Elegir el infierno
Arder en el infierno, o irse al infierno o desatar el infierno son expresiones que se oyeron siempre, y mucho últimamente. Pero bajo el cartel de amenaza, en el fondo no pasa de ser un juego semántico: palabras
Elegir el infierno
Galicia
Arder en el infierno, o irse al infierno o desatar el infierno son expresiones que se oyeron siempre, y mucho últimamente. Pero bajo el cartel de amenaza, en el fondo no pasa de ser un juego semántico: palabras. El infierno, el infierno; el infierno, ¿qué? Ni siquiera disponemos de una descripción fiable de las instalaciones, de lo que se hace allí, de si se pasan estrecheces inenarrables, de si hay edificios altos o bajos, de si puedes andar a tu aire o de si la comida da pena. Ni siquiera hay unanimidad sobre si existe o no existe, o si existe otra cosa que, cuando llegas, descubres que en realidad no se llama infierno, y en la que se vive de maravilla, salvo quizá en la zona de los católicos, siempre tan dados a sentirse culpables y a renunciar voluntariamente a pasárselo bien. Hace unos años, el crítico Cyril Connolly bosquejó la imagen más aterradora que se me ocurre de las tinieblas. «Mi idea del infierno», afirmó abriendo el melón, «es un lugar en el que te hacen escuchar todo lo que has dicho en tu vida». Pensar en esta versión tan agónica del infierno produce más pavor que la de Trump en Irán, construida sobre las bombas, y tan convencional. ¿Pueden ser las fuerzas del mal tan abominables de haber montado un lugar en el que te obligan a escuchar en bucle tus palabras? La posibilidad de ser torturado por ellas se vuelve más insoportable si pensamos que nos pasamos media vida repitiendo historias, anécdotas, muletillas. Al final podría tener razón aquel señor, es decir yo, si me permiten la modestia, cuando afirmaba que hablar no es malo, pero no hablar podría ser aún mejor.