Hadas de Cottingley, las fotos que engañaron al mundo
En 1917, en un pequeño pueblo de Inglaterra llamado Cottingley, dos niñas lograron lo impensable: convencer a miles de personas —incluidos intelectuales brillantes— de que las hadas eran reales.
UNITED KINGDOM - OCTOBER 08: In the summer of 1917, 15-year-old Elsie 'Iris' Wright (1901-1988) and her 10-year-old cousin Frances 'Alice' Griffiths (1907-1996) claimed to have photographed fairies in a beck behind Elsie's home in Cottingley, near Bradford. The photographs of the 'Beck Fairies', as the girls called them, went on to become one of the most famous examples of image manipulation in photography. Alice was probably the name given to Frances by Sir Arthur Conan Doyle (1859-1930) in an attempt to conceal the girls' identities when he published the photographs. Although Elsie later admitted the photographs were fakes, Frances was more reticent. To her dying day she claimed that the girls had seen fairies, and that at least one of the photographs was genuine. (Photo by SSPL/Getty Images) / Glenn Hill
Las protagonistas eran Elsie Wright (16 años) y Frances Griffiths (9 años). Dos primas armadas con una cámara prestada regresaban de un arroyo cercano con fotografías extraordinarias: pequeñas figuras aladas bailando a su alrededor. Y mucha gente quiso creer.
Las imágenes parecían mostrar hadas con alas translúcidas, posadas con total naturalidad junto a las niñas. En plena época de guerras y pérdidas, aquellas fotos ofrecían esperanza, magia e ilusión por la existencia de criaturas de las que hablaba el folclore y las leyendas.
En total fueron cinco las fotografías que circularon rápidamente y no tardaron en llegar a manos de expertos. Sorprendentemente, algunos técnicos de la época no encontraron señales claras de manipulación. Eso fue suficiente para encender la chispa. Aquí es donde la historia se vuelve realmente fascinante. El creador de Sherlock Holmes —símbolo de la lógica y el pensamiento racional— quedó completamente cautivado por el caso. Arthur Conan Doyle era, además, un ferviente defensor del espiritismo, una corriente muy popular tras la Primera Guerra Mundial. Para él, las fotos no eran un engaño: eran una prueba.
A finales de 1920, publicó un artículo en la revista The Strand Magazine defendiendo la autenticidad de las imágenes. Más tarde escribió The Coming of the Fairies, donde argumentaba seriamente que las hadas existían y que aquellas fotos eran una evidencia.
El impacto fue enorme. Mucha gente se convenció de que el mundo invisible era real. Otros comenzaron a cuestionar el criterio de Doyle y de la Escuela Teosófica de Bradford. El debate se extendió por toda Europa
Durante décadas, el misterio persistió. Las niñas mantuvieron su historia… hasta que, ya adultas, confesaron que las hadas y los gnomos eran recortes de papel, inspirados en ilustraciones infantiles, sujetadas con alfileres y fotografiadas cuidadosamente. Un engaño sencillo, pero brillante. Pero también dijeron que, aunque las placas eran falsas, la visión que tuvieron de esas “pequeñas damitas del arroyo” fue real.
La creencia en hadas no es solo cosa de cuentos infantiles. En muchos lugares del mundo, estos seres —o sus “primos culturales”— forman parte de tradiciones profundas, algunas todavía respetadas hoy. Por ejemplo, en México tiene a sus aluxes y chaneques. En Irlanda se cree en los “fairy forts” (colinas o círculos sagrados) que no deben tocarse. Los árboles solitarios (sobre todo espinos) son considerados portales. Y en Islandia existe la creencia en los Huldufólk (pueblo escondido o gente oculta) e incluso hoy, hay carreteras desviadas para no molestar a los elfos.