Observaciones banales
Soy un lobo metódico, un predador. Voy con el radar encendido a todas partes. Es un oído interno que nunca se apaga

Buenos Aires
Soy un lobo metódico, un predador. Voy con el radar encendido a todas partes. Es un oído interno que nunca se apaga. El otro día, por ejemplo, entré en una farmacia y uno de los empleados le estaba contando a su compañera que él, años atrás, entrenaba como boxeador. Dijo: “Yo era una máquina de matar”. Escuchar esa frase en un sitio repleto de cosas para reparar personas me hizo gracia, pero no tengo idea de qué hacer con eso. La frase es como un objeto guardado por las dudas, como tantas. El otro día, por ejemplo, alguien me dijo “Tengo una buena vida, pero no sé si me gusta mucho la persona que soy llevando esa vida”. En el mes de diciembre viajé a otra ciudad con una mujer que conducía muy bien, y me dijo: “El mismo día en que aprendí a manejar entendí cómo había que hacer para que el auto me obedeciera a mí, y no yo al auto”. Son frases en torno a las cuales podría escribir algo. Pero no sé qué. Buena parte de mi trabajo consiste en mirar fuerte. Soy una acumuladora: tengo un cofre repleto de escenas vistas y oídas que guardo durante años y sé que mucho de todo eso nunca verá la luz. Cada tanto lo reviso, a veces rescato algo. El otro día encontré unas notas que tomé después de salir a correr, cuando siempre me cruzo con hombres que trotan como galgos, con mujeres que son como panteras. Todos corren como si los persiguiera un destino fatídico, con pisada arquitectónica y muslos portentosos. En medio de esos nadadores del aire, cada tanto veo a un hombre que corre rengueando, con una pierna muy arqueada, haciendo un esfuerzo descomunal. No sé si trota, si camina, si repta, pero ahí va, despacio, mirando los árboles como si fueran antiguos conocidos, con todo el pensamiento notándosele en la cara. Cuando paso a su lado corriendo me siento un poco incómoda y un poco a salvo: incómoda porque pasar rápido junto alguien que a duras penas avanza es un alarde, y a salvo porque no me sucede lo que le sucede a él. Lo veo tan ensimismado en el esfuerzo, tan empeñoso, que me digo que no importa ser el primero en llegar sino ser el último en perderse.




