La Historia en Ruta
Ocio y cultura

Una frase mítica de la literatura que casi hunde a una familia: los problemas que causó el inicio de 'Cien años de soledad'

Intrahistoria de uno de los clásicos literarios de todos los tiempos

Una frase mítica de la literatura que casi hunde a una familia: los problemas que causó el inicio de 'Cien años de soledad'

En el especial sobre Gabriel García Márquez de La historia en ruta, David Botello nos hablaba sobre "un niño que creció escuchando historias de guerras y fantasmas y acabó dando vida a Macondo, un lugar donde los muertos charlan en el patio, los coroneles pierden todas las batallas y una familia puede tardar 100 años en darse cuenta de que está condenada a repetirse". Ese pequeño, al que llamaban cariñosamente Gabo, se crio en Aracataca, un pequeño pueblo de Colombia donde creció escuchando las historias de su abuelo, el coronel Nicolás Márquez, que por su pasado militar fue quien le enseñó a su nieto que no todo era luz y color, sino que la vida estaba llena de peligros, injusticias y héroes, así como numerosas derrotas. Ese conocimiento del mundo, ese arraigo por las historias y una imaginación voraz fueron transformando a quien más tarde se convertiría en un referente de la literatura mundial.

La influencia de su abuelo, quien tenía unos métodos muy curiosos que le enseñaron a contar historias, marcaría toda su vida. Pero antes de llegar a ser ese reconocido Premio Nobel de Literatura y dar forma a sus joyas literarias, tuvo un arduo camino en el que lo apostó todo. Sin duda, el momento clave de esta andadura se produjo a principios de los años 60 del siglo pasado, cuando el escritor se mudó con su mujer y sus hijos a Ciudad de México, que, como nos explicaba Esther Sánchez, en aquella época era "una metrópolis inmensa, vibrante y donde todo pasa al mismo tiempo", era como "un universo en expansión que parece no terminar nunca", porque la ciudad que encontró García Márquez era una de las capitales culturales y más dinámicas de América Latina, muy distinta del Caribe de donde venía. Allí todo era grande, los mercados, los cines, las librerías, los cafés... y también las historias, porque allí "la ciudad vibraba con una energía creativa que no se apagaba nunca".

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"En un mismo café podías encontrarte a un vendedor de tacos, a un poeta discutiendo sobre surrealismo o a alguien que todavía no sabía que dentro de cinco años iba a escribir una obra maestra", decía con tino Sánchez, porque este fue el punto de inflexión para ver nacer 'Cien años de soledad'. Botello nos contaba que "Gabo llevaba años soñando con escribir una gran novela. La novela. Tenía las ganas, tenía los recuerdos, tenía a Mercedes encargándose de todo, pero no encontraba el tono". Por suerte, esto cambiaría gracias a un par de momentos que resultaron definitivos. El primero vino cuando leyó 'Pedro Páramo', del escritor mexicano Juan Rulfo, pues fue cuando se dio cuenta de que "se puede escribir así, mezclando vivos y muertos como si tal cosa". Resulta familiar, ¿verdad? Y es que sin Rulfo probablemente 'Cien años de soledad' jamás habría existido, porque, como se apuntaba en el programa especial, "las piezas estaban ahí, en su infancia. En las historias de fantasmas que le contaba su abuela con aire de notaria, donde se mezclaban lo cotidiano y lo sobrenatural".

Cien años de soledad (1967), de Gabriel García Márquez

Una apuesta arriesgada

A pesar de tener esa revelación, aún le faltaba la chispa que iluminara todo. Esa alineación astral o mística que pusiera todo en su sitio, que encajara todas las piezas. Pero hay que tener un buen principio para conseguir andar hasta un buen final. Y esto pasó a mediados de 1965. García Márquez iba camino a Acapulco de vacaciones con Mercedes y sus hijos y, al volante de su coche, mientras conducía, de repente llegó el susto para toda la familia. Hizo una maniobra brusca, paró en seco en la cuneta y dijo "¡lo tengo!" Botello narraba que había encontrado el tono, la puerta de entrada a todo un universo literario, porque mientras transitaba la larga carretera ante un retiro de unos días de descanso, le vino la inspiración, llegó la frase que arrancaría la novela y que se convertiría en una de las más famosas de la historia de la literatura universal: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo".

Con aquellas primeras palabras rondándole la cabeza, no dudó ni un instante. Dio media vuelta, canceló las vacaciones y volvió a Ciudad de México, pero no quedó solo en eso, sino que decidió apostarlo todo. Sabía que lo tenía, sabía que podía escribir 'La novela', así que dejó su trabajo, vendió el coche y se encerró a escribir. Como se decía poéticamente en La historia en ruta, "cambió un Chevrolet por un clásico universal". El problema es que una obra así no se escribe en un santiamén, a pesar de que volcara todo su tiempo y esfuerzos en esa tarea. Así, su encierro duró 18 meses, con lo que ello tuvo de consecuencia a nivel vital para todos, porque puso a la familia al borde de la ruina. Año y medio en los que los ingresos eran mínimos y tenían que vivir casi sin dinero, pero había una persona que, además de por la supervivencia de sus hijos, demostró que creía en las posibilidades y el talento de su marido.

Mercedes Barcha, esposa del escritor, se hizo cargo de todo. Tuvo que hacer malabares económicos, vendía lo que pillaba, cualquier cosa que estuviera por casa le valía para conseguir unas cuantas monedas con las que sobrevivir. Mientras, apuntaba las deudas en una libreta y fiaba en todas las tiendas del barrio. Alquiler, papel, comida, tabaco, café. Al panadero, al carnicero, al lechero. Al final, esa libreta parecía el árbol genealógico de Macondo, decía David Botello en el programa, porque indirectamente "medio vecindario estaba financiando la novela". Salieron adelante y no hace falta decir que la apuesta salió bien, salió más que bien, y mientras tuvo vida, Gabriel García Márquez siempre reconoció que 'Cien años de soledad' no era solo suya, porque sin Mercedes jamás habría existido.

Escucha el programa completo

Este es un fragmento de La historia en ruta, con David Botello y Esther Sánchez. Puedes escuchar el programa completo aquí:

García Márquez

Miguel Muñoz

(Linares, 1992) Periodista, SEO y redactor digital...