio tranquilo, te encuentras con que alguien ha escrito un joder en la pared».




