Dedícate a otra cosa
Los designios del mundo se dirimen unas pocas veces en despachos inaccesibles, ocupados por tipos importantísimos, que lo son en virtud de ignorar cómo se resuelven los problemas que acucian a la mayoría

Galicia
Los designios del mundo se dirimen unas pocas veces en despachos inaccesibles, ocupados por tipos importantísimos, que lo son en virtud de ignorar cómo se resuelven los problemas que acucian a la mayoría. En ocasiones se les llama presidentes, o vicepresidentes, y su papel resulta de enorme relevancia por cuanto no solo desconocen la solución a los problemas, sino incluso los problemas. Ese despego hacia lo que afecta a las personas al menos es buenísimo para sus negocios. Nada impresiona tanto a un interlocutor como dejarle claro que, en tanto presidente o vicepresidente de un gran país, el destino del mundo te importa una higa. Está tan asumida este manera de proceder en el caso de Estados Unidos, que el vicepresidente Vance le ha sugerido al Papa que no se mete en temas de teología, dejando claro que le irá mejor dedicándose a cosas de las que no tenga ni idea, como hacen él y su presidente. Dirigir un país, o una religión, pasaría pues por hacerse cargo de un montón de asuntos ajenos a lo que se denomina buena gobernanza, como cuando aquel autor decía que para ser escritor había que ser conductor de autobús, camarero, pintor, traumatólogo, banquero, atracador y bibliotecario, pero en ningún caso escritor sin más. Por fortuna, el Papa les ha hecho frente. Me ha recordado a Renato Cesarini, en su etapa de entrenador en Argentina, cuando se cruzó con un directivo que al parecer entendía muchísimo de fútbol. Éste le hizo algunas observaciones de índole táctica sobre la plantilla. «¿Y usted a qué se dedica?», le preguntó el técnico. «Yo tengo una relojería», respondió el dirigente. A lo que Cesarini, llevándose una mano a la barbilla, agregó: «Bueno… cuando hablemos de relojes me va a interesar su opinión».




